Si el capitalismo tuvo un inicio, ¿tendrá un final?
Esta semana se publica en español el monumental libro de Sven Beckert, Capitalismo: una historia global (Crítica). Son más de 1.000 páginas con una descripción exhaustiva de la trayectoria histórica del capitalismo, escoltadas por más de trescientas páginas adicionales de bibliografía y notas. No abundan las obras tan documentadas y, a pesar de ello, también amenas en su redacción; se encuentra en el equilibrio idóneo entre el profundo conocimiento del académico y el ánimo divulgador que sale de las torres de marfil de las universidades para llegar al gran público. El libro fue publicado en inglés a finales del año pasado, recibiendo una entusiasta acogida que reconocía, ante todo, la capacidad de Beckert para sintetizar el vastísimo conocimiento acumulado sobre la historia del capitalismo.
Ahora bien, también ha recibido críticas por el enfoque general de la obra, por la aproximación respecto a diversos asuntos y por ciertas ausencias o insuficiencias. Pero claro, cuando alguien se propone escribir nada más y nada menos que la historia del capitalismo, y además remontándose a procesos que tuvieron lugar hace mil años, supongo que damos por hecho que resulta imposible contentar a todo el mundo. No existe, ni puede existir, tal cosa como una obra perfecta. Pero una cosa está clara: Capitalismo es ya un texto de referencia imprescindible para quien quiera saber de dónde venimos y además desee disponer de herramientas con las que comprender mejor hacia dónde nos dirigimos.
El motor de la transformación
En Capitalismo, debemos pensar el capital como una especie de virus, cuya primera fotografía se captura en el siglo XII en Adén, en la actual Yemen. Allí está documentada la existencia de prácticas de maximización del beneficio por parte de un grupo notable de mercaderes, es decir, de personas que obtenían dinero gracias al comercio de bienes. Aunque se trataba de una sociedad fundamentalmente agraria y tributaria, que estaba regida por normas y costumbres sociales, la actividad de estos mercaderes estaba marcada por una lógica totalmente distinta. Esa lógica es la que justifica que se considere el caso de Adén como una “isla del capital”, una simiente de lo que estaba por venir.
Recalca Beckert que Adén no fue la cuna del capitalismo, pero sí la prueba de que existían ya capitalistas en tiempos pretéritos. Y como allí, también en otros lugares del planeta donde los capitalistas eran elementos marginales dentro de sociedades no capitalistas. Desde esta perspectiva, el capitalismo se fue gestando progresivamente en la interrelación entre esas islas del capital, en un proceso que contaminaba con su lógica a otros espacios del mundo y, al final, ha llegado a infectar el mundo entero. Si hoy casi todo a nuestro alrededor es una mercancía, y consecuentemente tiene un precio —incluyéndonos a nosotros mismos como fuerza de trabajo— todo ello comenzó en esas islas del capital.
Así, aquellos mercaderes encarnaban las prácticas que hoy conocemos como capitalistas, y que poco a poco fueron invadiendo no solo otras regiones del planeta sino también otros espacios de la vida económica y social. A medida que los mercaderes se relacionaban entre sí en el comercio a larga distancia, fueron constituyéndose archipiélagos del capital y sus posiciones ganaron fuerza. En un continuo despliegue y expansión, fueron colonizando la vida humana al tiempo que generaban resistencias entre las gentes comunes y las élites tradicionales, celosas de la riqueza creciente de los mercaderes. Esas resistencias y otros obstáculos podían ser superados mediante el establecimiento de alianzas con y dentro del Estado, lo que la mayoría de las veces quería decir la fuerza y la guerra. En Capitalismo, en efecto, el Estado es un actor central sin el cual no puede entenderse ni el origen ni el triunfo de la lógica del capital y de sus actores habituales, como las empresas privadas.
