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Así es la vida en Holot, el centro de detención de refugiados de Israel

El interior del centro de detención de Holot, situado en medio del desierto y aislado del resto de Israel. | Foto: Isabel Cadenas Cañón

Isabel Cadenas Cañón

Desierto del Néguev (Israel) —

Holot emerge descomunal entre la arena: barracones y barracones de colores rodeados por un perímetro de vallas con alambres de púas. El gobierno israelí lo llama “centro de detención abierto” para dejar claro que no se trata de una prisión: exceptuando las noches y un recuento diario, quienes están detenidos allí pueden salir cuando quieran, aseguran.

Solo que Holot está en medio del desierto del Néguev, casi en la frontera con Egipto. Solo que la ciudad más cercana, Be’er Sheva, está a una hora en coche y la única línea de autobuses que une los dos lugares tiene poquísima frecuencia. Solo que los guardas que se encargan de custodiarla pertenecen al Shabas, el sistema penitenciario israelí. Y solo que, si alguien falta al recuento diario o se salta alguna de las normas, es transferido de inmediato al edificio de enfrente: la prisión de Saharonim.

En Holot se espera. “Aquí duermes, caminas, caminas más, te cansas de dormir”, dice Ali, que llegó huyendo del genocidio en Darfur a principios de 2012 y que lleva en Holot desde octubre. “Es lo único que hacemos, esperar”. A finales de diciembre, el centro se llenó por primera vez: desde entonces están detenidos allí 3.360 eritreos y sudaneses. Duermen en literas, diez personas por barracón, un solo baño. El gobierno les da 480 séqueles por mes (100 euros), pero les impide trabajar. Según la “Ley para la prevención de la infiltración”, deberán pasar allí 12 meses. Pero esa ley puede cambiar en cualquier momento: el Tribunal Supremo ya la ha considerado desproporcionada e inconstitucional dos veces y Netanyahu se las ha ingeniado para pasar nuevas enmiendas que mantengan a sudaneses y eritreos retenidos el mayor tiempo posible.

Así que lo que esperan tiene poco que ver con el país en el que están. “La única esperanza para nosotros en Israel es que nuestros gobiernos cambien y podamos volver a nuestros países”, sentencia. Es raro escuchar estas palabras en boca de Ali: él es uno de los más activos en la comunidad y lleva años colaborando con ONG en Israel.

Hoy, por ejemplo: un autobús de Amnistía Internacional llega al centro y Ali sale a recibirlos. No lo han tenido fácil para llegar hasta Holot. Unos días antes, un grupo anti-inmigración publicó en Facebook los nombres de las y los activistas que iban a ir al centro y también la hora a la que habían quedado, y dónde. Iban a ir a intimidarlos.

Y así lo hacen: al lado del autobús, en el parque Levinsky, en el barrio de South Tel Aviv, varias personas con camisetas negras esperan a los y las activistas. Apenas gritan, apenas les hablan, sobre todo les miran y les sacan fotos para demostrar su presencia, para demostrar que éste es su barrio. Sus camisetas dicen “Frente para la liberación de South Tel Aviv”, en irónica referencia al Frente popular para la liberación de Palestina. South Tel Aviv, el área alrededor de la estación central de autobuses, es la zona de Israel donde más refugiados viven. Algunos vecinos se quejan de que las tasas de criminalidad han subido desde entonces y dicen que no se sienten seguros en sus barrios.

Las voluntarias y los voluntarios vienen a ayudar a los refugiados a rellenar sus formularios de petición de asilo, los RSD (Refugee Status Determination forms). Durante varios años, el gobierno israelí no contempló la posibilidad de que los refugiados rellenaran peticiones de asilo individuales, alegando que ya les otorgaba el estatus de “protección grupal”, pero muchas organizaciones de derechos humanos se quejaron: si no hay peticiones individuales, tampoco existe la posibilidad de que el gobierno reconozca estatus de refugiado a alguno de ellos.

