De La Peineta al Metropolitano: el sueño olímpico que cayó a secarral y ahora es templo del Atlético con aroma a pelotazo
De símbolo de un fracaso a expresión de los éxitos. Solo transcurrieron tres años, del 2014 al 2017, entre las imágenes que encabezan este artículo. Pero dos estados de ánimo muy diferentes están reflejados en cada una. Pertenecen al mismo recinto y a la misma edificación, aunque por el camino se transformó su nombre. La Peineta, proyectada como el Estado Olímpico de unos Juegos que Madrid nunca logró albergar, pasó a ser el Estadio Metropolitano. El templo del Atlético de Madrid que, mil apellidos comerciales mediante, ha visto cómo su equipo conquistaba una Europa League o una Liga desde la mudanza al campo del barrio de San Blas.
Un crecimiento deportivo de la mano de Diego Pablo Simeone al que ha acompañado la expansión económica, materializada en la venta del 55% del club al fondo estadounidense Apollo Global Management. La operación está valorada en unos 1.300 millones de euros y tiene como base, precisamente, otros fracasos olímpicos: alrededor del Metropolitano (donde antes la maleza cercaba a La Peineta), el Atlético explotará durante 75 años unas parcelas de 205.000 metros cuadrados, en gran parte destinadas originalmente a esos Juegos frustrados.
Todo ello gracias a la inestimable cesión de terrenos del Ayuntamiento, liderado por el reconocido colchonero José Luis Martínez-Almeida, a cambio de un canon anual y un reducido grupo de dotaciones municipales. De olímpico a rojiblanco pasa también el Centro Acuático, aunque en este caso la Justicia ha tumbado la recalificación para instalar en sus ruinas un hotel y un pabellón de conciertos.
La Peineta, bautizada de ese modo por la particular y folclórica forma de su tribuna principal, fue así el primer y más importante proyecto olímpico transformado en una infraestructura del club que preside Enrique Cerezo. Un traspaso que comenzó a gestarse décadas después de su concepción, pues esta se remonta a comienzos de los noventa.
Origen polideportivo con el fútbol siempre presente
Los arquitectos Antonio Cruz y Antonio Ortiz presentaron el diseño ganador del proyecto para una Ciudad Deportiva de la Comunidad de Madrid (ahora, curiosamente, el Atleti vende sus planes como una Ciudad del Deporte aunque las actividades comerciales tengan un peso similar). Su construcción acabó en 1993 y la inauguración oficial tuvo lugar al año siguiente, en una ceremonia a la que asistieron los expresidentes del Comité Olímpico Internacional y la Comunidad de Madrid, José Antonio Samaranch y Joaquín Leguina. La resaca e influencia de Barcelona '92 era palpable.
De los dos elementos más característicos de aquella estructura, se conserva uno: el graderío que le da nombre, con capacidad para 20.000 personas. Eso sí, su aspecto de peineta se ha difuminado debido a las obras de modernización y adapatación que lo encajaron como parte del Metropolitano. De lo que no queda nada es de su imponente pista de atletismo, eliminada una vez el uso polideportivo con el que fue concebido quedó definitivamente descartado.
Como curiosidad, ya en 1996 el Atlético de Madrid hizo sus pinitos en el estadio. Primero el filial, el Atlético Madrileño, que disputó toda la segunda vuelta de Segunda División aquel año. Más tarde el primer equipo, en la vuelta de la Supercopa de España contra el Fútbol Club Barcelona, debido al estado impracticable del césped en el añorado Vicente Calderón. El Atleti ganó, pero no pudo remontar la renta negativa que traía del Camp Nou. La gloria colchonera tardaría dos décadas más en llegar a este escenario. Una temporada más tarde, en la 97-98, fue el Rayo Vallecano quien ejerció de local debido a obras en el Estadio de Vallecas.
