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Cooperar con el enemigo: lecciones de 'Juego de Tronos'

¿Se puede pensar el mundo a través de las series? 'Juego de Tronos' plantea cuestiones bien contemporáneas: lo común, los muros, los otros, etc

Una reflexión sobre poder y cooperación a partir de 'Juego de Tronos', por Amador Fernández-Savater y Francisco Carrillo

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Jon Nieve (izquierda) y Mance Rayder (derecha).

Jon Nieve (izquierda) y Mance Rayder (derecha).

"Todo lo bueno es libre y salvaje" (Thoreau)

A primera vista, 'Juego de Tronos' puede verse como una serie profundamente conservadora. En tres sentidos al menos:

En primer lugar, el pueblo nunca aparece. En la dialéctica entre fondo y figura, el pueblo sólo es el fondo sobre el que se recortan las figuras y sus luchas de poder: reyes, jefes, guerreros, magos, consejeros de los príncipes, etc. Es impactante, por contraste,  esa escena de la séptima temporada en la que vemos a un grupo de soldados cantar, comer y conversar entre sí, en lugar de ser degollados o abrasados con fuego valyrio. La cámara se pone a la altura de la gente común y podemos escuchar cómo se vive y se piensa el mundo desde abajo: los soldados echan en falta a sus seres queridos, siempre demasiado lejos, y más o menos vienen a decir: “sus guerras, nuestros muertos”.

En segundo lugar, una y otra vez se penaliza a los personajes que se conducen éticamente: los que rechazan el terror y la violencia, los que no distinguen entre fines y medios, los que actúan según principios. La serie nos los presenta como “buenistas” sin visión estratégica de la jugada y destinados por ello a morir ahorcados, decapitados o traicionados por rivales más astutos. Recordemos por ejemplo la suerte del Hermano Ray, de Ned Stark o lo que le ocurre a Tyrion cuando negocia con los enemigos de Meeren. Es de hecho una de las grandes innovaciones argumentales de la serie: matar a los buenos.

En tercer lugar, es la guerra de todos contra todos. Cada personaje guarda un puñal tras la espalda, recurre sólo a vínculos instrumentales (matrimonio de conveniencia, confluencia estratégica) y se defiende a sí mismo haciéndose temer por el otro. ¿Por qué el mundo de 'Juego de Tronos' es tan inestable y peligroso? No faltan leyes e instituciones que tratan de garantizar el orden desde arriba. ¿Entonces? Lo que brilla por su ausencia es la confianza. Que no viene de arriba a abajo, sino que nos damos unos a otros. Es seguramente el gran tema de la serie: ¿en quién puedes confiar? ¿En qué se basa un vínculo de confianza?

¿Es posible hacer otra lectura? Creemos que sí, con la evolución de la serie se han abierto una serie de elementos que permiten una mirada distinta, menos conservadora y hobbesiana.

Los Caminantes Blancos: catástrofe global

Los comienzos son importantes. ¿Cómo arranca la serie? La primera escena nos presenta a los temibles Caminantes Blancos, una antigua amenaza que ahora resurge. Zombis de ojos azules que habitan en el Norte, más allá del gran Muro. Un ejército en expansión que se alimenta de las mismas vidas que arrebata. Los Caminantes Blancos tendrán un papel cada vez más importante en la trama.

Los zombis (en distintas variantes) están muy presentes en nuestras pantallas de cine y televisión. Esto es seguramente porque vivimos tiempos apocalípticos: el porvenir ya no se percibe como promesa, sino como peligro y amenaza. La esperanza depositada en el futuro deja paso a la sensación de que mañana sólo puede ser peor que hoy. Desastres económicos, crisis ecológica, conflictos religiosos o de identidades, etc. Los Caminantes Blancos representan la catástrofe global de la que nadie puede protegerse por su cuenta y que tampoco es posible contener tras un muro. Una crisis que no es puntual, sino civilizatoria.  

Ambivalencia de la catástrofe

Pero la catástrofe nunca es unívoca. Tiene siempre un carácter doble. También en 'Juego de Tronos'.

Por un lado, está la catástrofe como acontecimiento de futuro. Es la mejor justificación para el mantenimiento del orden de cosas. “The winter is coming”. Sólo los reyes, los guerreros y los muros pueden cuidar de nosotros. El mal viene de fuera, así que podemos seguir viviendo igual y protegernos simplemente cortando la relación con el afuera.

En la serie, un muro helado y gigantesco (300 millas de longitud, 700 pies de altura) divide los “reinos de los hombres” y la tierra en la que habita la amenaza. El mal no sólo son los Caminantes Blancos -ha pasado tanto tiempo desde su última aparición que se pone en duda incluso que sean algo más que una leyenda-, sino sobre todo los “pueblos salvajes”, mil tribus y clanes que viven en el territorio helado.