A finales de 2013, el gobierno empezó a admitir formularios individuales, pero, como no lo anunció, la mayoría de los refugiados sigue sin saberlo. Y además los formularios son largos y complejos y solo se pueden rellenar en inglés, un idioma que muchos de ellos desconocen. Por eso hay que organizarse. Ali llama a algunos compañeros y se van formando tríos: un voluntario o voluntaria de Amnistía Internacional, un refugiado que quiere completar su formulario y otro que habla inglés o hebreo y que ejerce de traductor.

La vida diaria en Holot

Los visitantes no pueden entrar en el centro de detención, así que todo transcurre fuera, en una especie de mercado al aire libre que los refugiados han montado y donde pasan el tiempo que les queda en Holot. Hay sillas y mesas y diferentes puestos —de comida, de bebida y de juegos—. El mercado va cambiando de una semana a otra; con la llegada del frío, a las casetas hechas con lonas de camiones se les incorporan toldos y la mayoría de las sillas que antes estaban fuera ahora están dentro de esas construcciones precarias, al abrigo del viento del desierto.

El exterior del campo cambia, pero la vida es siempre la misma: por la mañana, algunos de los refugiados viajan hasta Be’er Sheva en autobús y compran alimentos que después cocinan y venden a sus compañeros: pollo a la brasa, aseeda -la crema de maíz sudanesa- o taita, el pan eritreo. Otros juegan al billar, o al dominó, otros apuestan. Otros toman cerveza o fuman narguile. Es como una inmensa sala de espera al aire libre.

Y sobre todo caminan. Por la carretera que bordea Holot apenas pasan coches, así que los refugiados hacen idas y vueltas, en parejas o en pequeños grupos. Russom Kidane va solo. Llegó hace diez días, es uno de los nuevos. Pasó un año secuestrado en el Sinaí y llegó a Israel en 2011. Cuando se curó de las secuelas que le dejó la tortura a la que le sometieron sus captores mientras su familia conseguía reunir los 20.000 dólares que pedían para liberarlo, encontró trabajo en un restaurante de Modi’ín, en el centro del país.

A pesar de que el Estado israelí no les otorga permisos de trabajo, muchos de los refugiados eritreos y sudaneses sobreviven gracias a la hostelería y a la construcción. Estos puestos estaban antes en manos de palestinos venidos de Gaza y de Cisjordania, pero con la segunda intifada las cosas cambiaron. Ahora el Estado importa trabajadores extranjeros —principalmente de Rumanía, de Filipinas y de Tailandia— para cumplir esas tareas.

Hay unas 120 empresas de trabajo temporal que se encargan de traerlos al país por un tiempo determinado y asegurarse de que se van una vez vencidos sus visados. Hay quienes se preguntan por qué, en lugar de importar trabajadores de otros países, no se permite trabajar a los eritreos y sudaneses que ya están en Israel. Y hay quienes aseguran que el gobierno no quiere darles permisos de trabajo precisamente por la presión que ejercen estas empresas de trabajo temporal, que funcionan como verdaderos lobbys —y que cobran 1.000 dólares por cada trabajador que importan—.

“¿He robado, he matado a alguien?”

Pero lo cierto es que en la actualidad el sector hostelero israelí no sería capaz de sobrevivir sin la mano de obra —precaria, barata y sin derechos— de los refugiados. Hace dos años, organizaron una huelga general de tres días y muchos establecimientos tuvieron que cerrar por falta de personal. La huelga, organizada por los propios sudaneses y eritreos, dio visibilidad a su situación en el país y consiguió cambiar una parte de la opinión pública: los organizadores hablaban ante los medios de comunicación en perfecto hebreo y pedían lago tan simple como derechos básicos.

En la manifestación final, en la plaza Rabin, se juntaron 25.000 personas: la mitad de todos los refugiados del país. Unos días antes, otros refugiados retenidos en Holot habían realizado un gran acto de desobediencia civil: 150 de ellos salieron del centro y simplemente siguieron andando, camino a Jerusalén, por esta misma carretera en la que ahora está Russom. Se llamó “la marcha de la libertad”.

