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No es una repetición de elecciones

Demasiadas cosas han cambiado desde el 20D, desde el nuevo déficit, a la manera de funcionar de hecho del Parlamento o la forma en que se han comportado los líderes políticos y las mayorías de gobierno intentadas o no

Los ciudadanos tendrán que juzgar

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Que no se haya podido conformar una mayoría y lograr una investidura no implica una crisis del sistema político, sino un fracaso de los políticos, producto de una falta de tradición de coaliciones a nivel estatal y de una guerra de trincheras porque algunos compiten por un mismo espacio electoral (esencialmente, PP y Ciudadanos, PSOE y Podemos). Y ahora, incapaces de un acuerdo, les piden a los votantes que vuelvan a pronunciarse. Pero entre el pasado 20 de diciembre y ahora han pasado cosas importantes -y pueden pasar otras hasta el 26 de junio- que hacen que esta no sea una mera repetición de las elecciones, sino unas nuevas elecciones. Los electores habrán de juzgar no solo cómo se han comportado los dirigentes, los partidos, ante las alianzas o coaliciones frustradas o ni siquiera intentadas, sino qué respuestas darán de cara al futuro a nuevos problemas que han surgido.

El primero es el déficit suplementario aparecido para 2015, que implica dos cosas. Por una parte, que el Gobierno de Rajoy no ha sido tan capaz como pretendía en su gestión de las cuentas públicas. Y que su presupuesto electoralista para 2016 tendrá que verse recortado en una economía que pierde en aceleración. De hecho, este problema es para todos los partidos, pues, aunque Bruselas conceda una mayor flexibilidad, y aunque se puede optar por diversas prioridades -España es el único país de los importantes de Europa que ha recortado en Educación, por ejemplo- tendrá que haber recortes y nuevas reformas estructurales. Por eso, en una parte los programas que los partidos presentaron para el 20D no valen para el 26J. Y a ver si esta vez no se olvidan de la economía digital y la automatización que lo están trastocando todo, pero de las que se habla poco en este país

Segundo, en estas semana y meses, han seguido surgiendo nuevos casos de corrupción que reflejan un mal estructural, y situaciones no ilegales sino feas. Como el caso del dimitido ministro Soria, por no hablar de un personaje como Rodrigo Rato que actuaba en paraísos fiscales (no necesariamente de forma ilegal) cuando era vicepresidente económico con Aznar. Los papeles de Panamá están dibujando una elite que no creía en su propio país. A lo que se añade el caso de Manos Limpias y Ausbanc, y los que compraron sus favores o cedieron a su chantaje. La lucha contra la corrupción, política y otra, va a necesitar medidas más radicales que las planteadas hasta ahora en los programas.

Tercero, las divisiones en el seno de algunos partidos. Desde luego el PP, a comenzar con Aznar. No parece una casualidad que en estos momentos haya surgido su problema con Hacienda, o que, por falta de fondos, le hayan recortado tanto el presupuesto y la capacidad de FAES (este país se está quedando sin think tanks). Si Rajoy, que ha aguantado, hubiera renunciado tras el 20D a presidir el Gobierno y sugerido en su lugar a otro u otra dirigente más joven del PP, hoy esta o esta presidiría el nuevo Gobierno. Hay razones psicológicas para este aferramiento (sería el primer presidente de la democracia que no sería reelegido -Calvo Sotelo nunca ganó una elección). Y políticas, para mantener unido a un partido en el que a tantos niveles ha penetrado la corrupción. Y busca, a este respecto, el perdón, o borrón y cuenta nueva, de los electores que significaría renovar el cargo, si bien ya sin mayoría absoluta.

En el PSOE hay todo un sector al acecho contra Sánchez -que ha ganado en estatura tras la anterior campaña mal planteada- que resurgirá si no logra encauzar una investidura tras el 26J. Y en Podemos, movimiento que se está constituyendo en partido, lo que siempre es problemático, Iglesias ha zanjado una discrepancia sobre estrategia y orientación, reforzándose, pero, según algunas encuestas, perdiendo votos. De ahí que busque un acuerdo con Izquierda Unida, lo que le sitúa claramente en la extrema izquierda (donde lo ubicaba la mayor parte de la ciudadanía) y le aleja de la idea de 'transversalidad'. Aunque pese a la obsesión de Iglesias con el sorpasso al PSOE, ni siquiera está claro que sumarán los votos de ambas formaciones. El único que claramente ha ganado terreno ha sido Rivera y Ciudadanos (mientras Rajoy siga siendo candidato).

Y está por ver qué pasa en Cataluña, donde hay un distanciamiento aparente entre Esquerra y la nueva Convergència. Aunque la evolución de la cuestión catalana dependerá mucho de lo que ocurra en Madrid tras el 26J.

Lo que ocurra dependerá, previsiblemente, del baile de tan solo una quincena de escaños en otras tantas provincias que van a resultar determinantes. Los dos partidos que logren superar entre ambos 165 escaños gobernarán. Y ahí puede influir los movimientos, o falta de ellos, para lograr una mayoría parlamentaria y de Gobierno en las pasadas semanas.

Hemos entrevisto, solo eso porque no se ha reformado el Reglamento, un Parlamento mucho más vivo, en los plenos, en las comisiones y en los pasillos, pese a la insólita negativa del Gobierno a someterse a sesiones de control. Hemos entrevisto una nueva política y en buena parte el fin de los rodillos del bipartidismo, aunque harán faltan profundas reformas en el sistema. Estamos en un nuevo juego político, aunque algunos no lo hayan asumido (pero no es sólo España, miren a Austria, Holanda, Francia, y hasta Alemania). Y esto debería llevar a otro tipo de campaña. Sánchez debería negarse a otro debate cara a cara y con un formato vetusto con Rajoy. Se imponen los debates a cuatro. Pero prepárense. Esta campaña va a estar llena de tensión y patadas en las espinillas.

Los ciudadanos, sobre los que recae de nuevo la responsabilidad, deben reflexionar sobre su propio voto a la luz de lo ocurrido desde el 20D, y evitar la tentación de la abstención, que puede resultar determinante, tanto en la izquierda como en la derecha. ¿Y si los resultados no cambian? Incluso con idénticos resultados -y previsiblemente no lo serán- la situación será muy distinta. Y si esta vez no se logra un pacto suficiente para, entre otras cosas, reformar el sistema político, entonces éste sí entrará en crisis.

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