Díaz Ayuso y el 12 de octubre como fiesta nacional
Doy por supuesto que el lector está suficientemente informado de las andanzas disparatadas de la presidenta de la Comunidad de Madrid por México. Entiendo que no es necesario añadir un nuevo comentario. Pero sí me parece oportuno tomar lo ocurrido durante el viaje como un indicador sobre la conveniencia de revisar la decisión que se adoptó en 1987 de convertir el 12 de octubre en “la” fiesta nacional del país.
La interpretación del 12 de octubre como un día de “fiesta nacional” únicamente tendría sentido si hubiera una coincidencia muy mayoritaria en dicha interpretación, no solamente en España, sino en todos los países a los que dicha interpretación interpela.
Resulta evidente que no es así. El 12 de octubre como “fiesta nacional” no es la expresión del nacionalismo español sin más, sino del “nacional-catolicismo”, es decir, de la versión más brutal del nacionalismo español que se impuso mediante la Guerra Civil. Y que se prolongó durante cuarenta años bajo el Régimen del general Franco.
El hecho de que no fuera un Gobierno del general Franco, sino un Gobierno socialista presidido por Felipe González, el que decidiera convertir el 12 de octubre en fiesta nacional, es un indicador de hasta qué punto fue profunda la destrucción de la democracia por parte del Régimen del general Franco. El “nacional-catolicismo”, que fue una pieza esencial en la destrucción de la República, sería recuperado en la Monarquía Parlamentaria de la Constitución de 1978 de la mano de un Gobierno socialista en su segunda mayoría absoluta.
Era cuestión de tiempo, de no mucho tiempo, que dicha recuperación se volviera contra los que la habían recuperado. Roma no paga traidores. Aunque los jalea, cuando han pasado a ser inofensivos.
El discurso político más coherente con el 12 de octubre como “la” fiesta nacional de España es el de Isabel Díaz Ayuso. Materialmente, la elevación del 12 de octubre a la condición de fiesta nacional está en contra de la “memoria democrática”, que nos tendría que repugnar a los españoles tanto como a los hispanoamericanos. Quizá sea un buen momento para abrir el debate político sobre si “la” fiesta nacional debe coincidir con esa fecha. No para “resignificarla”, como se suele decir. Sino, lisa y llanamente, para suprimirla.
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