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Estrecho de Gibraltar, territorio sin ley

Los narcos no sólo se benefician de la proximidad entre las dos columnas de Hércules, sino que también se alimentan de la desesperanza, de la falta de horizontes, de una desoladora cifra de desempleo...

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Suspendidas por segundo día las líneas marítimas del Estrecho por el viento

EFE

Una  veintena de encapuchados asaltan el hospital de la La Línea de la Concepción, agreden a dos agentes y se llevan a un narco que estaba siendo sometido a cuidados médicos. Ocurre unos días después de que Sito Miñanco, el célebre narco en tercer grado desde hace un par de años, sea detenido en Algeciras, al frente de una nueva organización que vendría a probar la llamada, desde antiguo, galleguización del Estrecho de Gibraltar que, en este caso, se extendería a confidentes dentro de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

Todo ello ocurre junto a las chimeneas de una de las grandes áreas industriales de España y al bies de un formidable recinto portuario que ofrece miles de empleos pero que no ha logrado erradicar la moral de frontera que fija en la economía sumergida del contrabando la salud manifiesta de un mercado negro que, en el sur de la Península Ibérica, se remonta al menos a comienzos del siglo XIX, aunque se transformó dramáticamente cuando ese área dejó de ser el zoco costero para el trapicheo del tabaco rubio y se convirtió en el escenario favorito para el truco o trato de los traficantes de hachís y, sucesivamente, la cocaína, la heroína y lo que saliera.

Millones de euros en beneficios empresariales pero porcentajes de marginación similares a las que se registraba en esa misma comarca, antes de que el franquismo ensayara el desarrollismo de la zona. La macro y la microeconomía como extras de lujo para un remake de El Niño, la película de Daniel Monzón que retrataban las idas y venidas de las ribs, las lanchas fueraborda en un mar que ya había servido como escenario para La reina del sur de Arturo Pérez Reverte y para un paisaje humano o deshumanizado que también llegó a utilizar, como vehículos de transporte, las avionetas, los helicópteros o las motos acuáticas, como los matuteros de antaño utilizaban mulas o perros cargados de petacas tabaqueras.

Desde hace cuarenta años, el narcotráfico forma parte del paisaje habitual del Campo de Gibraltar, al igual que ocurre en otras zonas del país. Ese imaginario molesta sobremanera a la mayoría de la población local que entiende que nada tiene que ver con esa formidable factoría de dinero fácil que provoca grandes problemas, por ejemplo, a la comunidad docente que no logra encontrar argumentos para convencer a sus alumnos de que deben matarse a estudiar para ser mileuristas cuando no se exigen estudios para desembarcar, en una sola noche y por el doble de salario, un cargamento de cualquier especie.

La crisis económica ha disparado el contagio de esa filosofía de vida que provoca que familias aparentemente honorables se presten incluso a ser cómplices de dicha trama que también, desde mucho atrás, compró playas de desembarco desviando con dinero bajo cuerda la voluntad de sus vigilantes.

En los últimos tiempos, hemos asistido a la supremacía, en este siniestro negocio, de capos como Los Castañas o como  Abdellah El Haj, de 33 años, más conocido como El  Messi, del tráfico de drogas en Algeciras, donde protagonizó una sonada fuga a Marruecos a bordo de una lancha, tras que se le incautaran trece toneladas de hachís y todo un arsenal de armamento. Hasta entregarse meses después mediante un extraño acuerdo con la fiscalía, en una atmósfera casi cinematográfica en la que caben suites de hotel, entradas a 1.500 euros en su Chicha Pub para ver la actuación de un célebre rapero estadounidense.

Las bandas se entienden a menudo entre sí pero, también con cierta frecuencia, llegan a enfrentamientos por la tenencia de los alijos. De hecho, Francisco Mena, presidente de la valiente Federación contra la Droga del Campo de Gibraltar, que fundara José Chamizo antes de ser Defensor del Pueblo, sostiene que la tenencia de armas cada vez más frecuente obedece a la necesidad de defender la carga en los ocasionales vuelcos, esto es, la disputa de la mercancía entre grupos rivales. De hecho, hace poco, se detectó  incluso un vehículo al que estaban pintando con los colores de los patrulleros para quedarse con la droga ajena aparentando ser picoletos. 

