Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
TRIBUNA ABIERTA

Lavapiés, entre la resistencia y el ahogo

Imagen de archivo del antiguo Baobab (edificio bajo), restaurante senegalés de Lavapiés clausurado en 2020.

Jorge Sequera

investigador de la UNED y director del Grupo de Estudios Críticos Urbanos —

0

Hubo un tiempo, hasta mediados de los noventa, en el que el barrio arrastró de forma incesante una degradación intensa, con infravivienda, abandono institucional y una fuerte estigmatización del barrio de “los manolos y las manolas”. Es a finales del siglo XX cuando la intervención pública se activa, mediante una serie de programas de adecentamiento del espacio público, rehabilitación de edificios en ruina y mejoras o instalaciones de equipamientos públicos. Era necesario, estaba claro. Arquitectónicamente, el barrio estaba reventado. La zona concentraba, y sigue concentrando, buena parte de la bolsa de infravivienda del centro de la ciudad. El problema no fue intervenir, sino cómo y para quién.

Y es que el trasvase de recursos públicos hacia propietarios privados para rehabilitar viviendas sin controlar los precios de compraventa o alquiler abrió la puerta al primer ciclo contemporáneo, que, en los años 2000, daba el pistoletazo de salida a un proceso de gentrificación que no disimulaba en su programa de higienización social. Aún recuerdo una conversación con la urbanista del Ayuntamiento donde expresaba, sin tapujos, que los jóvenes y estudiantes de aquel entonces eras los únicos en querer entrar a los pisos rehabilitados de corralas, con el tamaño de una caja de cerillas, y los únicos que querrían vivir en un barrio, en sus términos, “multicultural”.  Ese fue el primer elemento que generó el proceso incipiente. Lavapiés era barato, céntrico y simbólicamente potente. Llegaron artistas, activistas, profesores, estudiantes, trabajadores culturales; gentes que buscaban un barrio vivo, mestizo, con alquileres todavía accesibles.

Entre 2005 y 2011 el perfil educativo del vecindario cambió de forma radical. Lavapiés se convirtió en el barrio de Madrid con las tasas más altas de población con estudios superiores y con la mayor concentración por km2 de Doctores (no médicos). La movilidad residencial se disparó. Salieron hogares hacia el sur y sureste de Madrid; entraron residentes desde el norte de la ciudad, desde Chamberí, desde Malasaña, como una mancha de aceite bajando hacia el centro.

Después llegó otro actor que alteró por completo la ecuación. La expansión de plataformas como Airbnb a partir de 2015 trajo consigo la turistificación y dio un sorpasso a la gentrificación, convirtiendo al barrio en una olla a presión entre varios procesos que se daban en el mismo lugar. La plusvalía dejó de concentrarse en la compraventa o en el alquiler residencial, que había subido como la espuma entre 2005 y 2013, y se desplazó hacia la vivienda turística. El barrio, con su parque de casas pequeñas, interiores mínimos, abuhardillados que nunca fueron vivienda y áticos imposibles, resultó especialmente tentador para inversionistas rápidos. Muchas de las antiguas infraviviendas, difíciles de vender o alquilar para uso estable, eran perfectas ahora para convertir al barrio en parte de la escena “city break” europea y atraer turistas para estancias de dos noches. Ahí se abría una nueva brecha, otra pugna por el sentido del barrio. A la suma de turistas, gentrificadores de largo aliento, población residente autóctona de procedencias geográfica variadas, canallitas, hosteleros cooperativistas y hosteleros capitalistas, a hoteles franquicia y a pensionados de toda la vida, se le suma una gentrificación internacionalizada. Llegan residentes extranjeros de países desarrollados que encuentran en Lavapiés su East London, su particular Williamsburg, una alternativa a zonas ya saturadas y demasiado pesadas como Malasaña.

