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¿Qué tiene que ver el Superagente 86 con el TTIP?

A pesar de que la transparencia sobre las conversaciones que se han ido manteniendo en estos dos años dicen que han mejorado mucho, ni siquiera los eurodiputados tienen acceso a todos los documentos sobre las conversaciones que se van generando entre Estados Unidos y la Comisión Europea

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Europarlamentarios en el debate final del seminario FOTO: MARIANA VILNITZKY

Europarlamentarios en el debate final del seminario FOTO: MARIANA VILNITZKY

Esta semana el Parlamento Europeo organizó un seminario de un día y medio en Bruselas para periodistas sobre el TTIP, siglas en inglés del tratado de libre comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea. Llegué pensando que aprendería mucho. Y, claramente, he aprendido mucho, pero muy poco. Y digo muy poco no porque los periodistas del Parlamento no hubieran hecho esfuerzos sino porque es imposible en un día y medio comprender cómo se mueven las entrañas de un gigante. El acuerdo es tan amplio y toca tantos temas que los toca prácticamente todos, desde el comercio de las multinacionales o las pymes hasta el maquillaje, desde la fruta o el pollo hasta la cultura.

Es prácticamente imposible, en un día y medio, tratar de comprender los detalles cuando se usan incluso términos técnicos concretos y siglas desconocidas para la mayor parte de los periodistas. Imposible para mí pero, curiosamente, imposible también para muchos eurodiputados, como algunos lo reconocen. Y eso que, al final de las negociaciones, es el Parlamento quien da el visto bueno (o no), además de los Estados (sin su aprobación, no hay TTIP).

A pesar de que la transparencia sobre las conversaciones que se han ido manteniendo en estos dos años dicen que han mejorado mucho, ni siquiera los eurodiputados tienen acceso a todos los documentos sobre las conversaciones que se van generando entre Estados Unidos y la Comisión Europea (aunque, en teoría, deberían).

Existe entre los pasillos del Parlamento lo que ellos llaman el “Reading room”, una misteriosa habitación donde, para entrar, los eurodiputados deben pasar por una serie de “filtros policiales”, como si fuera la casa de Maxwell Smart (la serie de risa y misterio del Superagente 86 que triunfó en los años 80. Para entrar a su bunker tenía que pasar por varios tipos de puertas…). Antes de ingresar en el “Reading room” los eurodiputados deben poner en una caja todas las pertenencias, incluidas, por supuesto, las carteras, los aparatos eléctricos, los móviles y hasta los bolígrafos que pudieran llevar encima. Entran a la sala acompañados en todo momento por un funcionario que les facilita un lápiz y una hoja especial (no puede ser cualquier hoja y les dan una sola, si quieren más deben solicitarla). Pueden ir, pero evidentemente no pueden más que tomar algunas anotaciones. Y cada semana los documentos se multiplican.

Tomando en cuenta que no se trata de simples periodistas, como nosotros, que debemos intentar comprender para informar, da bastantes escalofríos pensar en el difícil acceso a los documentos de las propias personas que deben posicionarse sobre las políticas, en nuestro nombre.

Esa no es la única forma en que los eurodiputados pueden perder parte de la información de lo que va sucediendo en la Comisión. “Llegó a mis manos un informe de Procter & Gamble sobre productos químicos”, explicaba la eurodiputada del Movimiento 5 Estrellas, de Beppe Grillo, Tiziana Beghin. “De forma no oficial, uno de los que ayudó en el informe me confesó que había una parte que se había eliminado para los eurodiputados. Yo misma no tengo acceso a esa parte del documento”.

A pesar de los intentos de hacer el TTIP más transparente (se lanzaron consultas públicas y en la página web –ec.europa.eu/trade/policy/in-focus/ttip- hay miles de informaciones), Estados Unidos puso un freno a la libertad de información. Se supone que se puede difundir -aunque ya vemos que con sus muchos peros-, los documentos de trabajo en el seno de la UE…  sí, y solo sí, Estados Unidos no los ha firmado aún. Es confidencial cualquier documento donde Washington haya puesto el sello. Los posibles acuerdos sectoriales que ya se hayan firmado entre las partes no son de libre circulación. No los puede conocer la población que se verá afectada.

 

Lo que está en juego

Aprendí algunas otras cosas, que las conversaciones oficiales se remontan a 2013, y el Parlamento Europeo debe emitir un informe final a la Comisión el próximo 28 de mayo, después de debatir e incluir las 900 enmiendas (nunca tantas) que los eurodiputados han ido haciendo al informe de Bernd Lange, el “relator” del grupo de Socialistas y Demócratas (S&D) designado por la comisión de Comercio Internacional.

Y otras cosas más. Que en el encuentro de los eurodiputados con los lobbies, de los 130 participantes 119 venían de grandes empresas multinacionales y la representación tanto de pymes como de sociedad civil era evidentemente escasa; que la Unión Europea firmó un tratado de libre comercio con Japón, con posibles efectos económicos en ambas poblaciones, y que casi no nos enteramos; que las conversaciones para aprobar el TTIP se estancan, más que por la protesta de grupos civiles, por las diferencias y peleas entre los mismos grupos de poder a ambos lados del Atlántico. Que el objetivo marcado es firmar el acuerdo antes de que termine la legislatura de Obama, pero que no se sabe, hoy por hoy, si se logrará llegar a un acuerdo y en qué términos.

Está en juego no solo el fin de la burocracia y papeleos varios para la importación y exportación de productos y servicios, sino otras cosas básicas como: el empleo y calidad del empleo, el derecho a la intimidad de las personas, el uso de químicos sintéticos y biológicos en aspectos como la cosmética, la hormonación y uso de otros químicos en los alimentos que comemos, la compra e intercambio de energía (sobre todo no sostenible, como el gas, que Europa espera poder traer de Estados Unidos en vez de Rusia), la profundización del uso del fracking, la liberalización de las industrias audiovisuales, los cambios en la producción de la industria textil, la agricultura en su conjunto, la denominación de origen de los vinos, el uso de etiquetados específicos, la reglamentación y juzgados internacionales (aparentemente con jueces privados y poco independientes) entre empresas y Estados, las reglas básicas de salud e higiene, la aceptación del uso de ciertas medicinas, las relaciones entre las dos potencias y los países pobres, reglamentaciones de todo tipo, incluidas las reglamentaciones de futuros descubrimientos (como, por ejemplo, en el campo de las nanotecnologías), etc, etc, etc.

Para comprender, y luego informar, sobre el TTIP no es ni de cerca suficiente con que siga el tema un periodista de una sección económica. Debería aprender de qué se trata un periodista por cada sección posible de un periódico o revista: política, sociedad, cultura, nacional, internacional, deportes, revistas de salud, moda, decoración, recetas, domingo,… y si me apuran, hasta la sección del corazón y los caricaturistas.

Más que aprender constaté otra cosa durante estos días. Europa, como muchos saben, es un lugar construido muy inicialmente por un acuerdo económico, pero ese acuerdo hoy es la base jurídica que rige el 80% de las leyes en los 28 países de la UE. La “alta” economía puede llegar a lo más bajo. Está en todas partes y llega de lleno a nuestra vida cotidiana. Le debería interesar a todo el mundo. Y debería ser entendible para todo el mundo. Cuando las secciones de Economía escriben esos tratados exclusivos para entendidos (con la o, especialmente hombres de negocios), me suena parecido a la maraña de información que rodea los recovecos del TTIP.

Por eso, para que poder comprender y explicar cómo nos afecta la Economía (con mayúsculas), me gusta trabajar en Alternativas Económicas.

[Este artículo pertenece a la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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