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Atentos, esto es importante

Fragmento de la portada del libro de Chris Hayes.

Toni García Ramón

19 de febrero de 2026 21:31 h

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Para los fans del sector mainstream del periodismo estadounidense en su vertiente televisiva más decimonónica, Chris Hayes milita en la categoría de Joe Scarborough, Kaitlan Collins o Anderson Cooper. Rostros familiares para una gran parte del espectador al otro lado del Atlántico, veteranos de uno de los colectivos más odiados por la actual Casa Blanca por razones obvias y una especie en peligro de extinción a juzgar por los erráticos movimientos de los gigantes del sector.

Sin embargo, El canto de las sirenas (Editorial Debate) no es un libro político, o no en el sentido más ortodoxo del término. Hayes ha preferido salirse por la tangente y olvidarse del sempiterno análisis de la coyuntura Trumpiana con un brillantísimo ensayo sobre la era de la atención y todo lo que estamos dispuestos a sacrificar por un chute digital. Inevitablemente, el presidente de Estados Unidos acaba apareciendo como ejemplo práctico que valida la tesis del autor de que ya nadie es capaz de hacer caso a nada que duré más que un video de TikTok.

El punto de partida de la obra nos muestra a Ulises siguiendo los consejos de la hechicera Circe, atado al mástil de su barco para evitar ser arrastrado a la muerte por los cantos de las sirenas, mientras sus hombres, con los oídos tapados con cera, desoyen sus órdenes, porque han sido advertidos para proceder de ese modo hasta que los cantos cesen. La historia, que forma parte del XII libro de La Odisea, sirve a Hayes de chispa y brújula cuando trata de establecer el núcleo de su tesis: el bien más valioso que ostenta ahora cualquier ser humano es su capacidad para prestar atención a algo. Un precepto poderoso para un libro de más de 300 páginas, en el que el presentador de la NBC tiene la habilidad de combinar una pedagogía sujetada por un sinfín de referentes con una enorme capacidad para hallar un hilo del que tirar que nunca suelta al lector.

Seguramente por su condición de periodista, Hayes incide en el gran atractivo que suponía un acceso aparentemente ilimitado a la información con la popularización de la world wide web, relatando su propia aventura, la primera, ante un ordenador. “Dejando a un lado el asombro infantil, existía la percepción fundamental de que ese acceso a la información era transformador e importante porque la información es poder”. De ahí a la entrada a la carga de los sectores financieros que aprovechaban la inmediatez y el potencial de un instrumento completamente nuevo, el advenimiento de los hackers y su habilidad para encontrar los atajos y las puertas traseras de la red antes de que algunos supieran lo que era una línea de código o el aterrizaje de especuladores de todo tipo y pelaje que no tenían otra hoja de ruta que forrarse.

En esa promesa de un mundo sin fronteras se sentaron –cuenta Hayes– las paredes maestras del planeta en el que vivimos ahora: “Un perro tiene acceso en cada momento a lo que puede considerarse en esencia un campo infinito de información: cada olor, movimiento, color y sensación. Nada de eso, sin embargo, importa realmente en un sentido profundo para la existencia del perro. Lo que le importa, y lo que importa a cualquier animal, es discernir qué fragmentos de información son decisivos para la supervivencia”, explica Hayes, que aclara que, para los humanos, ese es el problema endémico de la era de la información: nuestra incapacidad para filtrar lo realmente importante y acabar sacrificándolo por una ingente cantidad de datos desechables que suponen un alivio pasajero para esa ansia de ‘conocimiento’ que es en realidad algo parecido a la gula.

Las referencias a Karl Marx y a su Teoría del Trabajo (1844) y a la naturaleza del capital en pleno s. XXI, introducen en el libro un parámetro interesante a la hora de hablar de la economía de la atención. “El trabajador solo se siente él mismo fuera de su trabajo, y en su trabajo se siente fuera de sí”, dice el autor citando al filósofo alemán. El tratamiento de nuestra atención en la era digital sería el equivalente a la mercantilización del trabajo durante la era industrial, argumenta. Hayes considera que “la cantidad individual que se paga por nuestra atención cada día es insignificante, pero el conjunto de toda esa atención es increíblemente valioso, crea fortunas y mueve todo Internet”.

No es raro que el estadounidense empiece citando aquella famosa cita de un exejecutivo de Facebook al New York Times en 2018, “estoy convencido de que el diablo vive en nuestros teléfonos móviles y está causando estragos en nuestros hijos”, porque ilustra a la perfección el paisaje que dibuja el libro: un páramo digital en el que el usuario es una marioneta al servicio de la multinacional de turno, cuya voluntad se desdibuja sin que el afectado sepa muy bien por qué demonios lleva dos horas arrastrando el dedo índice por una pantalla. El neoyorquino dibuja de forma muy nítida el gran cambio que supone la era de la información ilimitada respecto a otras grandes transformaciones desde la era preindustrial. “Este fue el milagro de la era industrial: reorganizar los átomos del mundo para fabricar cosas a escala, doblegar la química y la física a nuestra voluntad colectiva”, dice. Con el cambio de patrón y la llegada de un nuevo modelo en el que los roles que había definido la revolución industrial se han desdibujado y han emergido nuevos patrones financieros que poco tienen que ver con los elementos que engendraron el capitalismo.

Es curioso que el último capítulo del libro pueda leerse también como el principio de otro ensayo completamente distinto en el que Hayes busca antídotos para articular lo que él llama “la resistencia de la atención”. Para el autor, existen caminos para huir de la dictadura del algoritmo a través del uso de distintas herramientas que protegen la privacidad y no castigan al usuario con derivadas digitales del clásico “palo y zanahoria”. El escritor se plantea si la proliferación de una filosofía que optara por este otro tipo de plataformas, productos y servicios que navegan contracorriente podría acabar convertida en una especie de “mercado de crecimiento por reacción” que actuara en directa contraposición a la narrativa perversa que ha colonizado casi cada rincón de internet.

Lo más interesante de El canto de las sirenas es también lo más aterrador: la pérdida de la capacidad del hombre para focalizarse y subyugar su deseo de seguir perdido en una chatarrería digital donde es imposible distinguir información de conocimiento, no solo provoca efectos en él mismo, sino que puede tener consecuencias indeseadas y completamente imprevisibles a una escala incontrolable. “Hay que entender esto como un colapso colectivo de la capacidad de concentrarse, de la misma manera que un individuo que no puede concentrarse tendrá dificultades para sostener un pensamiento o completar tareas. Una sociedad que es incapaz de concentrarse —en una democracia, incapaz de concentrarse— también va a tener ese mismo problema, ya sabes, ampliado a gran escala”, concluye Hayes.

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