Además de las resistencias políticas, en Capitalismo también hay límites ecológicos que los mercaderes buscan superar. Se trata de la escasez relativa de recursos naturales, y que es responsable de lo que Beckert llama “fronteras de mercancías”, es decir, una forma de designar al proceso por el cual el agotamiento de un recurso —un bosque, un suelo, una población a la que esclavizar— provoca un desplazamiento de la actividad hacia otro lugar donde poder seguir explotando nuevos recursos. Así, el movimiento del capital se caracteriza por el aterrizaje en un territorio, la mercantilización de los recursos que requiere el capital para reproducirse, su explotación y esquilmación y, tras el agotamiento definitivo, la mudanza a otro lugar en el que seguir replicando el proceso. Capitalismo está lleno de casos históricos en los que se documenta este proceso de explotación y saqueo sucesivo y que demuestra, siguiendo a Jason Moore, que el capital pone a su servicio la “naturaleza barata” en un despliegue aparentemente sin fin. Esta lógica llega a la actualidad y, por ejemplo, la búsqueda competitiva y la extracción desenfrenada de minerales críticos conforma lo que Theo Riofrancos llama “fronteras del capitalismo verde”. En este sentido, las fronteras no son límites nacionales, sino la capa más exterior de la lógica del capital. Con estas palancas, los mercaderes y las fronteras de mercancías, el capitalismo de Beckert se despliega a lo largo de sus estimulantes páginas.
Los límites del capitalismo
En Capitalismo hay algo que se echa bastante en falta: la cuestión de los límites. Cuando se concedió el premio Nobel de 2025 ya tuve la oportunidad de hablar de ello en estas mismas páginas, pero merece la pena insistir en ello. Si para la mayoría de los marxistas el origen del capitalismo está en la historia del comercio y/o en las transformaciones en las relaciones de propiedad, para los economistas convencionales suele situarse en el surgimiento de instituciones tales como la innovación tecnológica, la democracia o el sistema monetario. Pero ninguno de ellos suele conceder suficiente importancia a la energía y el papel de los recursos naturales.
Hoy el sentido común dominante sugiere que el capitalismo no enfrenta límites reales, sino, en el mejor de los casos, obstáculos salvables a través de la acción humana. Así que suponemos que el crecimiento económico podría continuar indefinidamente si se toman las decisiones correctas; el debate habitual está en cuáles son esas decisiones (¿Ampliar o disminuir el espacio del mercado autorregulado? ¿Reducir la desigualdad de ingreso y riqueza? ¿Recuperar la soberanía monetaria? ¿Invertir mucho más en investigación y desarrollo?). Sin embargo, desde los años setenta lo que hoy conocemos como Economía Ecológica ha desafiado esa creencia y ha puesto encima de la mesa la posibilidad de que el capitalismo enfrente límites al margen de las decisiones humanas, esto es, límites biofísicos; es decir, límites sobre los que se puede actuar, pero que no se pueden derogar. Con todo, la mayoría de los economistas hacen caso omiso de estas advertencias, minimizando el problema (incluso cuando una de sus expresiones es el cambio climático, que tiende a reconocerse) o confiando en que la creatividad humana terminará resolviendo los problemas con más tecnología.
La ironía es que los economistas clásicos, como David Ricardo y Thomas Malthus, y, ya después, William Stanley Jevons, consideraban que el crecimiento económico infinito era imposible. Para ellos era obvio que existían límites asociados a la tierra y/o a los recursos naturales. Marx fue reticente a la idea de límites absolutos válidos para todo sistema económico, aunque el asunto sigue discutiéndose; aceptaba que el capitalismo tenía límites internos, pero no que el socialismo del futuro arrastrara tal déficit. Y aunque esta vía quedó cegada para la construcción del sentido común de la mayoría de los economistas, siguió siendo materia de investigación y teorización.
