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Cronopolíticas: ¿alguna vez te han regalado un siglo?

Una reflexión sobre la falta de tiempo como nueva pobreza y los modos de remediarla.

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"In time", dirigida por Andrew Niccol, 2011

"In time", dirigida por Andrew Niccol, 2011

En el año 2161 el gen del envejecimiento ha sido localizado y desactivado. Las personas dejan de envejecer a partir de los 25 años. Todo el mundo es inmortal, pero sólo potencialmente. El sistema concede a cada cual un año más de vida, luego hay que “ganar tiempo”. El tiempo es la moneda de cambio: se gana y se gasta. Un reloj digital impreso en el brazo izquierdo de los individuos cuenta hacia atrás lo que les queda…

In time es una película made in USA aparecida en 2011. Una obra de ciencia ficción distópica: esos relatos que captan una tendencia negativa del presente y la proyectan, exagerada, en un futuro de pesadilla.

¿Cuál es rasgo que la película lleva el extremo? El desbocamiento del tiempo. Hoy perseguimos, a la carrera y llenos de ansiedad, un tiempo que siempre nos “falta”. Se trata de un fenómeno que está siendo registrado y analizado en ensayos,  documentales, incluso a nivel clínico (ya se habla de “cronopatologías”).

Las metáforas que usamos habitualmente para hablar de nuestra relación con el tiempo se vuelven literales en la película. Solemos decir por ejemplo “no llego”, “no puedo más” o “no me da la vida”. Pues bien, en la película los personajes mueren al agotarse su tiempo. Ni siquiera mueren, “se consumen”.

No hay tiempo para lo no productivo, para aquello que no tiene una eficacia directa e inmediata: dormir sin poner el despertador, comer o hacer el amor despacio, los afectos o la empatía (los cuerpos de quienes se han consumido yacen en las calles sin que nadie pierda un minuto en velarlos o recogerlos). El encuentro entre las personas se vuelve casi imposible cuando cada cual lucha contra el reloj por su cuenta, acelerando la carrera para llegar antes que los demás.

¿Cómo huir? Los personajes llevan el agobio pegado al cuerpo, tatuado en un reloj digital que va descontando lo que les queda. No hay donde fugarse -irse al campo o junto al mar- porque transportan el mal consigo adonde quiera que vayan.

Permanentemente a la carrera, “muy liados”, soñando con algo más de tiempo, desgarrados entre los pendientes y los posibles, siempre en culpa por el tiempo “mal invertido”: la huida hacia adelante de los personajes de In time es nuestra experiencia cotidiana. Esa fuga es nuestra cárcel.

Lucha de clases en el tiempo

¿Por qué falta tiempo? Will Salas es un proletario del barrio de Dayton. Un día se topa por casualidad con un hombre que lleva un siglo en el antebrazo (Henry Hamilton). Este se comporta de un modo muy extraño: se pasea por los barrios más peligrosos exhibiendo su reloj como si buscase que le matasen. Salas le salva de una banda-narco del tiempo (los “minutarios”) y Hamilton le revela un secreto: hay tiempo para todos, pero las clases altas lo acumulan explotando a los pobres. Esa noche, mientras Will duerme, Hamilton le transfiere su siglo y se suicida. “No malgastes mi tiempo”, le deja escrito.

Hay una lucha de clases en el terreno del tiempo y la van ganando los ricos. En la película se les reconoce porque caminan despacio, hacen todo lento, tienen “el tiempo por delante”. Habitan zonas temporales propias, amuralladas y con altos peajes de entrada (una década para entrar en New Greenich, por ejemplo).

La explotación del tiempo en el mundo real se llama hoy precariedad. El precario es, en primer lugar, pobre en tiempo.

¿Qué es la precariedad? La podemos pensar como un fondo de arenas movedizas: nunca hay nada que pueda darse por garantizado, por sólido, por estable. Hay que correr siempre más para llegar al mismo sitio: una vivienda, unos ingresos, un trabajo.

