El retorno de los bárbaros… si es que alguna vez se fueron
Los recientes sucesos de Venezuela han empujado a muchos analistas a la convicción de que el mundo se encamina hacia un nuevo orden, si es que no está ya instalado en él, marcado por el multipolarismo regional imperialista: un orden en el que un reducido y selecto grupo de grandes potencias podrán hacer y deshacer en sus respectivos patios traseros sin que nadie les tosa, y así, se ha interpretado la trapacería de Trump y las declaradas intenciones de seguir por el mismo camino en Cuba y Colombia, y quién sabe si en Groenlandia, como una invitación a Beijing a imponer por la fuerza su soberanía sobre Taiwán y a Putin a continuar su empresa restauración del imperio zarista frente una Unión Europea desorientada e inerme.
Se han advertido también las evidentes reminiscencias que este planteamiento ofrece del imperialismo decimonónico, que el propio Trump ha explicitado invocando la doctrina Monroe. En cualquier caso, el aspecto más comúnmente señalado como característico de este giro hacia un nuevo orden (o desorden) es la vulneración constante del Derecho Internacional, al punto de convertir este en mero papel mojado, y al parecer con la intención de que sea así para siempre y en prácticamente todos los casos. Visto así, el momento actual sería de retroceso en términos históricos respecto de la progresiva construcción de reglas de conducta para los actores internacionales que se habría dado durante el último siglo y medio aproximadamente. Y es llamativo el alborozo con que buena parte del mundo sedicentemente civilizado ha celebrado el atropello de Venezuela –basta con echar un vistazo a las declaraciones de portavoces de algunos partidos políticos y a las secciones de opinión de algunos periódicos en España, sin ir más lejos–, justificándolo por el carácter autoritario del régimen de Maduro y choteándose del concepto mismo del principio de no injerencia, como cosa de hippies trasnochados. De igual modo que, en el plano nacional, hay quien opina que los impuestos son un robo, que sufragar servicios públicos es un despilfarro y que la mera existencia de leyes (salvo las que protegen el capital y la unidad del Estado) equivale a la imposición de una dictadura comunista, quienes defienden estas barbaridades opinan que también en el plano internacional deben prevalecer la ley de la jungla, el sálvese quien pueda y el todos contra todos hobbesiano, todo ello en nombre de la sacrosanta libertad.
Como en muchos casos similares, uno no puede evitar preguntarse si quienes llegan a estos extremos lo hacen movidos por la maldad o por la estupidez, pero esta es siempre una pregunta difícil y daría para muchas derivadas, excediendo los límites de este texto. Al fin y al cabo, para casi cualquier perversión uno puede componer algún sofisma que la justifique en términos morales, de modo que sigamos siendo los buenos de la historia, y es muy raro que alguien se autoperciba en sentido contrario (dejando de lado a Iago, en el Otello de Verdi, que cantaba lo de credo in un Dio crudel, y a la bruja Avería, que se regodeaba en lo mala que era). Por otra parte, Carlo Cipolla demostró en Allegro ma non troppo que los estúpidos son más peligrosos que los malvados porque, mientras que los malvados persiguen el bien propio a costa del mal ajeno, los estúpidos hacen el mal a todo el mundo, incluidos ellos mismos. De todas formas, y teniendo en cuenta que quienes secundan las antedichas opiniones suelen tener a gala el titularse “liberales”, quizá haya que concluir que, por encima de la maldad y de la estupidez, su rasgo definitorio fundamental sea la ignorancia.
Pero, para saber si de verdad se está viniendo abajo el “orden basado en reglas”, también es pertinente la pregunta de si ese orden ha existido alguna vez. La arquitectura internacional levantada a partir de 1945, el Derecho Internacional humanitario iniciado con los acuerdos de Ginebra en los años 60 del siglo XIX, o los diversos instrumentos de protección internacional de los Derechos Humanos alcanzados después de la II Guerra Mundial, ¿han sido generalmente respetados y han cumplido eficazmente sus propósitos? Tampoco aquí la respuesta es fácil y difícilmente se podrá expresar en términos absolutos, pero basta con recordar el historial de campañas y agresiones exteriores ilegales de EEUU durante décadas, tanto en América Latina como en el resto del mundo, para concluir que el uso unilateral, ilegal e impune de la fuerza no es una reciente innovación trumpiana sino que ha sido más bien el modus operandi del actual imperio como lo fuera en su día de los imperios pasados (e incluso a alguno de los responsables de ponerlo en práctica en el siglo XX sí llegaron a darle el premio Nobel de la Paz). Siendo así, parece que el presente cambio en el proceder de Washington está, más que en el fondo, en las formas: el desprecio por la ley es más palmario, la inmoralidad de los dirigentes más evidente y las amenazas más indiscriminadas, como demuestra el que ahora afecten también a Europa. Tal vez sea por esto, de hecho, por lo que se nos antoja tan escandaloso este nuevo intervencionismo estadounidense: porque ahora podría dirigirse más claramente contra nosotros, como si el resto del mundo, y en particular el continente americano, no llevara sufriéndolo un siglo.
“Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará”, afirma el Eclesiastés. A la postre, desde una perspectiva materialista habrá que ver si toda esta supuesta transición hacia un nuevo orden no es sino la enésima estratagema del capital para su preservación. Igual que, como señalaba Perry Anderson, las dictaduras fascistas de los años 30 fueron la solución histórica para el peligro derivado del movimiento obrero, la expansión triunfante del trumpismo y el reparto del mundo entre imperios al servicio de oligarcas podría interpretarse como la respuesta ante las amenazas que el capital enfrenta en nuestro tiempo, destacando entre todas ellas el agotamiento del sistema económico vigente ante el inminente colapso ambiental del planeta. En 1915, Rosa Luxemburgo vaticinó que el futuro nos depararía “socialismo o barbarie”. Pues bien, el futuro ha llegado y no es ya que haya salido barbarie: es que nos encontramos en algún lugar a mitad de camino entre '1984' y 'Un mundo feliz', con incipientes barruntos de Terminator y con el agravante de que, como se maliciaba Marty McFly, por el camino nos hemos vuelto gilipollas o algo parecido.
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