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Contrapoder es una iniciativa que agrupa activistas, juristas críticos y especialistas de varias disciplinas comprometidos con los derechos humanos y la democracia radical. Escriben Gonzalo Boye (editor), Isabel Elbal y Sebastián Martín entre otros.

2014: víspera o epílogo

En sus portentosas memorias, Iliá Ehrenburg describe los años anteriores a la Gran Guerra, los últimos de la belle époque, siempre considerados «como epílogos», como «una auténtica víspera». Lo habitual, en efecto, es leer que a la apacible tranquilidad de la sociedad burguesa sucedió la conflictiva época de entreguerras, atravesada por permanentes estados de excepción y coronada por los totalitarismos y la guerra. Tal es la opinión común de los escritores burgueses nacidos en el último tercio del siglo xix. De contemplar el mundo desde una posición acomodada pasaron a sufrir la descomposición de todas sus seguridades, sometidas ya a la presión insoslayable de las masas. Sin embargo, fuera de su refugio clasista, antes de 1914, arreciaban la represión, la indigencia, el colonialismo, la explotación y el militarismo, que, como virus incubados, condenaban su mundo oligárquico y estratificado a la destrucción.

Pero Iliá Ehrenburg era un poeta comunista, exiliado en París desde los dieciocho años por haber participado en células revolucionarias. Compartía la «fe del proletariado», y «detestaba profundamente ese régimen en que, junto al lujo y el libertinaje, convivía la miseria más lúgubre y reinaba el poder del dinero y el látigo». Su perspectiva era otra. La revolución de octubre y las posiciones conquistadas por el movimiento obrero en Europa le hacían rememorar el ocaso de la sociedad burguesa como antesala del reino de la justicia. En metáfora paralela a la bien conocida de Gramsci –«El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos»–, recordaba los tiempos prerrevolucionarios como una extraña entremezcla de «alborada» y «crepúsculo vespertino», como un tránsito entre dos mundos. Lo que ocurre es que, a la altura de los años 1960, cuando redactaba sus memorias, solo podía concluir que había pasado el resto de su vida en «una combinación entre dos luces». Ni el viejo mundo burgués había desaparecido, ni el nuevo mundo socialista había logrado implantarse.

Este tipo de encrucijada nos resulta bien conocida. A escala, la encontramos reproducida en lo que hace a nuestra historia más reciente. Para algunos, que a duras penas pueden ocultar su sesgo conservador, la Restauración canovista dio comienzo a un tiempo de concordia entre los bandos enfrentados, e implantó en España un razonable sistema de libertades individuales y políticas, arruinado, más que por la dictadura militar que lo suspendió, por una República sectaria y extremista. Solo circunscribiendo la lid a los partidos turnistas, con exclusión del resto de fuerzas políticas y sociales, y eliminando del análisis la desigualdad, la concentración del poder, la catolización imperativa y la represión estructural se hace digerible este relato. A él se enfrenta otro, más comprensivo, que tacha esta época liberal de oligárquica, represiva y excluyente y coloca las esperanzas de modernización del lado de la República laica, democrática y social, pronto arrasada por los cuadros militares procedentes del directorio de Primo de Rivera, que volvieron a hundir al país en la cultura reaccionaria, la subyugación del trabajador y el secuestro elitista de las instituciones.

En cierto modo, 2014 también se nos va como un año que podrá ser víspera de nuevos horizontes o el crepúsculo definitivo de un mundo confortable. Aplicando otra célebre máxima de Gramsci, aquella del pesimismo de la razón, no conviene pasar por alto, en un acto de ingenuo voluntarismo, los obstinados indicios de que lo que se avecina puede ser mucho peor que lo que hemos conocido hasta el momento. Los puntales del nuevo orden neoliberal están ya colocados o a punto de fijarse. En el orden interno, el régimen jurídico del trabajo ha mutado por completo en detrimento del trabajador, el sistema de seguridad social resultará inviable entre tanto desempleo, precariedad y bonificación tributaria, el estrangulamiento de los centros públicos de enseñanza va camino de culminar, la sanidad pública sigue su curso de externalización y conversión en servicio subsidiario y las reformas en materia represiva han suspendido libertades y vigorizado poderes gubernativos de forma tan intensa que nos han devuelto al despotismo.