Las arenas movedizas se tragan todo el tiempo disponible: el precario hace malabares en la cuerda floja de la vida. Se puede trabajar y ser igualmente pobre: son los llamados working poors. Hay que simultanear varios trabajos para sostener una familia y, en el caso de las mujeres, hacerse cargo también del trabajo de cuidados.

Pero la precariedad va incluso más allá de la dificultad de acceso a los bienes básicos: las mismas capacidades, destrezas, saberes y competencias son precarias. Hay que demostrarlas una y otra vez, actualizarlas de manera constante. Si te paras, mueres.

La vida se encarece, los salarios bajan y nos endeudamos: hay que pensar la deuda como un mecanismo de conquista permanente del tiempo. Es el reloj grabado en nuestro cuerpo.

Por un lado, una vida hipotecada es una vida más vulnerable al chantaje y la violencia: si no ganas tiempo, estás muerto. ¿Cómo puedes decir que no, cómo puedes decir basta, bajo la amenaza de perderlo todo?

Por otro lado, una vida hipotecada es una vida sin futuro: lo que viene es puro descuento, la deuda que debemos pagar poco a poco. En caso de no poder pagarla, le arrebatará también el porvenir a tus hijos o incluso a tus nietos.

La deuda es una cárcel del tiempo. Con razón hablaba Hannah Arendt del perdón como condición de la libertad: sólo cancelando las deudas del pasado puede abrirse en el tiempo lo nuevo e inesperado. Por esa razón el “impago de la deuda” es hoy una reclamación política de la mayor importancia, particularmente en el movimiento feminista.

La explotación, explica Hamilton en la película, es la producción y la organización de la escasez: hay poco (donde en realidad hay mucho) y los pobres deben batallar entre sí por ello. El mercado del tiempo encubre en realidad una guerra, una guerra del tiempo en la que los ganadores se lo llevan todo.

Lo que no es seguro es que los ricos reales vivan tan lentamente como en la película. Tal vez la antigua burguesía o la aristocracia, pero hoy los ricos también corren. Pueden, eso sí, pagarse más “colchones” que los demás: vacaciones, terapias y pastillas, fragmentos de tiempo en lo que ya se conoce como el “mercado de la desconexión”.

Cuando consigue acceder a la zona temporal de las clases altas, Will Salas descubre que tampoco los ricos disfrutan plenamente el tiempo: tienen millones de años en sus relojes, pero viven con miedo a que se los quiten, a que se los roben, a perderlos. Su tiempo es un tiempo malo: el tiempo como propiedad.

Cronopolíticas: cómo darnos tiempo

El amor nace entre Will Salas y Sylvia Weis, hija de un millonario del tiempo (Philippe Weis). Esa relación se vuelve enseguida una máquina de guerra revolucionaria: Salas ya no busca simplemente venganza personal por la muerte de su madre, sino el mismísimo colapso del mercado horario. Perseguido por la “policía del tiempo”, Will hace lo que mejor sabe hacer: correr y correr, pero ahora se trata de una fuga liberadora. Sylvia y Will se dedican a atracar los “bancos de tiempo” y a distribuir cápsulas con semanas, meses o años entre los pobres. Y de ese modo empieza una auténtica insurrección, una insurrección del tiempo.

¿Cómo podemos “darnos tiempo” o “liberar tiempo”? Hablamos en este sentido de “cronopolíticas” y vamos a distinguir tres niveles.

Un primer nivel: hay, entre los proletarios del tiempo, prácticas de solidaridad y apoyo mutuo. En un gesto hermoso, se agarran de los brazos y así se transfieren tiempo.

Entrelazarnos nos da tiempo: hay una riqueza que es relacional.

¿Qué permite el dinero? Comprar las relaciones que no tenemos: si no tenemos amigos que nos echen una mano con la mudanza podemos comprar el tiempo de una empresa; si no tenemos ningún oído amigo que nos escuche, podemos pagar el tiempo de un oído mercenario. El dinero compra tiempo y nos libera de los vínculos, pero sin vínculos somos el hámster en la rueda: una fuga hacia adelante permanente y sin sentido.

