Someter a la mitad de la población

Manifestación en Argentina a favor del aborto.

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La escritora y activista feminista estadounidense Gloria Steinem dedicó su libro 'Mi vida en la carretera' a John Sharpe, un médico de Londres que en 1957, diez años antes de que el aborto fuera legal en Inglaterra, asumió el riesgo de practicarle uno a una chica de 22 años que iba camino de la India. Esa chica era Gloria Steinem. Antes de proceder a la intervención, el médico le dijo: “Tienes que prometerme dos cosas. Primero, que no le darás mi nombre a nadie. Segundo, que harás con tu vida lo que te apetezca”. En esa dedicatoria, muchos años después, la escritora le respondía: “Mi querido doctor Sharpe, confío en que a usted, consciente como era de la injusticia de las leyes, no le molestará que diga esto tanto tiempo después de su muerte: Lo he hecho lo mejor que he podido”.

El de Steinem fue uno de los testimonios que, entre los años 60 y 70, sirvió para romper el estigma del aborto en Estados Unidos y favorecer un clima que desembocó en una histórica sentencia que finalmente amparó este derecho. Cincuenta años después, las tornas giran: la primera potencia mundial elimina el amparo federal al aborto y deja a la mitad de su población huérfana de un derecho fundamental. Lo hace contra la mayoría de la opinión pública -aproximadamente el 70% de la población de EEUU se muestra a favor del aborto-, también contra toda evidencia: el Fondo de Población de Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud han dejado muy claro que restringir el aborto no reduce su uso pero sí incrementa enormemente los riesgos para la salud y la vida de la mujeres.

Lo hace también en contra de la corriente que ha hecho que varios países con los que comparte continente legalicen el derecho al aborto o den importantes pasos en ese sentido. Es el caso de Argentina, México y Colombia, y seguramente pronto, Chile. El aborto se convirtió en una reivindicación aglutinante que impulsó algunas de las protestas feministas más potentes de la historia reciente. Su símbolo, el pañuelo verde, ya podía verse en las manos de muchas mujeres estadounidenses durante las marchas que se celebraron días después de que el borrador del Supremo se filtrara a comienzos de mayo.

Pero si el derecho al aborto ha sido una reivindicación aglutinante para el feminismo, también lo es para los movimientos conservadores y las fuerzas de extrema derecha. La protección de la vida es la excusa tras la que se parapetan todos aquellos que no toleran que las mujeres tengan el control sobre sus cuerpos, su capacidad reproductiva y su sexualidad. La del útero es una batalla ideológica, estratégica, que busca sencillamente someter a la mitad de la población. Solo bajo esa lógica del sometimiento, del considerar a las mujeres como seres humanos de segunda categoría, puede entenderse que haya quien considere aceptable obligar a una mujer a gestar durante nueve meses, a parir, a criar y a asumir las ingentes consecuencias de todo ello aun a costa de su voluntad.

Es una lógica violenta y despótica que busca despojar a las mujeres de las riendas de su vida desde algo tan esencial como lo es la capacidad de decidir sobre ellas mismas y por ellas mismas. Bajo el discurso que acusaba todos estos años al feminismo de llevar a cabo una especie de cruzada puritana se fraguaba una reacción de grandes proporciones y, esta sí, auténticamente puritana. EEUU es ahora la punta de lanza de esa estrategia que sin duda trata de extenderse por muchos otros lugares, también España.

La decisión del Supremo da fuerza a quienes, una y otra vez, tratan de hacernos creer que es posible una democracia en las que las mujeres sean forzadas a ser madres y carezcan de los derechos más básicos. Es también una buena ofensiva contra un movimiento, el feminismo, que ha plantado cara al sistema y ha sido capaz de articular una protesta de carácter internacional y masiva contra ese estado de cosas que estos sectores quieren mantener. Cuando tienes que dedicar energía y recursos a luchar por lo más básico, por impedir que alguien tenga la capacidad de decidir por ti si serás o no madre, es más difícil avanzar en derechos y construir vanguardia.

La defensa de la vida es la coartada para seguir construyendo un mundo en el que ellos mandan y donde los derechos y las libertades están profundamente restringidos. El latido que tanto les importa cuando reverbera en el ecógrafo es el que después ignoran cuando las niñas y los niños ya han nacido y necesitan atención temprana, educación y sanidad pública y de calidad, menús saludables, familias que puedan pagar las facturas y una sociedad que les respete, sean como sean.

Los mismos que niegan la anticoncepción o la educación sexoafectiva, los mismos que se escandalizan de los talleres en los que se habla de condones o de masturbación a adolescentes, defienden con fiereza la prohibición del aborto. Es un buen momento para recordar que EEUU tiene tasas de mortalidad materna similares a las de países pobres. Es también el único país desarrollado que no tiene permiso remunerado por maternidad. No es la vida lo que les importa, es su noción de la vida.

Aquel médico, John Sharpe, murió hace tiempo. Pero ahora volverán a ser muchas, miles, las mujeres que busquen desesperadamente a un John Sharpe que se arriesgue, las que busquen la manera de viajar miles de kilómetros, las que tomen medicamentos conseguidos de manera clandestina, las que paguen para que alguien meta un alambre en su vagina, las que se desangren en la mesa de una cocina, las que sean madres sin quererlo, las que sufran, las que se empobrezcan. Las que vivan con miedo y sientan que su vida y sus derechos valen mucho menos.

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