La Guardia de la Noche vigila el Muro. Se trata de un cuerpo represivo (y reprimido: tienen prohibidas las relaciones sexuales) educado en el odio a lo que vive afuera. Son los encargados de mantener la división (milenaria) que establece el Muro: entre lo humano y la barbarie, entre los salvajes y los humanos. Pero el Muro, como es obvio, no protege del otro, sino que construye al otro como otro. Como reconoce Jon Nieve, los salvajes “sólo han cometido el error de nacer al otro lado”. El Muro subjetiva al otro y nos permite desconocerlo: arrebatarle su humanidad, aplicar sobre él imagen de enemigo.

El orden se sirve de la catástrofe para que nada cambie y construye chivos expiatorios como forma de control social. Pero es sabido que las protecciones inmunitarias reproducen muchas veces las condiciones del mal y alimentan los desastres...

Por otro lado, está la catástrofe como proceso en marcha. La catástrofe funciona entonces como una especie de “revelador”: un agujero que nos permite ver cómo son las cosas y de qué están hechas. El mal no está afuera, sino inscrito en las propias estructuras de poder. No es lo absolutamente otro, sino un espejo de lo que ya está aquí. No viene del espacio exterior, sino de muy adentro.

La recepción de este segundo tipo de catástrofe es muy distinta: del temor a la amenaza que nos mantiene paralizados al deseo de cambio. De creer que sólo el orden puede protegernos a ver ese mismo orden como catastrófico. Del miedo y la esperanza a la acción aquí y ahora.

La concepción soberana del poder

Si no pensamos la catástrofe como acontecimiento de futuro, sino como proceso en marcha, la primera pregunta que se plantea es: ¿cuál es la historia de ese proceso?

Los Caminantes Blancos fueron creados hace mil años como arma en la guerra entre reinos. En determinado momento ese “arma” se autonomizó y amenaza ahora a todos los seres vivos. Es un tema clásico del género de catástrofes: el monstruo producto de la radioactividad o el desastre resultado del mal uso de la ciencia y la técnica por parte de científicos, militares y gobierno. El mal no viene de fuera ni se puede dejar fuera, porque nació aquí y vive entre nosotros.

¿Cuál es la catástrofe en la serie? ¿Cuáles son las condiciones que han propiciado la aparición de los Caminantes Blancos? La guerra permanente entre los reinos, la guerra por la conquista del Trono de Hierro. El mal es el mismísimo juego de tronos. Una determinada concepción del poder, la concepción “soberana” del poder.

El poder soberano es excluyente: o lo tienes tú o lo tengo yo. Sólo uno puede ocupar el Trono de Hierro. El poder de uno pasa por la sumisión del otro, el bienestar de uno pasa por el malestar del otro, la seguridad de uno pasa por la inseguridad del otro. Como explica muy claramente la reina Cersei: “la vida en el Sur pasa por la muerte en el Norte”. Mors tua, vita mea.

Ese poder soberano es muy fácil de entender: basta con abrir los ojos a la realidad que vivimos día a día. Nuestras vidas, occidentales, están instaladas sobre esta concepción catastrófica del poder. Y de vez en cuando, a los que estamos protegidos por el Muro nos vuelve un boomerang. Un atentado terrorista, el éxodo masivo de refugiados, etc. Los Caminantes Blancos son un boomerang.

Ned Stark, Khaleesi, Tyrion, ¿alternativas?

¿Hay alternativa a esta concepción del poder? ¿Se plantea alguna en la serie? Veamos algunas posibilidades:

Ned Stark. No es una opción muy consistente, la verdad. Sería como confiar en la ONU, el desarrollo sostenible o el capitalismo verde. Ned Stark es un personaje bueno, con honor y principios, amante de su pueblo, pero no cuestiona estructuralmente nada: ni el Muro, ni la Guardia de la Noche, ni el Trono de Hierro (sólo tal o cual abuso de poder). La añoranza recurrente en la serie por el personaje de Ned Stark es la nostalgia por un orden bueno, justo y equilibrado que nunca existió.

La Khaleesi. Es la figura del mesianismo populista, del liderazgo carismático en el que la gente “cree” (el afecto de la fe como cemento entre gobernantes y gobernados). Mantiene una retórica rupturista (“romper la rueda del poder”), pero no sale de la concepción soberana del poder: piensa únicamente que debe ser ella la que ocupe el Trono de Hierro para hacer desde él “buenas políticas”. Ya hemos podido comprobar en la práctica los problemas de su forma de entender las cosas: como libera desde arriba el resultado es muy débil, los esclavos quieren volver a ser esclavos, resurgen las tradiciones que ella había creído poder abolir por decreto, etc. Son los problemas clásicos de la concepción elitista del cambio social.

Tyrion. Hay una lectura muy interesante de 'Juego de Tronos' que deposita sus esperanzas en las “anomalías”: mujeres, bastardos, cojos, eunucos, enanos, mutilados, prostitutas, etc. Cualquiera que se sale de la norma y el modelo dominante: hombre blanco, adulto propietario; rey, guerrero, sabio; sano, poderoso, heterosexual. Pero, ¿y si esa anomalía no funciona según una lógica diferente del poder? Hay mujeres que luchan por el Trono de Hierro, bastardos depredadores, cojos que se creen que lo saben todo, eunucos que aconsejan a los príncipes, mutilados que se venden al mejor postor, prostitutas que traicionan sus afectos por arrimarse al poder. La anomalía no basta.