Mientras, bloques enteros en lucha contra fondos buitre (los gentrificadores en mayúscula), como Tribulete 7, que ha conseguido este año sentar en el banquillo a la socimi Élix Rental Housing II por coacciones y acoso inmobiliario. O las vecinas de San Ildefonso 20, que luchan por convertir su edificio en una cooperativa de viviendas. O Buenavista 25 y Zurita 22, que siguen la misma estela contra la productora Gloriamundi Producciones, también tenedora inmobiliaria.  Y a esa presión económica se suma una dimensión menos visible pero igual de determinante: Lavapiés sigue concentrando una bolsa importante de población migrante empobrecida, que vive en condiciones materiales muy duras y bajo una fuerte presencia policial. Desde 2012 se han instalado 48 cámaras de videovigilancia, más 17 adicionales en 2022. Las redadas por perfilamiento racial son constantes. El barrio es, al mismo tiempo, icono cool y espacio securitizado. Esa tensión atraviesa la vida cotidiana.

La llamada eventización del barrio refuerza esa deriva. Tapapiés y otros eventos multiplican el flujo de visitantes. Incluso parte del sector hostelero empieza a mostrar fatiga ante la saturación con calles convertidas en escenario permanente, donde el vecino estable se siente figurante en su propio barrio. Y es que la promoción simbólica hizo estragos en el barrio, con revistas de tendencias como Time Out etiquetándolo como el barrio más cool de Europa, convirtiendo su efecto reputacional en lucro inmobiliario. Cada ranking nuevo alimenta expectativas de renta. Cada titular empuja un poco más el precio del metro cuadrado. Y es que la gentrificación tiene algo de paradójico; si bien, por un lado, se trata de un ejercicio de aculturación, de llegada de clases aburguesadas, biempensantes y con un habitus propio de aquel que no ha roto un plato en la vida, como clases ejemplificantes del buen gusto y los buenos modales; al mismo tiempo, es un ejercicio de apropiación cultural, de compra de su identidad macarra, obrera, rude, pero en una versión neutralizada, estetizada (o si prefieren, esterilizada), que se pretende inocua.

Mientras, en una pequeña zona que apenas ha sido tocada, entre la calle Embajadores y el Rastro, y que no formó parte de aquel primer el proceso de rehabilitación urbana y que sigue siendo algo parecido al Lavapiés de los 2000. Por ahí circula La Rosa, centro social okupado con una pata en Lavapiés y otra en el Rastro, representa esa constelación histórica de espacios autogestionados que han sostenido que otro barrio es posible. El caso reciente del intento de destrucción del edificio histórico que albergaba no solo patrimonio popular histórico que conservar sino lo que una vez fue el restaurante senegalés Baobab, para reconvertirlo en hotel-cápsula, ha reactivado esa energía de resistencia. No es solo la defensa de un inmueble concreto, es la defensa de un límite. Cuando ocurre algo así, siempre surge esa mística de la resistencia vecinal que intenta aplicar cierto nivel de contención sobre un barrio que está ahogado en todos los términos.

Lavapiés al Límite, plataforma integrada por 52 colectivos y asociaciones, ha convocado recientemente una manifestación bajo el lema Levantadas por nuestro barrio. Es la reacción de quienes sienten que el barrio se les escapa de las manos. Lavapiés está ahogado por múltiples frentes: turístico, inmobiliario, simbólico, policial. Lavapiés no necesita más etiquetas ni más rankings. Necesita políticas valientes que protejan la vivienda residencial, refuercen el comercio cotidiano y hagan desaparecer la dependencia del turismo. Necesita, en definitiva, recuperar margen para que la vida ordinaria vuelva a ser posible. Porque lo que está en juego no es la nostalgia por un pasado idealizado. Es el derecho a permanecer.

Jorge Sequera es investigador de la UNED y director del Grupo de Estudios Críticos Urbanos (GECU) e Investigador Principal (IP) del proyecto Horizon MSCA Staff Exchange NOMADIC: Nomad Movements and Digital Impacts in Cities.

Etiquetas
stats