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ARAGÓN

Chalamera, la cuna de Ramón J. Sender, comienza a entonar su propio réquiem por la despoblación

Cuando nació allí el escritor de Réquiem por un campesino español, esta localidad enclavada entre los ríos Cinca y Alcanadre contaba con más de 400 vecinos; hoy son apenas un centenar, y cada vez quedan menos casas abiertas.

“Ves que tu pueblo se va acabando y no sabes qué hacer”, dice la alcaldesa

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Dos vecinos de Chalamera aprovechan la sombra antes de la hora de comer. Al fondo, la escuela.

Dos vecinos de Chalamera aprovechan la sombra antes de la hora de comer. Al fondo, la escuela. Chalamera

En 1901, cuando allí nació Ramón J. Sender, Chalamera de Cinca contaba con algo más de 400 habitantes. En el último censo, apenas superaba la centena. Una de las obras más recientes acometidas en este pueblo, situado al sur de la provincia de Huesca, es la reforma del cementerio. Todo un signo de los tiempos. Como tantas otras pequeñas localidades amenazadas por la despoblación, la cuna del escritor que aspiró al Nobel de Literatura resiste con entereza, pero ya otea en el horizonte la hora del réquiem.

“Se podía saber si el que iban a bautizar era niño o niña. Si era niño, las campanas – en un tono más alto que la otra- decían: no és nena, que és nen; no és nena, que és nen. Si era niña cambiaban un poco , y decían: no és nen, que és nena; no és nen, que és nena”. Así describía Sender en Réquiem por un campesino español cómo sonaba el bautizo de Paco el del Molino. En Chalamera hace tiempo que las campanitas dejaron de tañer alegremente.

“Creo que mis hijos son los últimos que han nacido aquí. El crío entra el año que viene en el colegio de Ballobar, y la cría lo hará en un par de años”, explica Manuel Lapuente. Para entonces, cuenta, la escuela del pueblo -que, cómo no, lleva el nombre de su vecino más ilustre-, ya habrá echado definitivamente el candado. “Detrás de los míos no vienen más”, dice resignado Manuel. A su lado, su amigo Óscar Forcada precisa que el cierre “no va a ser un trauma, porque es algo que ya nos vemos venir desde hace tiempo”.

Martín Bayona, Manuel Lapuente y Óscar Forcada, en el local social de Chalamera.

Martín Bayona, Manuel Lapuente y Óscar Forcada, en el local social de Chalamera. Chalamera

Lapuente, que trabaja en una fábrica en Fraga como administrativo, y Forcada, corredor para una importante compañía porcina, comparten conversación con Martín Bayona, agricultor. Todos rondan los 50 años y, a pesar de ello, son la cuadrilla más activa del pueblo. Charlan sentados en una de las mesas del local social. Situado en los bajos del Ayuntamiento, este espacio surgió en los años 90, en un momento crítico: “Los dueños del único bar que quedaba nos avisaron de que iban a cerrar. El alcalde de entonces y yo, que era concejal, nos fuimos un día a Zaragoza y nos trajimos todos los materiales para montar esto”, relata Bayona.

Un declive lento pero inexorable

Chalamera no tuvo que esperar al siglo XX para saber qué es sufrir una crisis demográfica. Ya durante las guerras carlistas el pueblo quedó prácticamente arrasado. En sus montes, de vez en cuando, aún asoma algún resto de la batalla: “... un día, yendo con mi padre por el saso encontramos a flor de tierra, asomando entre dos arbustos raquíticos, un cráneo humano. Mi padre lo acabó de cubrir de tierra, nos quitamos el sombrero y rezamos un padrenuestro”, cuenta el narrador de El lugar de un hombre, cuya acción se sitúa en la vecina Alcolea de Cinca, en la que vivió sus primeros años Sender.

Entrada del cementerio de Chalamera.

