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Ciudad Desesperante

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En rojo... Cruce de peatones San Vicente-Maria Cristina-Ayuntamiento.  Foto: David Estal.

En rojo... Cruce de peatones San Vicente-Maria Cristina-Ayuntamiento. Foto: David Estal.

Dícese de la ciudad que produce impaciencia, exasperación o irritación, por ejemplo: Valencia. Esto es lo que pienso cada vez que, andando, me toca esperar hasta aburrirme en uno de los tantísimos semáforos para peatones que rompen nuestro recorridos cotidianos. Y no debo ser el único, cuando veo constantemente viandantes de todas las edades cruzando antes de que el peatoncillo (ahora de LED) se disponga a correr en verde. Incluso los turistas centro-europeos acostumbrados a sus estrictas ciudades civilizadas, optan por saltarse esta eternidad. Y, para mayor estrés, un contador al fondo nos recuerda los escasos segundos que faltan para cruzar, pues no se te ocurra saludar a alguien entre rayas blancas. De hecho, algunos cruces nos exigen estar en óptima forma porque aunque hay mucho tiempo de espera, apenas lo hay para pasar. Veo ráfagas de peatones. Casi 500 fueron atropellados en el 2013, aquí.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano recogía en su libro “Patas Arriba” este mismo pensamiento: En alguna gran avenida de alguna gran ciudad latinoamericana, alguien espera cruzar. Plantado al borde de la acera, ante la ráfaga incesante de automóviles, el peatón espera diez minutos, 20 minutos, una hora. Entonces vuelve la cabeza y ve que hay un hombre recostado en la pared, fumando. Y le pregunta  –Oiga, ¿cómo hago para pasar del otro lado? No sé yo nací en este.

Estos son algunos lugares donde pienso en Galeano, a la vez que noto la ausencia de árboles de sombra para amabilizar la espera: el semáforo del puente de Sant Josep con Na Jordana; el de las Torres de Serranos; el de la calle Barcas en la Plaza del Ayuntamiento; todos los interrumpidos pasos de las Grandes Vías; los universitarios de la avenida de los Naranjos (al estilo zig-zag Atocha); el despropósito de cruce entre isletas de Viveros-Puente del Real-Alameda o similar en la ‘plaza’ de Zaragoza; o también, el transitadísimo semáforo de la plaza del Mercado, que literalmente, corta las calles comerciales de Trench con Músico Peydró. Todos estos semáforos lamentablemente, alejan la calle para el viandante, convirtiendo las aceras en constreñidos arcenes. El cruce es el elemento más débil en el diseño de la ciudad, esa red de esquinas, donde cuando son cuatro hay que cuidarlas como las alfombras de casa.

Así es, en beneficio de nuestro tiempo, si la cantidad y calidad de nuestros espacios públicos es importante, aún lo es más que éstos estén conectados entre sí. Así lo han pensado en otras ciudades plasmando propuestas de continuidad peatonal: Rete Ecologica (Roma); Grünes Netz (Hamburgo); World Class Streets (N.York); Eixos Cívics (Palma de Mallorca); Anillo Verde (Vitoria); o Fibercity (Tokyo). En Valencia se ha intentado, recordemo propuestas añejas como el Pla Verd (Ayuntamiento, 1992) o La Via Verda (PSPV, 2007-2010). Y más recientemente, determinados capítulos del Pla d’Acció Territorial de Protecció de l’Horta o del Plan de Movilidad Urbana Sostenible. Pero de momento no hemos superado la simple ampliación de aceras en algunos barrios comerciales o peatonalizaciones dispersas. Resulta contradictorio que pudiéndose ‘recorrer’ cómodamente la ciudad, de este a oeste, encauzados en el Jardín del Turia a modo de decumanus, sorprende que aún no existan otros ejes de prioridad peatonal que la vertebren, siendo además tan accesible para el viandante. Sin embargo, la necesidad existe, como existió entonces; seguimos caminando, incluso más.

Reivindiquemos el derecho a andar dignamente, libremente por la ciudad, incluso por el territorio. Así lo describen Manuel Saravia y Pablo Gigosos en el capítulo “Autopistas para caminantes” del recomendable libro “Urbanismo para naúfragos”. Como dice un conocido mío, es el momento de la ‘descochificación’. Valencia se enorgullece de no tener colas de coches, pero cada vez abundan más las colas de peatones, también ciudadanos. No perdamos más tiempo en un semáforo para viandantes. No hace falta inventar skycycles (Londres) ni ‘velopolitanos’ (Moscú), contratando a arquitectos como Foster o Petrov, respectivamente, para construir fantasiosas infraestructuras, en esos casos, para otro transporte expulsado, la bicicleta; sino un cambio de actitud e inconformismo ante la regulación que nos limita el desplazamiento a pie.

Un ejemplo reciente: en el pasado festival urbano Ciutat Vella Oberta, celebrado en noviembre, el activo Col·lectiu de Mares i Pares de Ciutat Vella realizó una acción valiente y didáctica de nombre “Happening CMP Vial” para visibilizar de manera atractiva los pasos por donde los niños y niñas del centro histórico pasan para ir al colegio, a jugar, etc. Así pues, bajo el lema ‘per ací passem’ intervinieron lúdicamente marcando el camino para dejar constancia de esta necesidad. Y es que los niños no son el peligro, sino valiosos habitantes que nos dan pistas clarividentes del ritmo que la ciudad madura cuando lo respeta.

En la ciudad construida, el andar debe ser una prioridad en política urbana para el bien de nuestra mente, salud e incluso recuperación económica. Y que no nos pase como al peatón( [1]) de Ray Bradbury, el señor Leonard Mead que, en una noche brumosa de noviembre del año 2052, decidió caminar por la ciudad desierta de los Ángeles y terminó detenido por la policía y posteriormente conducido al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas, simplemente por eso, el ser sospechoso por caminar y ‘solo’ caminar.



[1]   “The Pedestrian”. Ray Bradbury, 1951.

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