La momia de Tutankamón sufrió cortes con cuchillos calientes y una brutal manipulación antes de ser recompuesta en secreto

El embalsamamiento antiguo provocó un bloqueo imposible de resolver sin daños

Héctor Farrés

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Las manos no siempre respetan aquello que tocan, incluso cuando saben que están ante algo único. El nombre de Tutankamón arrastra siglos de atención, museos llenos y una imagen que ha dado la vuelta al mundo, aunque su momia llegó al siglo XX en condiciones muy frágiles. La fama no evitó que el cuerpo estuviera pegado al interior del ataúd por sustancias endurecidas. Ese bloqueo físico marcó todo lo que vino después y dejó claro que el prestigio no garantiza que se tenga todo el cuidado oportuno.

El equipo de Howard Carter rompió el cuerpo al intentar separarlo del ataúd

Los hechos ocurieron en 1925, cuando el equipo dirigido por Howard Carter abrió el ataúd interior y se enfrentó al cuerpo adherido por resinas usadas en el enterramiento. El examen médico, como indica Eleanor Dobson, profesora asociada de Literatura del Siglo XIX en la Universidad de Birmingham, en The Conversation, acabó destrozando los restos al intentar separar la momia de la máscara y del féretro. La intervención dejó daños permanentes en cabeza, tronco y extremidades. Aquella actuación condicionó cualquier estudio posterior y alteró pruebas que ya no podían recuperarse.

El problema empezó con la resina negra vertida durante el embalsamamiento, que con el paso del tiempo se volvió dura como una piedra. Carter escribió que el cuerpo estaba “firmemente pegado” y explicó que no había forma legítima de liberarlo. Tras exponer el ataúd al sol sin resultado, el equipo utilizó cuchillos calientes para cortar. Esa decisión permitió extraer la máscara, pero supuso separar la cabeza y dividir el cuerpo en varias partes para acceder a los objetos funerarios.

Las primeras manipulaciones mostraron que la fama no protege los restos antiguos

La tumba había sido localizada en el Valle de los Reyes en 1922 por un grupo mayoritariamente egipcio bajo la dirección de Carter. Sin embargo, el proceso fue lento y lleno de interrupciones. Las tareas de limpieza y catalogación del primer recinto se alargaron durante años, a lo que se sumaron conflictos con las autoridades egipcias. Por eso el sarcófago no se abrió hasta tres años después del hallazgo inicial, cuando la expectación pública ya era enorme.

La reconstrucción posterior escondió durante años lo ocurrido en la sala de trabajo

Cuando comenzó el examen de 1925, el daño fue inmediato y profundo. Los brazos se separaron por hombros, codos y manos, mientras que las piernas se cortaron a la altura de caderas, rodillas y tobillos. El torso quedó dividido del resto del cuerpo, tal como describen los informes posteriores. Según especialistas como Zawi Hawass, solo la cabeza se mantiene en condiciones aceptables. El resto quedó muy deteriorado por el uso de calor y fuerza.

Tras la disección, los fragmentos se volvieron a unir con pegamento para simular una momia entera. Esa reconstrucción ocultó la violencia del proceso y ofreció una imagen más ordenada. El resultado se presentó al público sin explicar los cortes ni las separaciones previas. Esa decisión marcó durante décadas la percepción del estado real del cuerpo.

El equipo de Howard Carter rompió el cuerpo al intentar separarlo del ataúd

La egiptóloga Joyce Tyldesley señaló que estos hechos no aparecen ni en los relatos públicos de Carter ni en sus notas privadas, conservadas en el Griffith Institute de la Universidad de Oxford. Esa ausencia contrasta con las fotografías tomadas por Harry Burton, que muestran el cuerpo desmontado y el cráneo sujeto para mantenerlo erguido. En el libro publicado por Carter en 1927 solo aparece una imagen más aceptable, con la cabeza envuelta y el cuello oculto.

En su diario, Carter escribió el 11 de noviembre de 1925 que aquel día había sido “grande para la historia de la arqueología”. Los documentos y las imágenes cuentan algo mucho más incómodo. El examen de Tutankamón dejó una momia célebre, pero también un cuerpo dañado de forma irreversible, convertido en ejemplo de cómo la fama y la prisa pueden tener más importancia más que el cuidado.

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