Entrada del cementerio de Chalamera. Chalamera

Luego llegarían la Guerra Civil y el gran éxodo rural: las mujeres, a servir a casas ricas de Zaragoza o Barcelona; los hombres, en busca del sustento que la industrialización agrícola se llevó por delante. Chalamera, encajonada entre dos ríos, no dispone de grandes fincas en las que explotar frutales, como ocurre en los pueblos al otro lado del Cinca. Solo resistieron el embate aquellas casas que tenían ganado. Ya en el nuevo siglo, apenas quedan asideros. “Mis padres y mis tíos, tres familias en total, con 30 vacas lecheras, dieron carrera a todos sus hijos. Ahora no tendrías ni para empezar”, constata Lapuente.

La central nuclear que no fue

En los años 70, cuando los tres amigos eran niños, el pueblo aún tenía más del doble de vecinos que en la actualidad. En aquella década Chalamera salió en los papeles, y mucho. La movilización social, en plenos años calientes de la Transición, logró frenar la instalación en el municipio de una central nuclear.

Zapatillas al sol en plena calle, símbolo de la tranquilidad con la que vive Chalamera.

Zapatillas al sol en plena calle, símbolo de la tranquilidad con la que vive Chalamera. Chalamera

¿Y si la historia hubiera transcurrido por otros derroteros? “La cosa fue como fue”, se resignan. “Los pueblos con central han vivido muy bien; solo hay que ver Ascó, donde los viñedos crecen al pie de la chimenea y no pasa nada. Sí, se puede considerar una oportunidad perdida, pero también podría haber sido un desastre y haber saltado por los aires...”, valora Lapuente.

"No sabes qué hacer"

Los vecinos de Chalamera parecen compartir el ánimo taciturno del busto de Ramón J. Sender que preside la plaza. Una visión adusta de la vida, sin alegría ni dramatismo, obediente a la realidad. Ni en una hipotética industria salvadora ni en la llegada de nuevas familias intuyen remedio para el inexorable declive. “Ves que se va muriendo la gente, que se van cerrando las casas... Y no puedes hacer nada”, dice Bayona.

Busto de Ramón J. Sender.

Busto de Ramón J. Sender. Chalamera

“Es duro ver que tu pueblo se va acabando, que solo quedan personas mayores, y no sabes qué hacer”, ratifica en conversación telefónica Palmira Zapater, alcaldesa de Chalamera: “Intento ir a todas las reuniones de la comarca y a cualquier sitio en el que se pueda conseguir algo para el pueblo, pero tenemos ya tan poco peso para según qué cosas...”.

“Si alguien en Zaragoza te pregunta por el tema de eliminar diputaciones y comarcas, le das una colleja de nuestra parte”, contesta jocoso Lapuente al periodista que le inquiriere sobre el tema. “Para nosotros suponen una tabla de salvación, aunque se pueden mejorar, podrían dar más servicios”, afirman unánimes los tres amigos. Todos, cosas de localidades pequeñas, han desempeñado responsabilidades políticas en el consistorio, así que conocen bien el percal. 

"Me quiero quedar en Chalamera"

La conversación se va extinguiendo. Los protagonistas de la tertulia invitan a conocer el mesón del pueblo, en el que el dueño enseña, por si alguien está interesado, el cartel de "Se vende". Aquí está Santiago Villas, de 24 años. Él es algo más optimista que sus mayores. Cuando se le pregunta si se plantea irse a otro lugar, aún respondiendo rotundo, introduce un matiz: “Me quiero quedar en el pueblo”.

Santiago Villas, uno de los escasos jóvenes del pueblo.

Santiago Villas, uno de los escasos jóvenes del pueblo. Chalamera

A falta de campanas, en las calles de Chalamera resuena el crotorar de las cigüeñas de la torre de la iglesia, las únicas vecinas del pueblo que parecen vivir alegrías demográficas. Ni sobre la ermita de Santa María de Chalamera, que se perfila en las ripas del Cinca, ni sobre el cercano yacimiento de La Codera, ambos testimonios de que estas tierras llevan habitadas desde hace siglos, se ven las bandadas de buitres que describió con precisión Sender en El lugar de un hombre.

“Nadie lloraba ni nadie reía en el pueblo. Mosén Millán pensaba que sin llanto y sin risa la vida podía ser horrible como una pesadilla”, escribió el chalamerino en Réquiem... De momento, solo de momento, en las piscinas de su pueblo natal todavía se oyen las risas despreocupadas de los niños que viven y pasan el verano en la localidad.

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