El orden internacional no es más esperanzador. El Tratado de Libre Comercio entre la UE y los EEUU continúa negociándose y supondrá la claudicación final de las soberanías populares frente al poder de los mercados. La política oficial europea, secuestrada por lobistas, no parece estar dispuesta a cambiar su rumbo de austeridad, tecnocracia y privatización. Y el discurso neoliberal de la competitividad sin fin, con su correlato interno de la jerárquica y domesticadora cultura del emprendimiento, se va revelando cada vez más como el reverso económico de un anverso político militarista e imperialista, que convierte la posibilidad de un conflicto bélico a gran escala en una bala en la recámara, pronta para usarse.

La combinación entre ambos desarrollos, el interno y el transnacional, como señala Luigi Ferrajoli, lleva las democracias europeas al colapso e instala entre nosotros una dolorosa paradoja, la existente entre «la impotencia de la política frente a los mercados» y «su renovada omnipotencia ante los ciudadanos, a despecho de sus derechos constitucionales».

Pero el 2014 concluye también como aurora de un tiempo esperanzador. La convocatoria de elecciones anticipadas en Grecia, con Syriza como favorito en las encuestas, ha sido el primer destello luminoso que hemos podido otear. Aunque los nubarrones inducidos apenas han permitido que apreciemos su claridad. Los grandes fondos de capital, gestionados por personas de carne y hueso, a los que, de modo impersonal, denominan «los mercados», inundaron de acciones los parqués para provocar artificiales descensos bursátiles como señales de advertencia. En las redacciones de la prensa oficial tocaron a rebato para, de forma autoprofética, augurar la catástrofe que nos espera en caso de que gane la izquierda. De hecho, ya antes de las votaciones a la presidencia, se produjeron en Grecia delictivos intentos de soborno a diputados independientes para que votasen al candidato del Gobierno, episodios que se han saldado con querellas y campañas de desprestigio… ¡contra el diputado extorsionado y no contra el financiero corruptor!

No ha sido más que un síntoma de lo que nos aguarda si decidimos revertir el curso presuntamente inexorable de los acontecimientos. El poder socioeconómico, mientras se ha sentido cómodo con ellas, ha refrendado las instituciones de la democracia representativa, aunque se haya ubicado, de forma creciente, en los organismos internacionales, técnicos y opacos. En cuanto ha atisbado el peligro de que los parlamentos sean ocupados por mayorías adversas, ha engrasado toda su maquinaria mediática y financiera para impedirlo. Y si esta amenaza llega a materializarse, no cejará en su empeño de obstruir, por las buenas o por las malas, con golpes duros o blandos, con boicots o recurriendo a grupos fascistas, cualquier intento de reforma sustantiva.

Si de algo es víspera 2014 no es, desde luego, de un camino de rosas, sino de una endiablada carrera de obstáculos. Como concluía el escéptico Ehrenburg, probablemente no haya arrancado ningún trayecto hacia una época perfecta, sino hacia un estado diferente de la lucha política. Librarla, sin embargo, es irrenunciable, pues la alternativa que nos han preparado, de regresión y servidumbre, es infinitamente peor. Hoy se cuenta, además, con una ventaja comparativa respecto al tiempo de entreguerras: no se pide ya el reino de la justicia en la tierra, sino restaurar el Estado constitucional y garantizar un mínimo de decencia pública. No es cosa fácil, porque se necesita para ello respaldo popular masivo y concierto internacional. Pero tampoco es un objetivo imposible. En su viabilidad radica nuestra fortaleza. Bastaría con deslastrar los presupuestos públicos de gravámenes clientelares, alcanzar una razonable equidad fiscal y hacer que el Estado realice lo que el capital se está mostrando incapaz de conseguir para evidenciar que 2015 sí puede ser, quizá no el albor de una nueva era, pero sí el recomienzo de la mejor tradición europea, la de la democracia constitucional.  

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Publicado el
30 de diciembre de 2014 - 20:33 h

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