El esperpento era esto
Lo que se perdió Valle Inclán, padre del esperpento. No habría tenido dificultad en reconocer los signos de lo grotescamente deforme que en ocasiones asoman a la escena pública. Seguro que hubiera visto de lejos que los “espejos cóncavos” del gobierno madrileño y la cultura del espectáculo que domina su presidenta y quienes la asesoran reflejan lo absurda y delirante que puede resultar a veces la política.
Resulta que la radicalidad en los planteamientos a veces saca a los personajes del universo racional hasta hacer de ellos auténticas piezas de museo. De los horrores, claro. Y así es como el esperpento ha llegado hoy para quedarse un tiempo en la Puerta del Sol, donde la mayor parte de los personajes que la habitan, deforman la realidad, desdibujan los escenarios, retuercen los datos, sobreactúan, interpretan y mezclan en su interpretación diaria los celos, la envidia, la venganza y el ansia de destrucción del contrario.
Desde que empezó la pandemia, en el Gobierno madrileño ha habido una especie de campeonato de ideas peregrinas y discursos más peregrinos aún en el que han participado todo tipo de figurantes y adalides. Pero lo de este jueves, tras la decisión del TSJM de suspender el cierre perimetral de Madrid impuesto para frenar los contagios por la COVID-19, tiene todos los ingredientes valleinclanescos.
Recordarán que el Gobierno de Sánchez pretendía cerrar Madrid en base a criterios políticos -y no científicos-, sólo para arruinar la economía y evitar que los madrileños salieran de la ciudad durante el puente del Pilar. Que el gobierno regional se oponía a la decisión. Bueno, no todo. Concretamente, su vicepresidente y portavoz, Ignacio Aguado, no. Que el Ministerio de Sanidad impuso la decisión, que entró en vigor el fin de semana pasado. Que Ayuso amagó con la insumisión aunque no lo hizo. Que su consejero de Justicia y Seguridad, Enrique López -ex magistrado del TC que tuvo que dimitir después de haber dado positivo en un control de alcoholemia, saltarse un semáforo, circular en moto sin casco y saltarse un semáforo- anunció por todos los platós de televisión que la Comunidad llevaría la decisión ante la Justicia. Que los barones del PP se echaron las manos a la cabeza. Que Feijóo, Mañueco e incluso Moreno aplicaron la misma orden en algunas ciudades de Galicia, Castilla y León y Andalucía, incluso con menores tasas de incidencia de las registradas en Madrid. Que la Justicia tumbó este jueves el cierre impuesto por Sanidad, pero no lo hizo cuando el gobierno regional restringió la entrada y salida en 37 zonas sanitarias, cerró los parques y limitó a seis personas las reuniones en toda la región. Y que, tras conocer la decisión del TSJM, Ayuso pidió a los madrileños que se queden en casa y no salgan de la región.
Sin rubor, con desparpajo, en una declaración sin preguntas, contribuyendo una vez más al caos y la incertidumbre y tras decir que hasta el viernes no informará de las nuevas medidas que se pondrán en marcha después de que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid haya anulado el cierre de Madrid y otros nueve municipios de Madrid. Todo, tras pedir otra vez “ayuda” al Ejecutivo de Pedro Sánchez para pactar conjuntamente “medidas sensatas y justas”. ¿Sensatez y Ayuso? El esperpento era exactamente esto y, tras dos comunicaciones del Gobierno de Sánchez para una reunión urgente y que diera la callada por respuesta, Moncloa entendió que la popular les había llevado “al límite”.
Y mientras, la pandemia sigue extendiéndose. Ya ha infectado a más de 36,1 millones de personas. La cifra global de muertes está por encima del millón. España, en concreto, acumula 835.000 casos y más de 32.000 decesos -que se reconozcan-, y es el país de la Unión Europea más afectado por la pandemia.
Como resultado de la expansión del virus, más de la mitad de la población mundial ha sido sometida a algún tipo de confinamiento, se ha impuesto el distanciamiento social y los desplazamientos han quedado limitados, al igual que la actividad económica, lo que ha provocado una grave recesión en todo el planeta.
En Europa se cierran bares y restaurantes, se limita el contacto social y se prohíben los actos públicos con una tasa de incidencia de 50 infectados por 100.000 habitantes, pero en Madrid -con más de 600- las administraciones discuten sobre quién ha de adoptar medidas y su alcance.
No hemos aprendido nada. Y en medio de la algarada, tan obscena como frustrante, por si faltaba algo entran en escena los tribunales, Ayuso admite implícitamente que la situación de su región es grave y que las medidas iban bien encaminadas y el Gobierno se da mus porque no quiere declarar un estado de alarma parcial hasta encontrar una solución pactada y dialogada. Si alguien piensa a estas alturas que los ciudadanos distinguen quién es el responsable de tanto caos, se equivoca. Si Madrid no pide el estado de alarma como pretende Moncloa, Sánchez ya ha decidió decretarlo sin más contemplaciones . Lo contrario, sería temerario. Y la paciencia del Gobierno, como la de los madrileños, se ha agotado. Hoy, Consejo de Ministros extraordinario.
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