Darnos tiempo es compartir y poner a circular horizontalmente “bienes y servicios”: cuidados, atención, escucha. La circulación no comercial de bienes y servicios (como favores, etc.) es aún muy grande, incluso en las sociedades donde la penetración de las relaciones sociales capitalistas es mayor.

Un segundo nivel: ¿de qué lado están las instituciones públicas en la guerra del tiempo?

Podemos imaginar las instituciones públicas como “bancos de tiempo”: depósitos de tiempo almacenado. Lo pueden hacer circular: poner al servicio de todos espacios, infraestructuras y recursos; luchar  de distintas maneras contra el encarecimiento de la vivienda y demás bienes básicos: bajar el precio de los transportes y otros servicios, etc.

Pueden, en definitiva, crear condiciones donde la presión de la escasez y la competencia sea menor. Pueden repartir tiempo, inyectar tiempo en la sociedad… O bien todo lo contrario.

Autores como Mark Fisher advierten de la emergencia de una “nueva burocracia” en el supuestamente anti-burocrático neoliberalismo. Es la burocracia de la reglamentación infinita, de la evaluación constante, del control de la eficiencia, del cronometraje totalitario (el departamento que supervisa que los trabajadores públicos fichen a su hora se llama “control horario”). Esta nueva burocracia (pensemos en la Universidad o en la cultura) funciona como la “policía de tiempo”: vigila, como explica el jefe de los guardianes del tiempo en la película, que el tiempo no circule por donde no debe. Captura toda la atención de los trabajadores, se traga el tiempo de los colectivos, grupos o pequeñas empresas que reclaman su derecho a los recursos públicos, acaba paralizando toda capacidad de invención e iniciativa de la administración.

Es la burocracia que pinza todo para que nada cambie y que tantas compañeros y compañeras de la “nueva política” han encontrado al acceder a las instituciones públicas. ¿Serán capaces de desactivar las pinzas para liberar las riquezas y el tiempo o acabarán burocratizados ellos mismos?

Un tercer nivel: la insurrección del tiempo.

Los dos protagonistas de la película se convierten en los Robin Hood del tiempo: roban a los ricos para repartirlo entre los pobres. El mercado del tiempo empieza a resentirse y da comienzo una insurrección popular.

El tiempo empieza a circular por donde no debe. La población del gueto desborda y atraviesa los muros de las zonas temporales. El tiempo se fuga y viaja en sentido contrario al habitual: de los ricos a los pobres.

Las revoluciones siempre han sido revueltas contra el tiempo. Es ya célebre el pasaje en el que Walter Benjamin describe cómo los revolucionarios franceses de 1830 comenzaron en cierto momento a disparar contra los relojes de las torres, interrumpiendo el tiempo continuo de la dominación y abriendo lugar a un tiempo nuevo.

La insurrección es una fábrica de tiempo. Recordemos nuevamente las plazas del 15M: las asambleas podían durar seis, siete, ocho horas y allí estaba todo el mundo, feliz. ¿Dónde se fue la angustiosa falta de tiempo cotidiana aquellos días? ¿No teníamos tantas cosas que hacer, tantos mails por responder y tantas entregas que acabar? Fabricamos tiempo cuando estamos de cuerpo entero en lo que estamos.

Lenin dijo que “hay jornadas revolucionarias que valen por siglos”. Hay que leer esa frase literalmente.

Deseo de inmortalidad

El pánico se extiende entre las clases dominantes y la policía del tiempo, pero sin embargo el millonario Philippe Weis está muy tranquilo. Sabe un secreto: la escasez de tiempo no tiene que ver sólo con la explotación. En el fondo todos, ricos y pobres, quieren ser inmortales. Para que haya gente inmortal, otros deben morir. Pero cada cual en su fuero interno se dice: “yo seré uno de los elegidos”. Más pronto que tarde, confía Weis, ese deseo de inmortalidad restablecerá el orden del tiempo desigual.

