El silencio de Europa frente al genocidio de Gaza
Mientras Gaza se hunde en el horror de un sufrimiento civil sin escapatoria, la Unión Europea mantiene un silencio institucional que oscila entre la tibieza y la complicidad. ¿Por qué Europa no actúa con contundencia ante un conflicto que numerosas organizaciones internacionales, juristas y testigos califican como un genocidio en curso? ¿Por qué la mayoría de países guarda silencio? ¿Por qué la Unión Europea nos se define con una condena clara, unánime y moralmente coherente?
Planteémonos por un momento qué habría sucedido si España hubiera bombardeado el País Vasco para erradicar a ETA, reduciendo barrios enteros a escombros y matando miles de civiles. Del mismo modo imaginemos cuál habría sido la reacción de la UE si el Reino Unido hubiera emprendido una ofensiva total sobre Irlanda del Norte durante los años del IRA. Es incuestionable que la reacción europea en estos dos casos habría una condena y aislamiento diplomático.
¿Por qué entonces ante la brutal masacre de Gaza, la reacción de la UE se limita a hacer declaraciones vagas, llamadas a la “moderación” y apelaciones que otorgan a agresores y víctimas una falsa simetría?
Una primera explicación la podríamos encontrar en la propia naturaleza de la UE, un conglomerado de Estados con historias, intereses y alianzas divergentes sin una política exterior verdaderamente unificada. Alemania, por ejemplo, con el peso histórico del Holocausto, evita criticar a Israel a pesar sus flagrantes atrocidades. Francia opta por un equilibrio ambiguo. Hasta ahora, de los veintisiete miembros de la UE, solo países como Irlanda, Bélgica o España han elevado una voz más firme convirtiéndose así en una excepción dentro del bloque.
Una razón de la no condena a la masacre de Gaza la encontramos en el temor a que cualquier crítica a Israel sea interpretada como antisemitismo. Hay también razones vinculadas a intereses estratégicos ineludibles, como el hecho de que Israel es un aliado clave de Estados Unidos en Oriente Medio, un posicionamiento ante el que Europa —pragmática y dependiente— opta por alinearse sin fisuras con Washington, incluso a costa de traicionar los principios recogidos en su propio corpus fundacional. Llama también la atención que la cobertura de la tragedia palestina haya sido desde el principio fragmentaria y tardía si se compara con la empatía que en su momento despertó la invasión rusa de Ucrania.
Todo esto nos conduce al incómodo escenario de una Europa que calla por hipocresía selectiva mientras Gaza es víctima, no solo de la matanza sino también de la injusticia de que miles de vidas civiles no basten para superar intereses, miedos a perder prerrogativas o desestabilizar alianzas. La masacre en Gaza exige una condena firme así como la suspensión inmediata de cualquier tipo de cooperación militar con Israel, y también un compromiso inequívoco con el derecho internacional. Es imperativo exigir un alto el fuego, fomentar investigaciones por crímenes de guerra, y garantizar el acceso a la ayuda humanitaria a todos los gazatíes .
Más que una cuestión de geopolítica estamos ante un dilema —una exigencia— moral, porque cuando se relativiza el valor de una vida, ya no se defiende la justicia sino, más bien, se abdica de ella.
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