MEMORIA HISTÓRICA

El ojo de cristal que Francisco guardó en el bolsillo antes de ser fusilado y ha servido para encontrarle

Alcolea

Marta Borraz


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El ojo de cristal que Francisco Alcolea Crémades llevaba desde 1937 ha servido hoy a su familia para llegar hasta él. Un tribunal franquista lo juzgó y condenó a muerte, acusado sin pruebas de participar en el linchamiento de los Calpena, una conocida familia de industriales alpargateros. Fusilado en el paredón del cuartel de Rabasa en 1941, su cuerpo ha sido localizado en la fosa 20 del cementerio de Alicante junto a otros represaliados, los primeros exhumados en la provincia, y el curioso objeto ha sido hallado entre los restos. 80 años después, el ojo de cristal que le pusieron en Francia tras perder el suyo trabajando ha servido para identificarle.

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“Yo he estado acudiendo todas las semanas al cementerio para ver cómo iban las excavaciones. Les repetía siempre que por favor estuvieran atentos porque con mi abuelo había una referencia. Le faltaba un ojo y llevaba uno de cristal. Hasta que apareció y no había duda”, cuenta Francisco Alcolea Torá, que se llama igual que su abuelo. La idea de la familia es que los restos sean depositados junto a la que fue su mujer en el cementerio de Aspe, de donde era vecino. “Es cerrar una herida”, respira aliviado Francisco.

El ojo de cristal “está en perfecto estado”, explica José Ramón García Gandía, profesor de la Universidad de Alicante y codirector de la excavación, efectuada por la empresa de arqueología Drakkar Consultores. El objeto fue encontrado “en un lado del cuerpo, a la altura de lo que podría ser el bolsillo del pantalón” junto a dos minas de lápiz y una cajetilla de tabaco, por lo que lo más probable es que se lo guardara antes de morir. Ahora los restos están pendientes del análisis de ADN que constatará la identificación.

Es probable que con ese lápiz escribiera la última carta que le envió a su mujer y que la familia conserva. “Me querida esposa esta es para decirte mis últimas palabras”, se despidió poco antes de morir. En ella Francisco habla de sus hijos, de tres, seis y 12 años, y le recuerda a su mujer, Paquica, que tiene derecho a cobrar una pensión y que busque a alguien que “conozca el francés” para ayudarle con los trámites.

Francisco Alcolea nació en Aspe (Alicante) en 1901 y dedicó su vida a la agricultura, no solo en su tierra natal. Muy habitualmente viajaba a Francia a trabajar y en una de estas estancias en el país vecino tuvo un accidente laboral; le saltó una piedra directamente al ojo derecho, y lo perdió. “Desde allí mandó una foto a mi abuela tras haberle puesto el ojo de cristal. Se la hizo y se la envió para que ella viera que seguía siendo atractivo y que le quedaba bien”, cuenta su nieto.

La causa Calpena

Francisco Alcolea fue condenado a muerte el 26 de junio de 1941, según figura en el acta de defunción, y trasladado a una fosa común del cementerio de Alicante junto a otros fusilados: 11 en la fosa 36 y ocho en la fosa 20, que han sido abiertas con el impulso de la Generalitat Valenciana, el Ayuntamiento de Aspe y la asociación local Cinco Ojos. Según la sentencia que le condenó, había sido miliciano en la guerra, pertenecía a UGT y estaba afiliado al PCE. Además, era directivo de la cooperativa agraria Los Convencidos, que se incautó de tierras para repartirlas entre la colectividad. Fue detenido en su casa en 1939.

“Un tal 'Paco Picote', delator de vecinos, se presentó junto a la Guardia Civil una noche y le detuvieron maltratándolo y a gritos. Fue la última vez que mi padre lo vio, hasta el día del juicio, que lo pudo ver por una ventana del juzgado de Alicante”, cuenta Francisco. Pasó por la cárcel de Novelda, adonde su mujer y su hija mayor le llevaban comida y ropa limpia, hasta que en febrero de 1941 fue juzgado por un tribunal militar. El juicio, recuerda su nieto, apenas duró una hora. Eran 57 personas las implicadas en el sumario 4804. La causa se refiere a él como “el del ojo de cristal”.

Francisco fue uno de los acusados de participar el 7 de julio de 1937 en el linchamiento de Ramón Calpena, su hijo Luis y su yerno Javier González. Los hechos comenzaron con la detención de los tres por parte de la República, acusados de alentar la rebelión militar. Fueron enviados al campo de trabajo de Totana (Murcia) y posteriormente volvieron a Aspe bajo arresto domiciliario. “Habían tenido muchos conflictos laborales y sociales con el pueblo, que tenía un sentimiento de venganza”, cuenta García Gandía. Nada más regresar, la familia es asaltada en su casa y los altercados terminan con la muerte de los Calpena.

“La República había dado orden de terminar con la represión en la retaguardia, así que detiene a los sospechosos. El caso pasa por el Tribunal de espionaje y alta traición de Valencia, que se inhibe en favor de un tribunal popular de Alicante, pero todos quedan absueltos. Estamos en guerra y de alguna manera se pierde la oportunidad de haber hecho justicia y de haberlo juzgado correctamente. Alguien hizo mal algo”, explica el profesor de la Universidad de Alicante.

La reapertura franquista del caso

La cuestión es que años después, en 1941, y como parte del proceso de represión y depuración de la dictadura, el franquismo reabrió la causa. “En este momento nos encontramos con una justicia con el deseo de purgar a todas las personas que habían tenido un cargo político y sindical durante la Guerra Civil. Detienen a 80 personas y 19 son fusiladas por este caso”, señala García Gandía. Entre ellos, Francisco, que no había sido detenido en el proceso anterior, o el alcalde de Aspe, el socialista Pascual Cánovas, que en realidad había pedido refuerzos para evitar el linchamiento de los Calpena.

Según se puede leer en la causa, durante el juicio Francisco Alcolea negó haber participado en los altercados y aseguró que ese día se había levantado “con el alba” y había estado azufrando en la huerta.

Llegar hasta aquí no ha sido fácil para su nieto Francisco, que lleva investigando sobre su abuelo desde inicios de los años 90. “Yo quería saber qué había pasado con mi abuelo, teníamos muy poca información. Mi abuela hablaba de ello de pasada, lo que sí pensaba es que le hubiera gustado tenerlo con ella”, recuerda. Tras la búsqueda incesante y el rastreo por archivos, el juzgado o el cementerio, Francisco pudo ir conociendo detalles de la historia, pero se completó con la entrada del investigador García Gandía en el archivo militar de Madrid, donde recuperó el sumario.

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