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Violencia de género y presencia de armas: combinación letal.

Se calcula que actualmente hay casi 900 millones de armas de fuego circulando por el mundo. Casi el 75% de ellas están en manos de ciudadanos particulares, en su mayoría hombres. La gran mayoría de quienes fabrican, venden, poseen y usan, debida o indebidamente, armas ligueras son hombres. ¿Qué significa eso para las mujeres y niñas del mundo?

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Disparos en la puerta de la vivienda de la mujer. (EFE/Ángel Medina G.)

Disparos en la puerta de la vivienda de la mujer. (EFE/Ángel Medina G.)

La proliferación de armas supone un riesgo para los estados, comunidades, y para todas las personas del mundo. Lejos de garantizar la seguridad nacional o personal, la presencia cada vez mayor de armas aumenta la probabilidad de sufrir la guerra y la violencia. Y aunque esto sea así para todos, el impacto que tiene la presencia de armas es muy diferente en función de si somos mujeres u hombres.
Es cierto que las víctimas más directas de la violencia causada por las armas de fuego son hombres (especialmente jóvenes). Ellos constituyen la mayoría de combatientes, soldados, militares y particulares armados del mundo. Sin embargo, las mujeres, se ven desproporcionadamente afectadas por las armas, no por estar en la línea de fuego, ni por ser sus principales compradoras, propietarias o usuarias, sino por ser mujeres.
Mientras los hombres son más a menudo asesinados por extraños armados, las mujeres tienen más riesgo de sufrir violencia con armas por parte de parejas u otros hombres conocidos. Esto es así hasta tal punto, que “uno de los factores de riesgo más importantes para las mujeres – en relación a su vulnerabilidad a las agresiones– es estar casadas o cohabitar con su pareja”. (OMS 2002)
La violencia contra las mujeres, sea con botas, puños o armas, tiene su raíz en la discriminación dominante que niega a las mujeres la igualdad respeto los hombres. Sin embargo, la presencia de un arma en un hogar, hace que las mujeres estén expuestas a un riesgo especialmente elevado, aumentando drásticamente la probabilidad de que la violencia domestica acabe resultando en muerte. Esto no sucede solamente en sociedades militarizadas o durante un conflicto, aunque en estos contextos los abusos que padecen las mujeres son aún más extremos. En países donde se permite la posesión de armas, como Estados Unidos, el acceso a un arma de fuego en el hogar aumenta cinco veces la probabilidad de que una mujer pueda ser asesinada por su esposo o compañero. El hecho de tener una arma de fuego en el hogar aumenta en un 41% el riesgo de que algún miembro de la familia sea asesinada. Para las mujeres en concreto, esta probabilidad casi se triplica (aumenta un 272%).
No olvidemos la gran violencia simbólica que, junto con los grandes negocios armamentísticos, sigue sosteniendo la cultura de las armas e imposibilitando intervenciones reales de control de las armas. Las actitudes y estereotipos que equiparan masculinidad, poder y protección con posesión, exhibición y uso de armas, son tan solo la misma cara de la moneda. Las armas no protegen a los países, ni a las familias, ni mucho menos a las mujeres “indefensas y vulnerables”. Sea cual sea el contexto, la presencia de armas de fuego tiene siempre el mismo efecto: cuanto mayor sea el número de armas, mayor es el peligro para todos, pero especialmente para las mujeres, la violencia contra las cuales persiste en todos los países, contextos y sectores sociales.

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