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Miedo y asco en San Fermín

Cuatro violaciones en cinco días. Al recuento de heridos en los encierros de San Fermín, habría que añadir el de las mujeres víctimas de violencia de género

No es noticia porque se admite casi como inevitable que los hombres pierdan el control en el ambiente desenfrenado y permisivo de las fiestas y violen brutalmente a las mujeres

Aceptamos las violaciones masculinas como una fatalidad, como si todos los hombres fuéramos violadores en potencia que no podemos contenernos

También se culpabiliza a las víctimas de incitar al delito con sus desnudeces y desinhibición, como si enseñar una teta, diera permiso para sobarla

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Cuatro violaciones en cinco días. Al recuento de heridos en los encierros de San Fermín, habría que añadir el de las mujeres víctimas de violencia de género. Cuatro han denunciado violación este año, veintiocho han notificado agresiones machistas, cinco hombres han sido enviados a prisión provisional y otros siete están detenidos. Habría que sumar ataques menos evidentes como los tocamientos o el acoso verbal y físico, que raramente se reportan. Las cifras son tan brutales como si hubiera habido un encierro de mujeres perseguidas por hombres salvajes.

Cinco de ellos literalmente encerraron a una chica de 19 años en un portal donde la violaron mientras lo grababan con la cámara del móvil, según ha verificado un juez. Los presuntos violadores no sintieron culpa ninguna. Ni siquiera se plantearon huir. La policía encontró a uno en un coche en el que dormía sin remordimiento que alterase su sueño, y al resto, en la plaza de toros, adonde se fueron a disfrutar del maltrato animal, después de disfrutar del maltrato a la mujer. Aunque no van necesariamente unidas, son violencias que tienen en común el placer a través de la vejación y el dolor de seres a los que considera por debajo y a su entera disposición.

Cada año sucede lo mismo en Sanfermines. Si ahora se conocen más casos es porque se denuncian y hay mayor conciencia social. De hecho, la violación múltiple de la mujer de 19 años provocó una multitudinaria manifestación de repulsa en el centro de Pamplona. Pero sucesos tan graves deberían generar una reacción y una reflexión mucho mayores, empezando por la suspensión de los encierros que sería la única forma de obligar a la sociedad a movilizarse para acabar con esta lacra intolerable. Si se suspendiera la fiesta hasta acabar con el problema, ya verías cómo se reducía drásticamente. Pero la fiesta continúa casi como si nada porque son mujeres.

No creo que exagere. Basta imaginar cuál habría sido el impacto social, mediático y político si los violadores hubieran sido inmigrantes o refugiados musulmanes. Sin duda se habría ordenado un despliegue policial inédito y muy probablemente, la interrupción de los festejos, para enfrentar la oleada de machismo islamista que sería noticia de alcance mundial, prueba de que hasta el odio al extraño es más importante en la sociedad machista que el amor a las mujeres.

Por supuesto, si las 5 violaciones y las 28 agresiones denunciadas las hubieran sufrido hombres, el debate ocuparía todas las tertulias de actualidad, eclipsaría por completo los encierros que se habrían cancelado en señal de repulsa y abriría los telediarios que ahora se abren con el número de corneados. Pero son mujeres. Les sucede todo el rato. Cada siete horas se denuncia una violación en España, según el Ministerio del Interior. Eso no abre telediarios.

No es noticia porque se admite casi como inevitable que los hombres pierdan el control en el ambiente desenfrenado y permisivo de las fiestas y violen brutalmente a las mujeres. Aceptamos las violaciones masculinas como una fatalidad, como si todos los hombres fuéramos violadores en potencia que no podemos contenernos. También se culpabiliza a las víctimas de incitar al delito con sus desnudeces y desinhibición, como si enseñar una teta, diera permiso para sobarla.

Se reduce la responsabilidad al hombre para echársela incluso a la mujer. Pero ni ellas son la causa de las violaciones ni nosotros somos incapaces de controlarnos. Hasta que no admitamos que el problema está en el hombre y que tenemos que pararnos los pies, seguirá habiendo violadores. No a los toros, es a estos a los que hay que encerrar.

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