El desierto
Nuevo cuento de la serie “Mari contra la pobreza”. Mari vive en un barrio murciano, trabaja de camarera, tiene dos hijos (Jaime y Jorge) y un dinosaurio. El dinosaurio (que podría ser el mismo que sale en el cuento de Augusto Monterroso) representa la fuerza interior de Mari, la fuente de energía que le permite enfrentarse a todos los problemas cotidianos que provoca vivir en situación de pobreza. Mari comparte el protagonismo de estas historias con sus amigas Tamara y Henriette. Ellas representan a todas aquellas mujeres que pelean a diario contra la pobreza y queremos que sea el reconocimiento de la EAPN-RM a su valor y esfuerzo. Este cuento vuelve a contar con una ilustración original de la artista Laia Domènech.
Puedes leer el resto de cuentos de Mari aquí.
Hay ciertas palabras que Tamara dice cada vez que tiene ocasión: expropiación, emancipación, autonomía, sororidad… Son palabras, dice, que, ellas más que el resto, solo tienen sentido si se dicen y si se hacen.
-¿Cómo es ese refrán que dijiste el otro día? -le pregunta a Henriette.
-If you can walk the walk, don´t talk the talk -le responde Henriette y traduce de forma libre: Si no estás dispuesta a andar el camino, más vale que te calles.
-Pues eso mismo digo yo -remata Tamara.
Su empeño en decir y hacer, hacer y decir, le suele meter en algún lío que otro pero considera que es un precio bajo con tal de ser mínimamente coherente. Pone siempre el énfasis en el mínimamente, consciente como es de que se debe conformar con ser mucho menos coherente con sus ideas de lo que le gustaría.
A veces, para poder recurrir a esas palabras que tanto le gustan, debe adjetivarlas. Así, al hecho de que cada una de las 3 amigas pague una plataforma y así puedan tener las 3 pagando solo una, le llama sororidad audiovisual. La idea fue de ella y lo hizo pensando más en los chiquillos que en ella misma. Para Tamara, Jaime, Jorge y Endurance son como sobrinos y piensa que tienen el mismo derecho que el resto a ver las series de moda. Aunque Jorge y Endurance han resultado ser algo exquisitos en sus gustos y cada vez que quieren ver una película o una serie, resulta que no está en las plataformas que tienen contratadas y acaban siempre descargándolas de cualquier manera de internet.
Ni a Mari ni a Henriette le hacen mucha gracia las series que les ha dado por ver. Ellos se excusan diciendo que se tienen que documentar para el siguiente comic que quieren hacer y ellas, más que nada porque saben valorar una excusa bien elaborada, se resignan y consienten.
Los viernes suelen quedar las 3 amigas para cenar juntas y ver alguna serie. Algunas veces, se les suma Jaime pero esa noche había quedado con un amigo.
-¿Un amigo y un amigo amigo? -le preguntó Tamara siempre dispuesta a chinchar.
Jaime se limitó a sonrojarse como respuesta.
Jorge y Endurance estaban viendo una serie de tecnozombies en la habitación del segundo. La estaban viendo en la tablet pero debían tener el volumen a mil porque al salón, donde estaban ellas tres, llegaban ruidos de explosiones, gritos, chirridos de modem antiguo y mordiscos de toda clase. Tamara había traído una inesperada botella de vino y tenía a sus amigas preocupadas. Tenían la costumbre de que, cuando alguna recibía una mala noticia, invitaba a las otras a una botella de vino. Mari y Henriette esperaban que Tamara les contara qué había pasado pero ella no parecía estar con ánimo de hablar. Tampoco nadie decía de poner un capítulo de la serie que estaban viendo.
Tamara abrió el vino y les dijo que no era nada importante, que no se preocuparan y que ya les contaría en otro momento.
-Háblanos del desierto -le pidió a Henriette.
-¿Del desierto o del desierto desierto? -le preguntó Henriette intentando levantarle el ánimo.
Tenían esa broma entre las 3 de que el padre de Endurance era el desierto y Henriette solía contar historias en todos los tonos sobre ese desierto en particular.
-Del desierto.
Ni un desierto ni otro eran temas de conversación de los que Henriette se escabullera. No solía desaprovechar ninguna ocasión de contar una historia ni de poner de su propia cosecha si la realidad no había conseguido pulir del todo el relato de los hechos. Cuando Henriette hablaba, solía tener un efecto hipnótico en quien la escuchaba, como si fuera una encantadora de serpientes.
-El desierto es terrible -empezó Henriette- pero no lo es menos el mar. Cuando has caminado miles de kilómetros y solo te quedan 14 para llegar a Europa, piensas que lo peor ha pasado. Y no es así. Todo el rato nos estábamos contando historias y la mayoría eran terroríficas. La gasolina que mezclada con el agua salada te quema la piel. Las olas que vuelcan las pateras como si fueran hojas de papel. Los chalecos salvavidas rellenos de piedras que te arrastran hasta el fondo. Supongo que estábamos todas muertas de miedo y por eso solo contábamos cosas terribles. Taiwo no era así. Ella siempre contaba historias alegres. Aunque fuera una alegría extraña. Hablaba de una cantina que había en el fondo del Estrecho donde bebían gratis quienes se ahogaban. Contaba también que, de vez en cuando, hay quien encuentra un tesoro oculto en mitad de las dunas y puede parar el viaje y dar media vuelta.
>>No hay forma de agotar los horrores que se esconden en el desierto y en el Estrecho pero también os digo que encontré muchos gestos de apoyo, mucha bondad y una humanidad… descarnada que me recuerda mucho a vuestra amistad. Yo no estaría hoy aquí si no hubiera contado con la ayuda de Taiwo o del desierto desierto.
>>Creo que vivimos en un pesimismo dirigido e interesado que nos hace poner el acento en lo malo, en contarnos siempre lo que sale mal, las miserias de unos y otros. En todas esas series que ven Jorge y Endurance, da igual que sean de zombies, de catástrofes naturales o de alienígenas, los malos verdaderos son los otros humanos. En vez de pelear contra el enemigo común, luchamos entre nosotras. Es como si a alguien le hubiera salido muy bien el plan. Es lo que dice siempre Antonia: Pobres contra pobres.
>>Me niego a pensar así. Creo que la mayoría de la gente es buena gente.
Tamara torció el gesto. El dinosaurio sintió una incomodidad extraña y tuvo que cambiar de postura. De la habitación en la que estaban Endurance y Jorge llegó una sucesión exagerada de alaridos.
Henriette continuó su historia.
-Nadie rellenaba los chalecos salvavidas con piedras pero los había mejores y peores. A mí me tocó uno que a todas luces no valía para nada. Taiwo se empeñó en cambiarmelo. Me dijo que ella sabía nadar como un delfín y que a mí se me notaba que empezaba a contar por dos. Da igual cómo sea el viaje por el Estrecho, antes o después te toca lanzarte al agua y nadar. Me volví loca buscando a Taiwo al llegar a la orilla y no la encontré. Y como puedo pensar lo que quiera, he decidido que las corrientes la arrastraron lejos de mí y que no se ganó el derecho a beber gratis en la cantina del fondo del mar.
Habitualmente, los cuentos de Mari contra la pobreza acaban con una serie de datos que completan la historia que se ha contado. En este caso no vamos a ofrecer ningún datos. Para conocer la realidad de la travesía del desierto y el cruce del Estrecho, recomendamos la lectura de la web ylos informes de Caminando Fronteras y de PorCausa.
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