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La lucha por la democracia que acabó con Franco pero no la hizo posible

En este 40 aniversario de la muerte del dictador es tiempo de que la historiografía, la academia y la sociedad se abran a aquellas voces que contribuyeron decididamente a hacer posible que el franquismo no se perpetuara en el poder

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¿Por qué el franquismo no pudo continuar tras la muerte de Franco? ¿Franco murió en la cama y el franquismo en la calle? Algo que ha cambiado en este 40 aniversario de la muerte del general Franco tiene que ver con cómo la academia, o una parte de ella, está analizando la muerte del dictador y la continuidad del franquismo. En los últimos años los análisis de este periodo han empezado a incorporar decididamente la relevancia de los movimientos sociales de contestación al régimen, no como actores de reparto sin frase.

Por ejemplo, Pere Ysàs en Disidencia y subversión (2004), ha documentado el impacto de esta labor de oposición y su contribución a la crisis del régimen franquista. Ha estudiado las interioridades del régimen accediendo a una amplia documentación institucional que le permite concluir:

El fracaso de la dictadura franquista ante el crecimiento y la extensión del disentimiento, a pesar de los continuados esfuerzos realizados y los variados recursos utilizados, y pese a sus propios errores e insuficiencias, muestra, contrariamente a lo sostenido muchas veces, la solidez del disenso, alimentado por los cambios sociales y culturales que experimentaba la sociedad española que, por otra parte, era cada vez más permeable a las influencias de todo tipo del entorno europeo. Ciertamente, en 1975, «Franco murió en la cama», pero la salud política de la dictadura estaba tan deteriorada como la salud física del dictador.

Nicolás Sartorius y Alberto Sabio siguiendo la línea defendida por Ysàs han presentado en El final de la dictadura (2007) una explicación del final de la dictadura por la protesta en la calle. El general Franco muere el 20 de noviembre de 1975. La legalización de los partidos, los sindicatos, el reconocimiento de las libertades políticas, la amnistía y las elecciones libres no llegarán hasta finales de junio de 1977.

Para Sartorius y Sabio estos meses son el final de la dictadura. La Transición comenzaría con la destitución de Arias Navarro y el nombramiento de Adolfo Suárez. Este momento se presenta como fundamental por la necesidad de implementar la democracia ante la inestabilidad existente. Los ocho meses que separan este nombramiento (julio de 1976) de la defunción del Jefe del Estado anterior son vistos como el tiempo de batalla que ha conseguido acabar con la Dictadura e iniciar la Transición.

La democracia no era inevitable, ni por el Seiscientos, ni por el turismo, ni por la situación económica... Las condiciones estructurales tuvieron su peso, pero no resultaron determinantes como creadoras de libertad. La dictadura buscaba la consolidación del régimen con el desarrollismo y las prácticas de liberalización económica.

Sartorius y Sabio tampoco son partidarios de posiciones interpretativas de este periodo que descansen sobre el supuesto protagonismo de los nombres propios. Las consideran demasiado personalistas y deformadoras de la importancia de los sectores reformistas franquistas. El régimen fue represor mientras pudo y esto no paró con la muerte del dictador. Insisten en que los orígenes de la Transición fueron más duros de lo que se acostumbra a recordar y a escribir. Eso sí, destacan “el proceso de negociación de las élites políticas como clave de bóveda”. Ellos son partidarios de enfatizar la iniciativa del cambio “por abajo”.

El protagonismo de esta historia ha de recaer en las principales fuerzas opositoras al franquismo. Señalan la importancia de las movilizaciones obreras de 1976. En un periodo de renovación de dos terceras partes de los convenios colectivos, las reivindicaciones laborales y la contestación política se hicieron oír. Al movimiento obrero le atribuyen la capacidad de romper la política económica y laboral del gobierno de Arias y de hacer evidente, a partir de la represión sufrida, la falta de libertades existentes.

Los universitarios también tienen su papel en este final de la dictadura. De este movimiento destacan la capacidad para mostrar la distancia que separaba la sociedad española del gobierno y para conseguir un cambio en la mentalidad juvenil. También se fijan, otorgándoles menor relevancia, en los colectivos vecinales que hicieron presente la democracia en la calle, el movimiento de mujeres, la protesta agraria y en las desafecciones que surgieron de los pilares del propio régimen, como la Iglesia.

Xavier Domènech es otro de los historiadores que ha contribuido decididamente a este cambio en la historiografía académica. Domènech establece tres grandes etapas para el estudio de la relación entre los movimientos sociales, específicamente el obrero, y el cambio social. La primera se inicia durante los años sesenta mediante una renovada acción colectiva. La segunda se inicia con la muerte del general Franco y se cierra con el referéndum para la Reforma política. La aportación de los movimientos en este momento sería central para el cambio. La tercera, una vez definido el modelo de transición.

Para Domènech, “la teoría de la transición” ha privilegiado el tercer momento por su conveniencia para la propia explicación, al ser la etapa del consenso. Se habrían eliminado las etapas más activas del movimiento obrero en relación con el cambio político.