La frustración olímpica y las alegrías colchoneras
Con el objetivo de unos Juegos en la mirilla, la Comunidad de Madrid presidida por Alberto Ruiz-Gallardón transfirió al Ayuntamiento que lideraba José María Álvarez del Manzano la titularidad de La Peineta en 2002, a cambio de que el Gobierno autonómico gozara desde entonces de la gestión total del Palacio de los Deportes. Curiosamente, Gallardón sería luego uno de los rostros de las derrotas olímpicas (por mucho que su sucesora, Ana Botella, sea la más recordada).
Este uso nunca se concretó, después de los fiascos consecutivos de las candidaturas para los Juegos de 2012, 2016 y 2020. Con ello, también quedó pendiente la ampliación de 20.000 a más de 60.000 espectadores (ahora el Metropolitano supera los 70.000). Durante años permaneció construída solo una grada, la que le otorgaba la característica forma de peineta. Con el paso del tiempo y de las intentonas fallidas, ante la falta de uso, la infraestructura se convirtió en una curiosa mole rodeada de un secarral.
La cesión al Atlético de Madrid se concretó, eso sí, antes de la constatación de las últimas derrotas olímpicas. A finales de 2008, el Ayuntamiento y los responsables de la entidad colchonera ya firmaron un convenio para el trasladado del club a La Peineta, donde se edificaría un nuevo estadio. A cambio, el Atleti certificó el derribo del Calderón y la inclusión de esa parcela en la última fase de soterramiento de la M-30, así como para la construcción de viviendas en la polémica Operación Mahou-Caderón. Durante unos meses de 2019, la M-30 llegó a discurrir junto a las gradas del antiguo estadio todavía no derrivadas, en una poderosa imagen que emocionó a más de un colchonero mientras atravesaba la ciudad.
Volviendo a nuestra particular peineta de cemento, la fase de demolición y movimiento de tierras arrancó en 2011, pero a paso de tortuga. Muchas actuaciones requerían aguardar hasta la designación o no de Madrid como sede de los Juegos Olímpicos de 2020. Este hecho marcaría algunas características elementales, como la ya mencionada colocación o no de una pista de atletismo entre los graderíos y el césped. Finalmente, Tokio y Estambul se impusieron a Madrid antes incluso de la votación final, así que los responsables del proyecto se desprendieron definitvamente de la concepción polideportiva. Sería un estadio por y para el Atleti.
Conviene inicidir en que la eliminación de la pista es un elemento que los futboleros agradecen, ya que facilita un ambiente más cálido y cercano, también más beligerante para los rivales. El Metropolitano no sería la olla a presión que es con una pista de atletismo de por medio. De hecho, los estadios olímpicos que acaban adjudicados a un equipo de fútbol no suelen contentar a sus seguidores. Es el caso de lo que ocurre con el Estadio Olímpico de Londres, erigido para los JJOO de 2012. Años más tarde fue rebautizado como London Stadium y traspado al West Ham United de la Premier League inglesa, para desgracia de sus aficionados.
Con las opciones olímpicas descartadas, la edifición del futuro Metropolitano parecía encarrilada. Pero las obras no cumplieron los plazos marcadas por el consejero delegado del Atlético, Miguel Ángel Gil Marín, que fijó la mudanza en julio de 2016. Tuvieron que pasar otros 14 meses hasta su inauguración, el 17 de septiembre de 2017, en un partido donde el Atleti se impuso al Málaga por 1-0 y al que acudió hasta el rey Felipe VI, que inauguró una placa conmemorativa.
Cuatro meses antes, el Gobiero municipal por entonces liderado por Manuela Carmena formalizó la escritura de transmisión del estadio. Fue aquel 5 de mayo de 2017 cuando realmente quedó certificado el entierro del sueño olímpico madrileño y el impulso de las ambiciones colchoneras. La buena marcha deportiva auspiciada por Simeone podría ir de la mano con una expansión en dotaciones y sectores de negocio.
Con el impulso de esa Ciudad del Deporte dedicada no solo al deporte, así como el auge de los conciertos que acoge el recinto (favorecido por la debacle de estos en el Santiago Bernabéu), el estadio que un día fue símbolo del fracaso hoy lo es del éxito. Eso sí, el viaje deja por el camino varias pérdidas para lo público y algunos favores privados.
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