Los trasteros: la arqueología íntima de una ciudad
Hay una ciudad que nunca aparece en los mapas. Una ciudad paralela, subterránea, hecha de pequeños habitáculos numerados, puertas metálicas y pasillos sin ventanas. Está justo debajo de la ciudad que vemos cada día. Y, sin embargo, rara vez pensamos en ella.
Pequeños recintos privados, escondidos en sótanos o en edificios enteros dedicados solo al almacenamiento, que han pasado de ser un anexo secundario de la vivienda a convertirse en un negocio inmobiliario de primer orden. Pero los trasteros cuentan mucho más sobre nuestras ciudades de lo que parece: son archivos emocionales, habitaciones del tabú, refugios precarios… y también síntomas de un modelo urbano que encoge las casas, expulsa a la gente y convierte todo en mercado.
En Estados Unidos, los garajes y trasteros han sido escenarios míticos: lugares donde adolescentes descubren extraterrestres, nerds inventan Apple o donde, como en American Beauty, se desvelan secretos y pulsiones reprimidas al margen de la vida doméstica convencional. En la serie de culto Breaking Bad, sin ir más lejos, un profesor de química minusvalorado se convierte en fabricante de metanfetamina en un sótano de New Jersey mientras guarda su fortuna en uno de esos trasteros de las afueras.
Ese imaginario, el del sótano tenebroso o el garaje reconvertido nos resulta familiar porque lo hemos visto miles de veces en la gran pantalla. Pero es profundamente ajeno a buena parte de las gentes de las ciudades del sur de Europa. En ciudades como Madrid o Barcelona, las primeras promociones de vivienda obrera, bloques densos de 60 o 70 metros cuadrados, ni siquiera contemplaban trasteros o aparcamientos. Se construían, sin embargo, con espacios comunes pensados para la sociabilidad, como soportales y pequeños parques que la crisis y la heroína convirtieron en lugares deshabitados, inseguros, marcados por una juventud que vivía la transición entre la ciudad fordista y la postfordista; entre la construcción moderna de nuestra particular suburbia y el descampao.
Diez o quince años después, muchos de esos espacios se clausuraban o se reconvertían, improvisadamente en trasteros, en una mezcla del miedo y la inseguridad a esos espacios baldíos y del crecimiento de las familias de los baby boomers y la llegada a la mayoría de edad de las generaciones X y millennial. El trastero se convertía así en un símbolo de movilidad social. “La casa tiene trastero” empezó a funcionar como indicador de estatus, a la vez que los pisos y las habitaciones se reorganizaban para dejar espacio a nuevos modelos de consumo en expansión.
Esos primeros trasteros funcionaban como archivo biográfico. Allí fueron a parar televisores de tubo, fotos familiares, sillas heredadas, muebles de rupturas sentimentales y objetos de vidas flexibles marcadas por la precariedad, los alquileres breves y la incertidumbre laboral. Para muchos jóvenes de los 90 y 2000s, el trastero fue literalmente una extensión de su existencia: un lugar al que volver, del que salir, donde almacenar lo que no cabe en el presente Pero también eran escenarios de otra ciudad oculta, suspendidos en el tiempo donde se desbocaban pasiones ocultas: desde pequeñas carpinterías que los más ancianos recreaban en cuatro metros cuadrados, recordando a las casas de aperos de sus vidas pasadas en el campo, a los salones de bar furtivos que vecinos construían para tomar su Soberano antes de sacar al perro; a salas improvisadas de música, futbolín, PlayStation y submarinos. Encuentros clandestinos entre parejas que no tenían otro refugio que un coche viejo o un sótano prestado. Los trasteros son, en ese sentido, espacios intersticiales: lugares donde las normas se relajan y donde las pulsiones pueden desplegarse sin ser vistas.
El cine y el psicoanálisis han explorado bien esa dimensión. El documental En el sótano, de Ulrich Seidl, muestra el subsuelo moral de la vida austriaca, que se desarrolla entre fetiches, soledades, secretos y obsesiones en cada trastero, sótano y garaje retratado. O en Manual de cine para pervertidos, donde Slavoj Žižek analiza acertadamente la casa de Psicosis como una estructura clásica freudiana : el Yo (Norman Bates) en la planta baja, el Superyo en el piso superior (la madre viva) y el Ello (no haré spoiler) en el sótano.
A partir de los años 2000, el fenómeno mutó. Los trasteros privados dieron paso a los trasteros en alquiler. El reality Quién da más (Storage Wars) popularizó la idea del trastero como mercancía pop: espacios subastados tras meses de impago, con tesoros y reliquias que parecían esconder historias personales convertidas en negocio. Y entonces llegó la spanish versión del self-storage: edificios enteros dedicados exclusivamente al alquiler de trasteros, gestionados por empresas como Bluespace. Lo paradójico es que muchos de esos edificios se ubican en zonas centrales o del segundo anillo, donde los precios del alquiler expulsan a los vecinos. Así, los trasteros pasaban a ser agentes activos de unas ciudades elitizadas y gobernadas para funcionar como centrifugadoras de gente. Las viviendas pequeñas, las mudanzas constantes y las biografías laborales inestables han hecho que miles de personas hayan convertido en protagonistas a estos recintos para guardar lo que no cabe en su vida en movimiento. Los trasteros funcionan como solución temporal y como símbolo de desposesión al mismo tiempo.
El caso del CSOA La Alarma es ilustrativo y al mismo tiempo paradójico, para aquellos que lo vivieran y tengan el recuerdo de otro Madrid posible; un espacio ocupado, con vida política y cultural, desalojado en 2007 y vendido para convertirse en un edificio de trasteros de Bluespace. De centro social autogestionado a un almacén de pertenencias: una metáfora contundente de la ciudad neoliberal. Y es que los trasteros avanzan, y salen del subsuelo, como los zombies, para erguirse en las calles, avanzando junto a la plataformización de nuestras vidas, ahora con forma de “trasteros públicos”, de micronichos de paquetería de última milla, como los Amazon Lockers, Inpost o Vinted go: pequeñas taquillas privatizadas en la vía pública o en el Metro de Madrid que funcionan como extensiones de nuestras casas, del comercio digital y de un modelo de ciudad hiperfragmentado.
El auge de los trasteros, los lockers y los casilleros individuales ha dejado de ser una anécdota para convertirse en un síntoma. Habla de viviendas demasiado pequeñas, salarios insuficientes, alquileres imposibles y biografías interrumpidas. Habla de una ciudad que acumula y guarda mientras expulsa y que es incapaz de ofrecer espacio (físico y vital) a quienes la habitan. Así, la proliferación de estos nichos necroinmobiliarios revela un retroceso del bienestar urbano; donde antes había espacios colectivos, hoy hay microparcelas privatizadas.
Quizá por eso, cuando pienso en los trasteros, no pienso solo en cajas. Pienso en la ciudad que fuimos y en la que estamos dejando de ser. En los objetos que guardamos porque no cabe aún tirarlos. En las vidas suspendidas, en las mudanzas permanentes, en los recuerdos que no encuentran habitación. En el fondo, los trasteros son cápsulas del tiempo; archivos de una vida urbana cada vez más frágil.
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Jorge Sequera es director del Grupo de Estudios Críticos Urbanos (GECU) e investigador principal de ONDEMANDCITY: Capitalismo de plataforma, trabajadores digitales y techificación de la vida cotidiana en la ciudad contemporánea y del Proyecto Horizon Europe Marie Curie Staff Exchange – NOMADIC: Nomad Movements and Digital Impacts in Cities
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