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Cuidado con el déficit exterior

Aunque estos últimos años el superávit de servicios (el turismo especialmente) ha amortiguado los déficits en el resto de la Cuenta Corriente, lo cierto es que el desbalance exterior es un problema estructural que sigue lejos de encauzarse

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Uno de los mayores desequilibrios previos al estallido de la crisis se concentró en la balanza comercial. Hasta 2008, nuestro déficit frente al resto del mundo fue impresionante y su posterior ajuste no lo ha sido menos. Pero el déficit vuelve a reabrirse.

G1

El primer gráfico ilustra bien ambas tendencias. Muestra la evolución de las exportaciones, las importaciones y la diferencia entre ambas (el saldo comercial) en acumulados móviles de 12 meses para apreciar mejor la tendencia. Al tratarse solo de bienes (mercancías) que compramos del y vendemos al exterior, dejamos fuera otros tipos de intercambios con el resto del mundo: servicios (como el turismo), rentas (como la devolución de las deudas contraídas) y transferencias (como las remesas). Estas cuatro partidas (bienes, servicios, rentas y transferencias) configuran nuestros intercambios con el exterior y se registran como ingresos o pagos en la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos (estas partidas se han trastocado ligeramente en la nueva contabilidad). Pero centrémonos en las mercancías, que concentraron el mayor desequilibrio.

Hay varios aspectos que llaman la atención. Primero, en todos estos años las importaciones han sido mayores, o mucho mayores, que las exportaciones, lo que ha conllevado un déficit persistente. En concreto, entre 2005 y 2008 este superó los 90.000 millones al año y llegó a rozar los 105.000 en el verano de 2008, uno de los mayores del mundo. Para sufragar el déficit, tuvimos que endeudarnos masivamente con el exterior, ya que el saldo conjunto del resto de intercambios con el resto del mundo (servicios, rentas y transferencias) era también deficitario.

Segundo, la tendencia divergente entre importaciones y exportaciones debería haber encendido las alarmas. Se creyó erróneamente que formando parte la eurozona el déficit exterior podría seguir financiándose sin mayor problema. Al fin y al cabo, los españoles estábamos “reciclando” el ahorro de los países en una situación inversa a la nuestra, como Alemania. Si los alemanes nos lo prestaban era porque aquí encontraban mejores oportunidades de inversión. Además, el incremento de los flujos transfronterizos reflejaba que los países del euro aumentaban sus lazos. ¿No era la integración económica y financiera uno de los objetivos del euro? Ahora ya no cabe echar la vista atrás y conceder a los desbalances la importancia que merecían. Este error garrafal ha tenido, sin embargo, dos consecuencias positivas. Primera, las autoridades domésticas están mucho más concienciadas contra la dependencia persistente de la financiación exterior y saben que deben mantener la Cuenta Corriente “controlada”. Segundo, Europa se ha puesto a vigilar diversas fuentes de problemas con el Procedimiento de Desequilibrios Macroeconómicos, del que hablé el otro día.

Por último, gran parte del ajuste del déficit comercial a partir de 2009 se ha debido al colapso de las importaciones. La separación frente a la insostenible tendencia de los años previos a la crisis es colosal, pero está por ver que sea estructural –es decir, que no sea por la crisis que gastamos menos en importaciones-. Mientras, las exportaciones mostraron un gran dinamismo y convergieron con la tendencia previa ya a finales de 2011. La crisis habría sido mucho más severa sin esta recuperación de las exportaciones, tanto de bienes como de servicios. Otros países, como Grecia o Portugal, no dispusieron de este balón de oxígeno: sus exportaciones e importaciones se hundieron en paralelo.

Actualmente, el déficit comercial se ha reabierto por diversos factores, como la propia recuperación económica, que ha filtrado parte del incremento del gasto interno hacia mayores importaciones. En octubre de 2013 el déficit alcanzó unos 15.000 millones de euros en el acumulado a doce meses, el mejor registro en más de dos décadas. En noviembre de 2014 (último dato disponible) fue de 24.500, cifrando un deterioro del 59% o cerca de 10.000 millones en solo un año.

Balanza comercial por rubro y destino (acumulados a doce meses)

G2

¿Cómo ha sido el ajuste? El segundo gráfico muestra que se ha concentrado en el saldo no energético, que ha pasado de un déficit de 50.000 millones en 2008 a un superávit de 16.000 ahora (el energético sigue rondando los 40.000 millones, solo 5.000 menos que entonces). Por rubros, el déficit se concentra en los bienes intermedios (productos minerales, químicos, transporte o energía), ya que el saldo en los de consumo (alimentos, bebidas o automóviles) y los de capital (maquinaria y bienes de equipo) ha pasado a ser superavitario, si bien los tres grupos han mejorado desde 2008, sobre todo el de bienes intermedios. Por destino, la corrección del déficit se ha repartido entre la eurozona y el resto del mundo. El déficit frente a nuestros socios del euro ha mejorado en 32.000 millones, pasando de un déficit de 25.000 en 2008 a un superávit de 6.000 actualmente, ayudado por las ganancias de competitividad acumuladas estos años. Con el resto del mundo se mantiene un déficit abultado, de unos 30.000 millones, si bien alcanzó los 68.000 en 2008. Dentro de este grupo, España mantiene un superávit con el resto de la UE pero sendos déficits con América, Asia y el resto de áreas. Por tanto, nuestra asignatura pendiente para el ajuste exterior sigue en los déficits energético, de bienes intermedios y de fuera de la eurozona. El objetivo ha de ser exportar más e importar menos en estos capítulos y destinos, lo que es mucho más fácil de decir que de hacer.

Uno tiene la sensación de que el desbalance exterior es un problema estructural que sigue lejos de encauzarse. En estos años el superávit de servicios –y en especial del turismo- ha amortiguado los déficits en el resto de la Cuenta Corriente. Pero este aporte positivo tiene algo de coyuntural:  los récords de turistas provienen en parte de los problemas políticos de otros países mediterráneos (sobre todo en el norte de África), nuestros “competidores naturales”. Mientras, el precio de la energía se ha desplomado: el barril de petróleo promedió los 110 dólares entre 2011 y 2013; ahora menos de la mitad. Y, pese a todo, el saldo de Cuenta Corriente –y, particularmente, el de la balanza comercial- lleva un año empeorando, empujado por la recuperación del consumo y la inversión. Mal presagio: volvemos a tener déficits con una energía más barata y un turismo récord. ¿Hasta dónde podría llegar el deterioro externo si los turistas “nos abandonan” y la energía se vuelve a encarecer?

No es previsible que ello suceda a corto plazo. España seguirá teniendo sol, playa y una infraestructura turística consolidada y el petróleo barato ha venido para quedarse un tiempo laro. Con eso y con todo, sin embargo, debemos vigilar los déficits exteriores. El hecho de que no mejoren con el viento a favor indica que tenemos un problema estructural que tendrá que abordarse antes o después.

Necesitamos superávits amplios y sostenidos para reducir nuestro endeudamiento externo y para alejar el fantasma de sufrir una crisis clásica de balanza de pagos “a la latinoamericana”. Recordemos que, dentro del euro, no podemos ni abaratar el tipo de cambio ni crear inflación para reducir los desequilibrios exteriores por nuestra cuenta.

 

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