Desde este otro programa de investigación, que se inspira en el trabajo de E. A. Wrigley, Kenneth Pomeranz, Georgescu-Roegen o Paolo Malanima, el capitalismo industrial solo fue posible porque se echó mano de los combustibles fósiles (primero como fuente de calor, liberando tierra, y luego de energía mecánica, elevando la productividad). Esa condición necesaria, pero no suficiente, permitió a las economías romper con los límites que había impuesto la tierra a todas las sociedades desde el surgimiento de la humanidad, pero a costa de consumir un stock no renovable que estamos dilapidando como si fuéramos un heredero imprudente. Así, la disponibilidad de una fuente increíble de energía fosilizada permitió a las sociedades que supieron aprovecharlo dar un salto gigante en la capacidad productiva y, cuando la lucha política lo promovió, también en las mejoras de condiciones de vida del conjunto de la población. Las consecuencias de este hecho no son meras externalidades, que es como se suele presentar al cambio climático o a otros impactos ecológicos, sino que son consustanciales a la dinámica económica. Ello quiere decir que el futuro del capitalismo está también asociado necesariamente al destino de los combustibles fósiles y a la capacidad que tengan los seres humanos para sustituirlos por fuentes de energía alternativa que proporcionen los mismos servicios físicos (entre ellos la potencia, clave de la elevación sistemática de la productividad en los últimos doscientos años).
En este punto, Beckert entra solo superficialmente. Por un lado, acepta que las sociedades preindustriales tenían su crecimiento restringido por la disponibilidad fija de tierra, pero asume que tales limitaciones fueron superadas por los avances tecnológicos y, en consecuencia, los miedos maltusianos no quedaron confirmados. Es una lectura demasiado convencional, porque la preocupación de los clásicos no quedó anulada sino suspendida, en la medida en que ese salto se sostenía en el recurso a un stock finito. ¿Qué quedará cuando ese stock se agote? Por otro lado, en el epílogo Beckert también concede que la creatividad que estimula el capitalismo ha sido capaz de desacoplar el crecimiento económico del consumo de los combustibles fósiles. Esto es una cesión demasiado precipitada, porque el desacople observado es entre crecimiento económico y emisión de gases de efecto invernadero y válido solo para las economías más desarrolladas, y, por ejemplo, los niveles absolutos de consumo de combustibles fósiles alcanzaron en 2025 un nuevo máximo histórico. Además, hoy seguimos dependiendo de los combustibles fósiles no solo para el transporte, sino también para la mayoría de los bienes y alimentos que consumimos. De hecho, a renglón seguido de la cesión, Beckert se pregunta abiertamente si el capitalismo será capaz de coexistir con un mundo natural que siempre será finito. Y lo cierto es que, de momento, ninguna combinación de fuentes energéticas ha logrado a la vez las dos cosas que harían falta: dar a la economía mundial los servicios físicos que hoy le dan los fósiles, y hacerlo a tiempo.
El mundo que viene
Si bien Capitalismo no abunda en cuestiones energéticas, sí es generoso con la tierra —suelos agotados, bosques talados, fronteras que se desplazan—. Y ocurre lo mismo con los conflictos sociales derivados del capitalismo. Estos están descritos con una maravillosa profundidad, y, particularmente para las últimas décadas, organizados en función de los regímenes políticos. Las partes sobre la domesticación del capitalismo, es decir, de lo que hemos llamado “época dorada del capitalismo” (por sus elevados niveles de crecimiento económico, hoy pura quimera en Occidente), son brillantes. Y permiten contrastar con acierto las características del conflicto social dentro del neoliberalismo, emergiendo así una fotografía de fuerte debilidad estructural de la capacidad que tienen las organizaciones obreras para influir sobre las decisiones económicas.
Según una conocida anécdota, Margaret Thatcher llegó a decir que una de sus principales victorias fue el laborismo y su propio líder, Tony Blair. No le faltaba razón, porque aquella tercera vía fue tanto la renuncia al reformismo (que, con todo, seguía persiguiendo una sociedad socialista) como la manifestación de la derrota ideológica frente a los promotores de ideas como “el capitalismo popular”. Durante décadas, en Occidente la izquierda política ha vivido tan a la defensiva que las nuevas y modestas propuestas de autores como Thomas Piketty, Gabriel Zucman o, más recientemente, Daron Acemoglu parecen revolucionarias. Quizás por eso la derrota autoinfligida del neoliberalismo tras la crisis financiera de 2008 no dio paso a una ola progresista y socialista —que es lo que esperaba incluso alguien como Nicolás Sarkozy cuando se adelantó para pedir una rápida refundación del capitalismo— sino a un verdadero y peligroso tsunami reaccionario en todo Occidente. La combinación de una nueva división del trabajo que degrada el lugar de las economías que han conformado el centro mundial desde el siglo XVI, la creciente desigualdad producto de la inercia neoliberal y las ansiedades ecológicas y laborales son el cóctel perfecto.