El trabajo realizado por estos historiadores es de una gran relevancia porque incorpora estos actores a la historia del proceso, pero lo hace sin cuestionar otras de los problemas de los modelos explicativos que han imperado hasta ahora. Se ha conseguido incorporar los movimientos sociales a esta explicación, pero no se ha conseguido cambiar el objeto a explicar. La transición que se produjo es el resultado de un partido que podía haber terminado de otra manera. Habrá a quien solo le interesa el resultado, quién ganó, por cuántos goles. Eso explica cosas. Pero durante el partido pasan muchas más cosas que merecen nuestra atención si queremos conocer bien algo más que el resultado.

El hecho de haber historiado el franquismo y la transición queriendo explicar el proceso político vivido principalmente a nivel institucional ha llevado a considerar demasiados factores intervinientes en el proceso únicamente de manera instrumental. Es el caso, por ejemplo, del movimiento universitario, del obrero, del vecinal, o de los sectores transformadores en la Iglesia. Cuando las historias del franquismo y la transición española hablan de ellos lo hacen valorando en qué medida su labor tuvo incidencia en el paso de un régimen a otro. Esa es la preocupación. La consideración recibida dependerá del peso que se les otorgue en el proceso del fin del franquismo y el camino hacia la democracia.

Esta consideración no es una cuestión banal, no ha sido fácil introducirlos en el relato historiográfico dominante. Pero con esto no es suficiente. No se trata sólo de plantear discursos interpretativos alternativos a los existentes, aunque hay motivo para continuar argumentando en esa dirección. Debemos reclamar aquello que consideramos relevante para el estudio del desarrollo de la propia sociedad.

Historia propia frente a historia subordinada. Historia propia frente a historia subordinada quiere decir, de entrada, que no se estudia en función de un objetivo mayor que entender. Se historia para entender la materia por ella misma. La importancia de su obra va mucho más allá de si Franco murió en la cama o no. Incluso va más allá del paso del franquismo a la democracia alcanzada. En su interior y en su activismo se generó una obra que merece ser analizada como la propuesta de una nueva construcción social.

No sólo la Transición, también el franquismo, son periodos de nuestra historia que han sido historiados con el enfoque de la lucha por la democracia. El objetivo era conseguir la democracia y la Transición se concibe mayoritariamente como el proceso del paso de la dictadura a la democracia. Este enfoque condiciona enormemente el relato histórico y excluye y/o distorsiona la labor realizada por todos aquellos que no tenían como finalidad la democracia tal como ha resultado.

De algún modo la consecución de la democracia ha sido como un final de la historia. Solo es necesario leer los documentos y analizar las propuestas formuladas por la mayoría de la oposición al régimen franquista para ser conscientes de que la democracia en muchos casos era vista como el instrumento que permitiría la transformación de la sociedad. Lo importante era lo que esa nueva organización permitiría en lo económico, en lo social, en lo cultural. Un ejemplo, las publicaciones del movimiento universitario barcelonés previas a la constitución del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB) recogían las críticas realizadas a la Universidad y al Sindicato Español Universitario (SEU) y formulaban alternativas. Con motivo de la consecución del sindicato propio se elabora un documento en el que se plasma su propuesta por una Universidad democrática. La democracia, la representatividad de estudiantes y profesores, es lo que permitiría poder plantear una alternativa al modelo tecnocrático seguido por el régimen. Dicha alternativa se centra en el progreso social. El movimiento queda desfigurado si pierde sus objetivos.

Estudiar las propuestas de otros protagonistas nos permite conocerlos mejor a ellos, autónomamente, y conocer mejor aquello que ocurrió porque incorporamos su intervención. ¿Cuantas transiciones se podían dar? ¿Hacia dónde querían transicionar? La historia de la Transición es la historia de un proceso concreto, pero no abarca lo que estaba ocurriendo en España en ese periodo. Josep Fontana, pensando con Walter Benjamin, E. P. Thompson, Christopher Hill o Ranahit Guha, dice sobre la manera de historiar:

Al proponer las formas de desarrollo económico y social actuales como el punto culminante del progreso —como el único punto de llegada posible, pese a sus deficiencias y a su irracionalidad— hemos escogido de entre todas las posibilidades abiertas a los hombres del pasado tan sólo aquellas que conducían a este presente y hemos menospreciado las alternativas que algunos propusieron, o intentaron, sin detenernos a explorar las posibilidades de futuro que contenían. ( La historia de los hombres, 2005)

En este 40 aniversario de la muerte del dictador es tiempo de que la historiografía, la academia y la sociedad se abran a aquellas voces, propuestas, iniciativas, que contribuyeron decididamente a hacer posible que el franquismo no se perpetuara en el poder tal como al régimen le hubiera gustado, pero que no pudieron ver como tomaban forma sus anhelos de una sociedad democrática. Lo que muchos de estos actores entendieron por democracia está tal vez más cerca de lo que piensa una parte importante de la sociedad que en ningún otro momento de estas últimas décadas.

El descontento con la democracia realmente existente ha llegado a costas nunca vistas como queda recogido en los diferentes estudios que se realizan. Democracia, el gobierno del pueblo, tal como nos recordó siempre Francisco Fernández Buey, ”no ha habido todavía nunca bajo las estrellas al menos en el planeta llamado Tierra”. 40 años después en eso hay quien quiere estar, agradeciendo y reconociendo todo lo que antes muchas personas hicieron e intentando asumir lo que nos tocaría hacer a nosotros.

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