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Una pregunta para Rubio

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en la Casa Blanca, en febrero de 2025.
8 de enero de 2026 22:21 h

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Un atardecer cálido de febrero en Miami de 2014, Marco Rubio se subió a un pequeño podio en un parque junto a la Universidad Internacional de Florida para inaugurar un obelisco con la bandera cubana de homenaje a náufragos y ejecutados por el régimen cubano. Allí estaban los nombres de miles de personas grabados en paneles en mármol.

Mientras oscurecía, rodeado de jóvenes y activistas cubanos y (también) venezolanos, habló unos minutos en español, más despacio que en inglés. Esa imagen parece estar a años luz del secretario de Estado que vemos y escuchamos ahora. No solo por su aspecto físico -incluso aparentaba menos años de los 42 que tenía entonces-, sino también por su tono y por sus palabras. Aquel momento lo retratamos Eduardo Suárez y yo en el libro Marco Rubio y la hora de los hispanos, publicado en 2016, cuando una parte del Partido Republicano creía que Rubio sería la solución a los problemas de un grupo político demasiado alejado de los inmigrantes y de las minorías, y también cuando su rival en las primarias republicanas, Donald Trump, parecía una moda pasajera y poco más que una anécdota para la historia de las presidenciales. 

“La historia del mundo nos ha enseñado que no se pueden tolerar los abusos contra un pueblo. No se pueden olvidar los abusos de un gobierno contra su propio pueblo. Porque si no hay consecuencias por esas cosas, se repiten”, dijo Rubio ante el monumento cubano en 2014. La misma persona que hablaba con pasión -que parecía auténtica- de la lucha “contra la tiranía” en Ucrania -2014 fue el año de la invasión rusa de Crimea- y en Venezuela, ahora defiende el pacto con el Gobierno de Nicolás Maduro aunque sea sin él y la necesidad de ser “realista” sobre las opciones de la oposición mientras la represión del régimen no ha hecho más que aumentar en los últimos días, como cuenta aquí el New York Times.

El Rubio de 2026 no pestañea al comentar de manera casual que Trump puede decidir una acción militar en Groenlandia. El mismo que en 2017 se quejaba de que el primer elegido por Trump para ser secretario de Estado no utilizara la expresión “criminal de guerra” para Vladímir Putin por su apoyo a Asad en Siria, hoy no se atreve a alzar la voz en defensa de los ucranianos. Solo ponía cara seria en aquel fatídico día de febrero de 2025 en que Trump y JD Vance cargaban ante las cámaras contra el presidente ucraniano repitiendo los mensajes del Kremlin.

No es novedad que los políticos sean camaleones que se adaptan a la conveniencia política del momento -en este caso, lo que dice el jefe-, pero desde hace un año líderes estadounidenses y europeos se han agarrado a la percepción de que Rubio era el interlocutor razonable en un gobierno lleno de personas con muy poca experiencia más allá de la lealtad a Trump. Al menos, es el que sabe o sabía de lo que habla. Incluso en un gobierno donde el margen de maniobra es escaso por la entrega casi completa al líder, cada decisión individual importa. En un gobierno de presentadores de televisión y vendedores de píldoras engañosas, la responsabilidad de políticos como Rubio es todavía más grande teniendo en cuenta su experiencia, su conocimiento y sus ideas (tal vez) pasadas.

Aquella noche de 2014, recuerdo que le pregunté a Rubio si se había acordado de su abuelo materno, Pedro Víctor García, natural de Jicotea, en el norte de Cuba. Antiguo operador de telégrafo y empleado del ferrocarril, fue un referente en su infancia, el más interesado en política de su familia y el que había vivido algo más parecido al exilio (los padres de Rubio, Mario y Oriales, emigraron a Estados Unidos huyendo de la pobreza antes de que Fidel Castro llegara al poder). Pedro, que no cumplió una orden de deportación de Estados Unidos en los años 60 y luego consiguió legalizar su situación por la protección especial para los cubanos, era admirador de Ronald Reagan. Sentado en una silla de aluminio en el porche, Pedro le hablaba al niño Marco de los políticos estadounidenses y de la Segunda Guerra Mundial. Fue tal vez el primero que le transmitió la idea de que el país donde Marco había nacido era una fuerza que podía defender la libertad y acoger a quienes la buscaban.

Ante mi pregunta en 2014, Rubio asintió, pero matizó rápido, tal vez por miedo a quienes le acusaban de “embellecer” a propósito su historia del exilio: “Mi abuelo no sufrió eso. Perdió su país, tuvo que huir. No sufrió tanto como han sufrido los que están en esta pared”. A menudo, en este último año, he pensado en que si pudiera entrevistar a Rubio, le preguntaría si recuerda en medio de esta vorágine a su abuelo, si se pregunta qué pensaría Pedro Víctor García de lo que está haciendo su nieto y el gobierno del que es parte. 

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