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Una división profunda

Lo urgente, que no gobierne la extrema derecha, es una cosa y lo importante es otra

Lo importante es que el Reino de España cada vez está más lejos de ser un espacio compartido, un proyecto democrático aceptado y no impuesto

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Albert Rivera retira lazos amarillos en la localidad barcelonesa de Aella.

Albert Rivera retira lazos amarillos EFE

La crisis de la representación política de la sociedad ocurrida hace ocho años, cuando la crisis económica le quitó la esperanza a un par de generaciones y enfadó a amplios sectores sociales y creó un espacio para que entrasen dos nuevos partidos estatales en el juego político ya queda muy atrás. Simplemente el juego de partidos ahora es más complejo, pero eso no afectó a la estructura del estado ni a los intereses que expresa. Fue la movilización cívica catalana, conducida por los soberanistas, la que lo cuestionó y cuestiona todo, y en eso estamos. Todos los movimientos tienen su origen y acaban remitiéndose a eso.

En superficie vemos a los dos partidos de la derecha asumiendo sin rebozo la ideología de la extrema derecha. Los analistas de otros países que se asomaban, y los intelectuales del estado, solían señalar como un rasgo político de la sociedad española que no hubiese partidos de extrema derecha. Y es que todo estaba escondido. No había nacionalismo español y si lo mentabas te señalaban, no había extrema derecha, el franquismo había quedado atrás…, esto era una sociedad magnánima, compasiva e inocente. Los países con demonios dentro eran otros, aquí había: “la democracia que nos hemos dado; la constitución y el rey que hemos votado; la lengua común; una democracia ejemplar; estado de derecho...”. No nos faltaba de nada.

Nos queríamos un derroche de armonía y se lo contábamos también a los demás. Esa voluntad de refugiarse en la inocencia, tan característica de la sociedad destruida que emergió tras la guerra y el exterminio de la disidencia, ya la supo detectar y explotar aquel político tan inteligente como despiadado, Manuel Fraga Iribarne, cuando celebró los “25 años de paz”. Pero no.

Y ahí está el PP señalándole a Ciudadanos, le dijo la sartén al cazo, que en sus manifestaciones hay mucho fascista y a Ciudadanos reprochándole al partido de M. Rajoy y el 155, quien mandó al exilio y metió presos a representantes políticos y ciudadanos, que se entregue a las tesis de los independentistas catalanes. Son ridículos pero no están locos, simplemente es la respuesta a las respectivas subidas y bajadas en las encuestas, del mismo modo que no les importamos cuando agitan la xenofobia contra los inmigrantes tampoco les importan los catalanes cuando avivan el nacionalismo español. Todo es puro cinismo.

Los equidistantes son un discurso, una pieza necesaria en ese juego, legitiman el statu quo.

Pero lo que creíamos equivocadamente durante décadas que era el “franquismo sociológico” dominante en lo profundo de la sociedad española era realmente franquismo político y ahora, convenientemente argumentado por el sistema de medios de comunicación del poder, son franquismo político y partidario.

Esta radicalización del juego político por parte de la derecha españolista, no es malo para el PSOE en el Gobierno, hay más gente deseosa de tranquilidad que militantes de la guerra civil y eso le da a Sánchez la oportunidad de aparecer como un gobernante moderador de pasiones y extremos. En ese sentido, los votantes preocupados por el panorama debieran estar tranquilos, si esto sigue así Sánchez tiene muchas posibilidades de seguir, el PSOE mejorar resultados en las municipales y luego recuperar resultados de la época de Zapatero en las elecciones a cortes.

Pero lo urgente, que no gobierne la extrema derecha, es una cosa y lo importante es otra cosa. Lo importante es que el Reino de España cada vez está más lejos de ser un espacio compartido, un proyecto democrático aceptado y no impuesto. La agitación nacionalista que comenzó en la época de aquel Aznar que se retrató como el Cid Campeador imaginado por Menéndez Pidal y otros ideólogos del españolismo castellanista y continuó con la campaña anticatalana de boicot y recogida de firmas por toda España y el “¡a por ellos!” compartido o asumido por todos los partidos estatales ha forjado una identidad española definitivamente excluyente. La bandera rojigualda de los Borbones ya es “la bandera española”, la tricolor en la práctica es clandestina o multada (Un dirigente madrileño de Podemos actuando como portavoz de la organización situó el margen de disidencia y libertad en que cada uno en su casa puede ser lo que quiera, monárquico o republicano, pero el Jefe del estado es el que es).

Esa identidad compacta, monárquica, monolingüe, perseguidora de la diferencia es celebrada y tenida por suya por amplios sectores sociales, sobre todo en una parte del territorio del estado perfectamente dibujada, pero deja fuera a amplios sectores sociales y territorios que no se reconocerán nunca en esa identidad nacional. Que los lazos amarillos son la reclamación de libertad para los presos políticos y una demanda cívica ahora ya lo van comprendiendo muchas personas a quienes sus políticos y los medios les habían contado que eran signos identitarios excluyentes. Una cosa son las demandas de una y otra parte y otra las libertades y los derechos civiles.

Sánchez, a pesar de los tropiezos y dificultades día a día, tiene relativamente fácil gobernar este estado pero la profunda división interna pide una nueva cultura nacional y cívica. Con “¡A por ellos!” nos pueden golpear, multar y encarcelar, pero nunca convencer.

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