De hecho, Beckert recuerda que la densidad sindical está en retroceso, y que no es solo una cuestión de voluntarismo sino de problemas estructurales. Y su argumento permite plantear una cuestión adicional. Cuando la lógica del capital ha avanzado hasta contaminar casi cada aspecto de nuestra vida, convirtiendo a los seres humanos en individuos aislados y tensados hasta el límite bajo la competencia en el mercado, es mucho más difícil lograr que se abran paso comportamientos cooperativos. Una economía mundial en la que miles de millones de trabajadores compiten por los segmentos mejor remunerados del mercado laboral es, para el capital, una carrera a la baja salarial. Y en ese contexto estructural, en el que los trabajadores de Camboya o Kenia ocupan la última posición en la escalera global de explotación, los trabajadores de Marruecos o Tailandia la penúltima y los de España o el Reino Unido los peldaños superiores, no es difícil comprender —pero nunca justificar— que el miedo azuce a los trabajadores a enfrentarse entre ellos, reclamando políticas proteccionistas y/o políticas antiinmigración que mitiguen esa ansiedad.
Con esto llegamos al último punto que me gustaría señalar en este análisis: las tensiones geopolíticas. Aunque el liberalismo inglés nacido de las guerras napoleónicas, y especialmente desde 1846, se sostenía sobre el imperialismo directo e indirecto sobre otras regiones del mundo, seguía proclamando la idea de que el capitalismo estaba asociado a la paz y a un futuro mejor. Incluso una parte considerable de los pensadores de izquierdas de aquel tiempo asumía esa tesis —muchos seguidores de Richard Cobden— que todavía hoy muchos defienden al afirmar la equivalencia entre comercio y paz. Sin embargo, el capítulo 13 de Capitalismo nos permite retornar a finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la competencia entre países se recrudeció y contribuyó a crear las condiciones que desembocaron en las dos guerras mundiales. La pregunta central es, ¿por qué pasó? Beckert sugiere que las reacciones defensivas de países como Francia o Alemania estuvieron motivadas por el miedo a una potencia en ascenso, Estados Unidos.
Cabe recordar que tanto Alemania como Estados Unidos estaban entonces acelerando su industrialización, que se llevó a cabo mediante políticas mercantilistas de protecciones arancelarias y apoyo a las industrias nacientes, y se sabían necesitados de materias primas. Beckert cita, por ejemplo, a Friedrich Naumann, un político liberal alemán que defendió la necesidad de expandir las colonias a fin de asegurar la provisión de recursos naturales que requería su industria. Era una visión generalizada y que, además, tenía un precedente histórico inmediato: era justo lo que había hecho Estados Unidos al expandirse hacia el oeste, matando y aislando a los nativos —que la ideología dominante consideraba inferiores— y haciéndose con sus tierras y recursos. El colonialismo de finales del siglo XIX también reflejaba una concepción de mundo de suma cero.
Quizás no por casualidad, actualmente asistimos a un retorno de las mismas propuestas mercantilistas en Occidente y, en gran medida, justificadas con argumentos similares. La militarización de Occidente avanza a ritmos agigantados mientras las industrias se repliegan a sus territorios, donde el cobijo de los Estados les garantiza buenas defensas frente a sus amenazas en el mercado internacional. El Estado está volviendo, pero no para ensanchar los derechos de la clase trabajadora, sino para dirigir la política industrial que busca “asegurar” las cadenas de producción. En otro lugar he defendido este péndulo entre libre comercio/proteccionismo y concepción de la riqueza como juego de suma positiva/suma cero. Hoy, en medio de la crisis ecosocial, y cuando ni siquiera los milmillonarios confían en el futuro, deseosos de marchar a Marte o construir búnkeres subterráneos, parece más urgente que nunca reorganizar las resistencias al capitalismo. Porque nos va la vida en ello.
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