A lo largo de la historia no faltaron asesinatos, de tarde en tarde, por ajustes de cuentas o un quítame allá un negocio. Secuestros también hubo. Y una larga serie de jóvenes convertidos en zombies por aquel achacoso caballo llamado muerte, que cantara y denunciara Miguel Ríos. En ciudades como Ceuta, Algeciras, Barbate o Sanlúcar de Barrameda, se han conocido casos de organizaciones con conductas escalofriantes. Sin embargo, de un tiempo a esta parte pareciera que se incrementan esas secuencias de serie negra que vive esa zona. Los expertos esgrimen varias causas.

Por ejemplo, la multiplicación de gayumberos azuzados por la falta de ingresos convencionales y como una huida clara de la bancarrota provocada por la crisis económica. Pero esa misma crisis ha llevado a que la Ley de Estabilidad Presupuestaria reduzca las plantillas policiales, de la Guardia Civil o del Servicio de Vigilancia Aduanera. El Ministerio del Interior envió refuerzos cuando, en junio del pasado año, el policía local Víctor Sánchez falleció en un accidente provocado por los narcos en La Línea de la Concepción. Sin embargo, el séptimo de caballería tardó tan sólo tres meses en ahuecar el ala y volver a sus acuartelamientos habituales, mientras en esa misma ciudad se localizaba, en manos de los malandrines, un radar con tecnología superior a la del Sistema Integrado de Vigilancia Exterior que vigila los alrededores de esa costa.

Palizas a agentes de paisano, embestidas contra coches policiales, tiroteos en El Saladillo algecireño o en el transcurso de una persecución en la que un guardia civil resultó herido en una pierna. La represión ha sido como el chocolate del oro: si las lanchas se escurrían, hasta hace meses, por el río Guadarranque, el blindaje del mismo para impedir el paso de dichas embarcaciones, ha hecho aflorar los desembarcos a zonas más visibles de esta geografía, como las costas del levante linense. 

¿Ha servido de algo la represión a lo largo de las últimas cuatro décadas? De pascuas a ramos ha caído algún pez gordo aunque quienes suelen comerse las condenas a pulso son los robagallinas. Desde entonces, las coordinadoras contra la droga, con la ayuda de numerosas instituciones, han desarrollado programas de prevención y de inserción para jóvenes sin esperanza, cuya única patera era esperar a que algún traficante de sueños les fichara para su banda.

Entre las dos aguas de Paco de Lucía y junto a La Línea de Camarón, el Estrecho de Gibraltar ha dado, a lo largo de su historia, un sinfín de nombres propios en el imaginario artístico y creativo de nuestro país. Los inocentes son mayoría pero los culpables ganan en número de escaños en los mentideros de la opinión pública. A menudo, las autoridades prefieren restar importancia a lo que ocurre, para no incrementar la mala imagen o la leyenda negra de la zona.

Sin embargo, como diría Joan Manuel Serrat, nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. ¿O sí? Los narcos no sólo se benefician de la proximidad entre las dos columnas de Hércules, sino que -como asegura el sindicalista Miguel Alberto Díaz, cuyo hermano mayor también murió por el jaco- también se alimentan de la desesperanza, de la falta de horizontes, de una desoladora cifra de desempleo, de la precariedad en sus numerosos rostros o de la falta de infraestructuras o de proyectos de futuro que garantice, más temprano que tarde, que allí, algún día, haya dinero incluso legal.

Llevamos, eso es lo cierto, dos siglos cometiendo el mismo error y nadie parece que quiera cambiar el paso. Cientos de miles de vecinos que no son cómplices de ningún crimen tienen derecho a lograr que el Estrecho del Gibraltar deje de ser un territorio sin ley.

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