Pero aquellos tiempos no son estos y en las palabras de Russom se oye sobre todo rabia. No entiende por qué está detenido, y por supuesto que ninguna autoridad israelí se lo ha explicado, a pesar de que él lo ha preguntado varias veces: “¿He robado, he matado a alguien? Yo sé que soy joven y que aún tengo tiempo, pero no comprendo por qué quieren matar el tiempo que tengo. ¿Qué delito he cometido?”.

Estudió biología en Eritrea, pero no le gusta hablar de genética: “Este es el país de los judíos” -dice en hebreo- “pero yo no lo entiendo. Si nos pusiéramos a hablar de genética, ¿cuánta gente quedaría en el mundo?”. Russom llevaba un año trabajando en Modi’ín y tardó un mes en poder viajar a Tel Aviv para renovar su visado: entonces lo mandaron a la prisión de Saharonim. Estuvo allí 45 días. De allí lo transfirieron a Holot. Le quedan once meses y veintiún días de detención. “Este es un país insolidario”, dice, pero después se le nublan los ojos al hablar de su jefe y de sus amigos israelíes en Modi’ìn: “allí todo el mundo me quería”.

Minar la esperanza de los refugiados

Una mañana de diciembre, un grupo de personas recorre el campamento. Algunos son policías, el resto viste con colores oscuros: es una delegación gubernamental, los acompaña el director del centro. Caminan como si los hombres que están allí no existieran, como si esa tierra les perteneciera. Miran con desdén. No responden a preguntas. Ali dice que no hace falta, que ellos ya saben a qué vienen: han destruido el campamento dos veces, y ahora planean la tercera.

Las dos veces anteriores, los policías llegaron con una orden y les obligaron a desmantelarlo en una semana. Al cabo de ese tiempo, lo destruyeron con excavadoras. Dos semanas después, la información de Ali se confirma: el consejo regional de Ramat Hanegev, donde se encuentra Holot, expide órdenes de demolición del “complejo de restaurantes” situado fuera del centro.

Los refugiados volverán a levantar el campamento, y las autoridades volverán a demolerlo. Ese es el objetivo de Holot y de la política hacia los refugiados en general: minar la esperanza de estos hombres, romper los lazos que hayan podido desarrollar con el país. Por eso, por ejemplo, en el centro está prohibido dar clases de hebreo, o introducir manuales para aprender el idioma: todo lo que sea posible para que sudaneses y eritreos no se enraícen en una tierra que no es la suya. Aun así, el hebreo es, ya, uno de los idiomas de comunicación entre sudaneses y eritreos.

Deportaciones “voluntarias” sin garantías

Cuando los liberan de Holot, tienen prohibido instalarse en Tel Aviv o en Eilat —las ciudades con más oferta laboral del país—. Por eso, y porque la desesperanza apremia, cada vez más refugiados están aceptando la única alternativa que les ofrece el gobierno israelí: la de aceptar 3.500 dólares y deportarse, de manera voluntaria, a sus propios países -donde se enfrentan a penas de cárcel e incluso a la posibilidad de ser asesinados- o a un “tercer país”.

Aunque el gobierno israelí no ha dicho cuáles son esos países, se sabe, por testimonios de aquellos refugiados que han aceptado marcharse, que se trata de Uganda y Ruanda, y que una vez que llegan allí, sus derechos siguen sin estar garantizados: el año pasado, ISIS ejecutó en Libia a tres refugiados que habían aceptado marcharse a uno de esos terceros países.

Se sabe también que el Ministerio del Interior cada vez presiona más a los refugiados para que firmen declaraciones de deportación voluntarias: ya se han marchado del país unas 10.000 personas. Es posible que a Russom no le quede más remedio que hacerlo también. Lo confirma su miedo: “antes sólo tenía miedo de dios. Ahora tengo miedo del gobierno israelí”.

Mientras, 10.571 formularios de petición de asilo seguirán esperando una respuesta que será, con toda probabilidad, negativa.

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