Aquí nos encontramos un problema mayor de los procesos de cambio social. ¿Cómo se reprodujo en la URSS, a pesar del inmenso cambio político y económico, el mismo tipo humano del capitalismo burocrático? O un poco más cerca: ¿cómo se reprodujo bajo los “gobiernos posneoliberales” de América Latina, a pesar de las mejoras en las condiciones de vida de las clases populares, la subjetividad neoliberal que acabó votando en masa contra ellos (Macri, etc.)?

El millonario del tiempo apunta una cuestión fundamental: la dominación no es sólo una cuestión de estructuras objetivas, sino también de deseo. De nada servirá una redistribución del tiempo si seguimos habitados por el deseo de inmortalidad.

¿Cuál es el deseo de inmortalidad en el mundo real? La idea de que la buena vida consiste en acumular experiencias, actividades, relaciones. No queremos perdernos nada, entonces corremos. Corremos consumiendo experiencias, actividades y relaciones, pero el tiempo se acelera y nunca llegamos.

Se habla del síndrome FOMO (fear of missing out): el pánico a estar perdiéndonos algo, la sensación constante de que la vida de los otros es “más interesante” que la nuestra, intensificada por las redes sociales.

Deseo de inmortalidad. Deseo de no perderse nada. Deseo de ser rápido para no perderse nada. Deseo de ser ligero para ir rápido. Deseo de cortar todos los vínculos para ir ligero. El hámster en la rueda.

La escasez de tiempo no es sólo una cuestión objetiva que podría solucionarse con mejores instituciones. Hay disposiciones subjetivas que reproducen la escasez. Nuestro tiempo no es sólo explotado verticalmente, sino que nos lo quitamos unos a otros en la competencia por acumular siempre más.

De nada serviría por ejemplo una Renta Básica (una inyección monumental de tiempo en la sociedad) si seguimos habitados por ese deseo de siempre-más. El cambio social depende del nacimiento de un deseo alternativo, más atractivo y poderoso que el deseo depredador que ahora nos habita. El mal está inscrito en nuestros cuerpos, la revolución es un problema somático.

Morir a tiempo

Hamilton, el suicida centenario, le dice a Salas: “hay tiempo de sobra para todos, nadie debería morir antes de tiempo”.

¿Qué significa morir antes de tiempo? Byung-Chul Han se plantea esta pregunta punzante en su ensayo sobre el tiempo y responde: morir a destiempo es morir con todo a medias, con muchas cuentas pendientes, sin haber recorrido hasta el final ningún camino, sin haber hecho experiencia de nada, sin haber agotado ningún posible.

Hoy se muere a destiempo, como los personajes de la película. Nos consumimos.

¿Qué sería por el contrario morir a tiempo?

Al final de la película, tras escapar a la policía del tiempo, Will y Sylvia se miran y después miran sus relojes. ¿Cuánto les queda? “Sólo un día. Pero un día da para mucho”. 

Exacto: un día da para mucho si es nuestro. La cuestión no es vivir mucho tiempo (los ricos poseen siglos y viven mal), sino vivir un tiempo propio.

Morir a tiempo es morir habiendo tenido una vida. Morir como desenlace a una vida vivida plenamente, tanto las alegrías como los sufrimientos.

Morir no es el problema: el problema es vivir muriendo día a día en un tiempo ajeno.

La revolución es la reapropiación social del tiempo que nos ha sido expropiado, la autodeterminación del tiempo.

Morir sin haber llegado a tener una vida, morir a destiempo, eso no puede ser.

Para Ethel, Marga, Marta y Raquel, cápsulas de tiempo bueno. 

Referencias:

Alienación y aceleración, Hartmut Rosa, editorial Katz

El aroma del tiempo, Byung-Chul Han, Herder editorial

Fenomenología del fin, Franco Berardi (Bifo), Caja Negra

No tengo tiempo. Geografías de la precariedad, Jorge Moruno, Akal

Realismo capitalista, Mark Fisher, Caja Negra

Tratado del saber vivir, Raoul Vaneigem, Anagrama (paginas 261-279)

 

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