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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Evento cultural de mucho copero: artificioso modo de anunciar un acto cultural de importancia

Diccionario

Antonio Martínez Cerezo

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Un amigo muy «súpio» (sabido, resabido, sabio) me invita a asistir a una conferencia que dictará en el marco de «un evento cultural de mucho copero». Obligado quedo a devanarme los sesos para deducir que me invita a «un acto cultural de importancia».

Pensar y escribir en correcto español es medicina que se niega a tomar quien ignora que el idioma español se desarrolla a partir de la glosa marginal en español (doce renglones) de la página 72 del Códice Emilianensi (60) de San Millán de la Cogolla, cuya emoción perdura «enos sieculos de los sieculos». Fresca al claro entendimiento como una rosa.

Evento (del latín eventus) vale por «acaecimiento» (lo que acaece o sucede), en su primera acepción académica. Y por «eventualidad, hecho imprevisto o que puede acaecer», en la segunda. Absurdo es, por tanto, invitar a los amigos a concurrir a un hecho imprevisto, que puede acaecer, o no. Según. Porque lo eventual depende de las circunstancias, del sino o acaso. En definitiva: no es regular, ni fijo, ni seguro.

No importa. En los tiempos que corren, todo el mundo se apunta a la fórmula en boga. Y más que nadie los «súpios», ufanos de estar al día. Ir a un evento viste más que ir a un acto. Dónde va a parar. Antes, se invitaba a asistir a la presentación de un libro, a la inauguración de una exposición de arte, a un concierto musical, a un espectáculo de danza, etc. Hoy, lo que se lleva es asistir a un evento, ir a cuantos más eventos mejor... Porque ir a un evento da más lustre que asistir a una conferencia o a un recital.

La fórmula no es casual. La alimentan quienes viven de ella. Y muy bien por cierto. Los organizadores de eventos; plaga que, en nuestros días, abunda como la mala yerba y a la cual se ve merodear como Perico por su casa por los centros oficiales donde se reparten a manos llenas las gabelas hoy nombradas «subvenciones». La función del organizador de eventos (con, o sin, doctorado cum laude) consiste en tener una gran facilidad de acceso e influencia sobre quienes en los despachos oficiales determinan a quién favorecer. El organizador de eventos ofrece al político de turno organizarle un «evento» por todo lo alto («de mucho copero»), protagonizado por gente que sale mucho en la tele (quien no aparece en la tele no existe), personajes muy significados por asuntos varios (innombrables incluso), llamados a dar un gran peso específico al evento y que se prestarán (quien paga manda) a hacerse las fotos de grupo que se precisen junto al engallado político de turno.

El organizador de eventos ofrece ocuparse de todo, desde lo más complejo a lo más sencillo, poner a disposición del político circunstancial su gran equipo (también de mucho copero), donde no faltan «negros» que escriben las presentaciones, los discursos, el argumentario para ponerse ante los micros y cámaras, etc. Y todo por una subvención en condiciones. Ni cara ni barata. Una cosa que esté bien. Porque muchas son las teclas que hay que tocar: compromisos de asistencia a los actos (perdón: eventos), concesión de entrevistas, discursos, conferencias, tertulias, ruedas de prensa, mesas redondas, hospedaje, manutención, fanfarrias, fuegos fatuos, espectáculos de luz y sonido... Lo cual, obviamente, asciende a un pastón que en buena parte alimenta el bolsillo del organizador de eventos (logrero o conseguidor de oficio; el tío de los eventos, vaya).

El carácter cultural (cultivo del conocimiento) del evento al que me invita a asistir mi amigo el súpio se presupone. Harina de otro costal es la expresión «de mucho copero». En época medieval, el oficio de «copero» se reservaba a aristócratas muy próximos a la realeza. Por ser copero del rey, oficio servil consistente en conservar y disponer las copas en orden, ciertos aristócratas murcianos no habrían dudado en cargarse a su mismísimo padre. López Fajardo lo fue. Y Garci Iufré de Loaisa, adelantado mayor del reino. Y Martín Riquelme.

Sabido es que en la huerta de Murcia, donde hay palabras para todo, se afirma ser de gran copero el árbol de ancha copa y generosa sombra. El copero de la palmera. Qué hermoso título para un poema o libro, en el sentido de penacho dorado, como el de la caña licera, que utiliza el blanco jopo para pintarse a la acuarela en el agua al paso. Segar las copas del panizo con corvilla fue oficio de copero al que nos iniciamos de niños. En las casas, junto al lebrillero, el platero (o platera) y el chinero lucía el copero (que, en las más ricas, era de copas talladas de la fábrica de Cartagena; y, en las más pobres, resto de restos, un paisaje de ruinas).

Por extensión, cierta agrupación murciana muy activa en lo coloquial considera copero, de gran copero o mucho copero, al ciudadano que destaca sobre el resto. Ya sea por el físico o por la posición sociocultural. En los ya lejanos tiempos de mi infancia, con no poco retintín se habría señalado como el más copero de Murcia a un adinerado comerciante (no diré el ramo) que todos los días de Dios, tocado con sombrero negro, salía de misa mayor (tampoco diré la iglesia) con la esposa al brazo, tres cabezas más baja que él, y un montón de hijos crecederos apavilados a su lado.

Por «relevante» traducen la expresión «de copero» Sánchez Verdú y Martínez Torres, autores del Diccionario Popular de nuestra tierra. Diccionario de uso poco frecuentado y citado por quienes escriben de oído. Su afinado apunte, me ayuda a completar la traducción. Mi amigo, el súpio, me invita a asistir a «un acto cultural relevante».

De importancia, o no, ya se verá. Que los eventos son barro hacia forma. Eventualidad.

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