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Se cumplen 30 años del estreno de este drama rodado en Túnez e Italia y que se hizo con nueve premios Oscar

Cartel de la película que se hizo con nueve estatuillas, entre ellas a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actriz Secundaria

Alberto Gómez

9 de enero de 2026 13:00 h

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Han pasado tres décadas desde que las dunas rojizas del Sáhara y los monasterios de la Toscana cautivaran al mundo a través de la gran pantalla. Estrenada en 1996, la película El paciente inglés se consolidó como una de las obras cumbres del cine de finales del siglo XX, logrando una efervescencia creativa que hoy se recuerda con especial nostalgia. Esta producción, dirigida por el británico Anthony Minghella, no solo fue un éxito de taquilla, sino que se convirtió en un clásico instantáneo al rescatar la esencia de las grandes superproducciones del melodrama épico.

El origen de esta odisea cinematográfica se encuentra en la novela homónima de Michael Ondaatje, publicada en 1992 y ganadora del prestigioso Booker Prize. El productor Saul Zaentz, artífice de éxitos como Amadeus, decidió adquirir los derechos de adaptación tras asistir a una lectura pública del autor, viendo en la compleja estructura literaria una oportunidad única para Hollywood. Minghella, quien por entonces contaba con pocos créditos como director de cine, se obsesionó con el texto y dedicó cuatro años de su vida a trabajar en este ambicioso proyecto. La gestación del guion, eso sí, fue un proceso arduo que requirió más de veinte tratamientos diferentes y constantes reescrituras para lograr una estructura que funcionara en pantalla.

Y es que Minghella, con una sólida formación previa como dramaturgo, buscaba establecer paralelismos precisos entre el pasado en el desierto egipcio y el presente en una Italia devastada por la Segunda Guerra Mundial. Según el propio director, el corazón de la historia funcionaba como un “horno de fuego” donde la pasión amorosa podía volver a los seres humanos ciegos, traidores o inmorales. El camino hacia el rodaje también estuvo lleno de obstáculos financieros, especialmente cuando el estudio Fox se retiró del proyecto por desacuerdos significativos con la conformación del elenco. La productora exigía una estrella de la talla de Demi Moore para el papel de Katharine Clifton, pero Minghella se mantuvo firme en su visión artística y en la elección de sus intérpretes. De ahí que finalmente Kristin Scott Thomas consiguiese el papel tras escribirle una carta personal al director, uniéndose a un excelente reparto que incluiría a Ralph Fiennes y Juliette Binoche.

Kristin Scott Thomas y Ralph Fiennes, dos de los tres grandes intérpretes de la cinta

La trama africana sumerge al espectador en el Egipto de los años previos a la guerra, donde el conde húngaro László Almásy lidera una expedición arqueográfica. En medio de la búsqueda del origen prehistórico de la Cueva de los Nadadores, surge un romance prohibido y fatalista entre Almásy y Katharine, la esposa de un expedicionario británico. Esta pasión, teñida de traición y secretos, se desarrolla bajo la mirada de un desierto implacable que define el destino de sus protagonistas y los lleva a sacrificar lealtades y principios. Para recrear estos paisajes, la producción se trasladó a Túnez, utilizando locaciones poco turísticas como Nefta y el Gran Lago Salado. En las gargantas de Midas se rodaron imágenes icónicas de la expedición, mientras que la famosa cueva se recreó en la ciudad de Degache, dada la inaccesibilidad de los sitios originales en la frontera entre Egipto y Libia. 

El rodaje en el desierto fue físicamente agotador para el equipo, enfrentándose a temperaturas extremas que oscilaban entre el calor sofocante del día y el viento helado de la madrugada. En cambio, en el otro lado del relato, la historia se traslada al norte de Italia, donde la enfermera Hana cuida a un hombre moribundo y totalmente quemado en un monasterio abandonado. En este refugio de la Toscana, Hana convive con personajes como el zapador de origen sijh Kip y el misterioso Caravaggio, quien busca venganza por las torturas sufridas durante el conflicto. A través de la lectura de un libro de Heródoto lleno de apuntes personales, el paciente de origen inglés revela a la enfermera fragmentos de su identidad y su trágica historia de amor acaecida en el norte de África.

Los escenarios italianos aportan una belleza estética fundamental al film, destacando la Basílica de San Francisco en Arezzo, donde se encuentran los frescos restaurados de Piero della Francesca. Una de las escenas más memorables ocurre cuando Hana es izada con una cuerda para contemplar estas obras pictóricas bajo la luz de las velas. Curiosamente, el hotel Shepheard de El Cairo que aparece en la pantalla no se encontraba en Egipto, sino que fue recreado por el equipo de arte en el Grand Hotel des Bains de Venecia. El éxito técnico de la cinta se apoyó también en un equipo de maestros, empezando por la fotografía del oscarizado John Seale, quien capturó la cadencia del viento sobre las dunas rojizas. La banda sonora de Gabriel Yared, que incluye ecos de Bach y música popular húngara, fue escrita en gran parte antes del rodaje para guiar la atmósfera poética de las escenas. El montaje de Walter Murch fue vital para amalgamar las dos historias paralelas, creando un complejo puzzle de sentimientos y emociones.

Nueve estatuillas

El reconocimiento de la Academia de Hollywood fue abrumador en 1997, otorgando a la película nueve Oscars de las doce nominaciones originales que recibió. Entre las estatuillas recibidas en la gala de los premios Oscar de aquel año destacan las de Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actriz Secundaria, en este caso para Juliette Binoche, consolidando a la productora Miramax en la cima de la industria. Aunque algunos críticos señalaron un planteamiento amoral en la pasión de los protagonistas, el público y gran parte de los críticos cinematográficos la elevaron a la altura de mitos como Casablanca.

La narrativa de Minghella profundiza en el amor como una trampa conflictiva de posesión y una fuerza imposible de retener, donde todos los amores terminan por desvanecerse en el contexto de la guerra. El personaje de Almásy, interpretado magistralmente por Fiennes a pesar de quedarse sin estatuilla, simboliza al hombre derrotado por la muerte y la pérdida, atrapado bajo una piel espantosamente arrugada por las quemaduras. La película utiliza la metáfora de los cuerpos como ríos y territorios que se graban en la memoria, dejando al espectador boquiabierto ante un final de profunda emoción poética. Tres décadas después de su estreno, El paciente inglés permanece como una de las últimas grandes despedidas del cine analógico y de las historias de corazón clásico antes de la era digital de los efectos especiales. Su legado reafirma el poder de los melodramas románticos sostenidos por interpretaciones densas y una puesta en escena de soberbia ambientación. Anthony Minghella, fallecido prematuramente a los 54 años, dejó en esta obra maestra todo un testamento de elegancia cinematográfica.

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