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Contra un éxito masculinizado

Ahora que ya hemos reposado, que ya nos hemos felicitado, que hemos recuperado las gargantas de las afonías, es el momento de dejar claro que esto no para

Con las pilas cargadísimas y apoyadas las unas en las otras, sigamos luchando, pinchando, cuestionando

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El Lobo de Wall Street

Fotograma de la película el Lobo de Wall Street

El 9 de marzo amanecimos con la mejor de las resacas, la resaca de la lucha. Sí, aún habíamos tenido que aguantar algún “feliz día de la mujer, hermosa”, algún ramo de flores de quien no ha entendido nada, alguna campaña de publicidad vergonzosa, y por supuesto despertábamos en un mundo, todavía, profundamente machista. Pero despertamos sabiendo que habíamos inundado mil y una calles, sabiendo que habíamos alzado la voz por nosotras y por las que ya no están, sabiendo que éramos manada haciendo historia.

Ahora que ya hemos reposado, que ya nos hemos felicitado, que hemos recuperado las gargantas de las afonías, es el momento de dejar claro que esto no para. Con las pilas cargadísimas y apoyadas las unas en las otras, sigamos luchando, pinchando, cuestionando.

Con ese espíritu os comparto esta reflexión que me empezó a crecer hace no mucho, mientras me dejaba arrastrar por la estampida humana del metro tolosano. Allí, en versión gigante, vi el póster de una nueva película hollywoodiense que anunciaban como “El Lobo de Wall Street en femenino”. No me paré en seco por no provocar un accidente en cadena en aquel pasillo, pero en mi mente saltaron todas las alarmas, a todo volumen.

En primer lugar, porque, de base, no me gusta que me etiqueten las cosas como “masculinas” o “femeninas”. Ni los juguetes, ni los colores, ni la literatura, ni las películas, ni los trabajos. Nada. El porqué me daría para otro artículo, o varios, y sobre todo ya ha dado a muchas para ensayos enteros, así que os dejo que lo investiguéis y si eso en otro momento lo discutimos. Pero también me hizo saltar por otro motivo, uno al que me costó un poco más dar nombre.

No fue hasta que no le eché un vistazo al tráiler de aquella película, y me paré a pensar también en la de Di Caprio, que me di cuenta de que lo que me chirriaba tenía que ver directamente con la idea del éxito que se reflejaba en estas historias. El hombre que trabaja más horas de las que hay en un día, que explota, que estafa, que pisa a quien haga falta. La mujer que hace “all in, all the time”, que lo arriesga todo cada vez para ser la mejor (y también para darle en las narices a su jefe-cretino, eso podríamos aplaudirlo). Incluso cuando la historia no acaba del todo bien y hay juicios de por medio, el poso queda, la idea ya está dibujada.

La idea de un éxito basado en el dinero, lo primero y más importante, y además conseguido a través de una actitud depredadora, ambiciosa, agresiva e individualista. Un éxito capitalista y masculinizado (que no es lo mismo que masculino). Esto no sería demasiado grave si quedara restringido a la gran pantalla, pero, como bien sabemos, la gran pantalla refleja el imaginario social, y viceversa.

Por tanto, nos encontramos viviendo en una sociedad en la que tener éxito, prosperar, “llegar a ser algo”, algo de valor, pasa por tener mucho, trabajar mucho (únicamente en el mercado laboral, ojo), y competir mucho. Esto nos deja con una escala de valores y prioridades, en mi opinión, preocupante.

Me preocupa que crezcamos aspirando a un sueldo alto, y no a una razón por la que sonreír cada mañana. Me preocupa que definamos a las personas por su profesión y que nuestra legitimación social tenga por referencia el empleo, dejando a todas las que realizan las tareas no productivas, o reproductivas, en la oscura tierra de la invisibilidad. Me preocupa que las mujeres tengamos que elegir entre nuestro empleo y nuestros úteros, entre triunfar y cuidar.

Y todo esto no sólo me preocupa por la situación de desigualdad flagrante y peligrosa en la que nos deja a las mujeres, que también. Me preocupa por el tipo de mundo que perpetúa, por los sistemas que reproduce y alimenta, y las consecuencias que se derivan.

Porque aspirar al éxito y al reconocimiento social es muy humano. Si seguimos los planteamientos de Maslow, es incluso una necesidad. Por tanto, la definición del éxito, de qué significa ser exitoso/a, es una vía muy importante de transmisión de valores. Me explico: desde la cuna, y muy humanamente, queremos triunfar para ser reconocidas; después, poco a poco, aprendemos que triunfar quiere decir tener un empleo de órdago, un cochazo y una casa en la playa, para lo cual hay que “trabajar duro” (a.k.a., echar muchas, demasiadas, horas, a ser posible algunas de ellas sin cobrar), ser ambiciosa hasta el punto de pisotear a tus compañeros/as – competidores/as si es necesario, y aspirar a empleos “de los buenos”, como Directora ejecutiva de la Junta de Inditex, o del Banco Santander, o Diputada del Parlamento Europeo, o alguna otra cosa rimbombante que nadie sepa muy bien qué significa. Teniendo esto en cuenta, es lógico que acabemos reproduciendo estos comportamientos e integrando los valores que se derivan, porque necesitamos triunfar y hemos aprendido que ese es el camino. Y si, oh oh, no lo conseguimos, si “fracasamos”, aparecen por un lado la frustración, la decepción, la falta de confianza en una misma..., y por otro, el desprestigio, la infravaloración, la exclusión, la invisibilidad...

Recapitulando: la idea hegemónica de éxito, que vemos reflejada en la mayoría de productos culturales, también hegemónicos, y que aprendemos e integramos desde la escuela infantil, genera y perpetúa una sociedad depredadora, individualista y competitiva. Esto es porque, volviendo a la idea antes esbozada, estamos ante una definición de éxito absolutamente capitalista y masculinizada, entendiendo por esto último que pone en valor las características asociadas a la masculinidad, de nuevo, hegemónica o al rol de los hombres (competitividad, ambición, agresividad...).

Por supuesto, esto no es ninguna sorpresa, teniendo en cuenta que vivimos en un sistema capitalista y patriarcal. No trato aquí de descubrir el agua tibia, sino más bien de seguir profundizando, de seguir, como os decía al principio, cuestionando nuestra realidad, nuestras estructuras, nuestros imaginarios. Cuestionarlos para entenderlos, para encontrar los puntos gatillo de los problemas sociales y así poder desbloquearlos.

En este caso, el desbloqueo pasa por una feminización del éxito, como ya se dijo que debía hacerse con la política. Feminizarlo, repensarlo desde los feminismos, para poner la vida en el centro, para darle la vuelta a nuestra escala de valores y priorizar el cuidado, de una misma y del resto, la cooperación y la felicidad. Pero ojo, no la felicidad de Coca Cola y el Foro Económico Mundial, la felicidad de verdad, la que puede tumbar el sistema. La felicidad peligrosamente real.

En definitiva, feminizar el éxito para que triunfar signifique estar a gusto con una misma sin dañar al resto, cuidándose y cuidando, cooperando y valorando a los demás, apoyándonos para avanzar hacia una sociedad más justa para todas. Que el éxito resida, ante todo, en ser capaz de una construir una vida que merezca la pena ser vivida.

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión de la autora y ésta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.

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