Cooperar con el enemigo: los salvajes

¿Entonces? A lo largo de la segunda temporada aparecerá una diferencia cualitativa que cambiará imperceptiblemente la serie entera: los salvajes. Claro está, “salvajes” es un etiqueta colonialista del poder que los mantiene confinados. Ellos se nombran a sí mismos como el “Pueblo libre” y afirman orgullosamente su diferencia: una fuerza de carácter, una libertad de costumbres, etc.

Los salvajes habitan más allá del Muro, una tierra helada y hermosísima donde, como explica Tormund Matagigantes, “para mantenerte vivo tienes que moverte constantemente”. Este movimiento constante se ha organizado ahora cómo fuga masiva: su supervivencia pasa por conseguir atravesar el Muro y alejarse de los Caminantes Blancos. Son una nación en marcha, un reino que camina, una federación imposible de clanes y tribus.

Los salvajes son lo más parecido a un pueblo (no una masa de súbditos) que hay en 'Juego de Tronos'. Entre ellos aparecen algunos de los personajes más libres, más sensibles y más atractivos de toda de la serie: la guerrera Ygritte, el líder Mance Rayder, el simpático Tormund. Tres son, a nuestros ojos, las características que hacen de ellos una alternativa auténtica.

En primer lugar, no buscan el poder. Reúnen un ejército de más de 100.000 hombres (¡y mujeres!), pero son los únicos en toda la serie que no sueñan con apoderarse del Trono de Hierro. Como explica Mance Rayder, no buscan el poder ni la gloria, sólo vivir y que les dejen en paz.

En segundo lugar, su jefatura no es institucional. Hay un Rey-más-allá-del-Muro, Mance Rayder, un renegado de la Guardia de la Noche que se fue a vivir con sus enemigos. Pero como le explica orgullosamente Ygritte a Jon Nieve, Mance no es rey porque su padre fuera rey (una idea que le produce a la vez repulsión y risa). Es un jefe elegido. Y para una misión concreta: conducir al Pueblo Libre más allá del Muro. Es un líder funcional, no un soberano. Él es muy consciente y tomará algunas decisiones conforme a ello, como la de no arrodillarse una vez derrotado militarmente, ni enrolar a su gente en una guerra extranjera, lo que le costará la vida.

Por último, el Pueblo Libre es un común hecho de diferencias. Hasta siete idiomas distintos se hablan en el ejército de Mance, que agrupa a más de 90 clanes (Adoradores de la Luna, Pies de Cuerno, Thennitas) que antes se odiaban a muerte, e incluso varias razas (hay humanos, gigantes, cambiapieles). La diferencia se unifica sin someterse: nadie está obligado a arrodillarse ante Mance, nadie se arrodilla en el Pueblo Libre a diferencia de lo que ocurre en los reinos de los hombres.

Entre los salvajes hay otra concepción del mundo, en la que el dominio o la gloria no están por encima de la vida. Otra concepción del poder, repartido o compartido (sólo se concentra puntualmente si hay necesidad). Y otra concepción de la convivencia según la cual las diferencias pueden coexistir sin excluirse, matarse o borrarse, en un equilibrio siempre inestable y conflictivo. En estas condiciones, la confianza vuelve a ser la base posible de los vínculos.

La potencia del afuera

Si la vida de unos implica la destrucción de otros, el mundo a la larga no tiene ningún futuro. Los Caminantes Blancos son justamente la figura de ese no-futuro. Hay que cambiar radicalmente de lógica. ¿Es posible?

Un ejemplo del mundo real. La seguridad del Estado israelí, basada en los muros, los asentamientos y los puestos de control, es completamente enemiga de la vida de los palestinos: hay niños que tardan horas en llegar cada día al colegio, se ha reportado la muerte de mujeres embarazadas en los check-points, etc. De vez en cuando vuelve un boomerang: un atentado, un cohete, un ataque. Pero sólo sirve para justificar aún más los muros. Los actores de la desobediencia civil palestina plantean: cambiemos de lógica. Hay que leer y releer  esta entrevista a Ali Abu Awwad al respecto. Desobediencia civil en lugar de violencia armada. Humanización del otro en lugar de construcción de enemigo. Una concepción compartida del poder según la cual la seguridad, la justicia y el bienestar de unos dependen de la seguridad, la justicia y el bienestar de los otros. Vita tua vita mea.

Ya vienen los Caminantes Blancos, un ejército entero de muertos. El muro no va a contenerlos. Nadie puede salvarse solo. La guerra entre reyes es ridícula: ¿de qué sirve el poder en un mundo muerto? Sólo los malvados o los idiotas se aferran al deseo del Trono. Para vivir hay que cooperar con el que era nuestro enemigo. Sólo los otros puede salvarnos.

Nieve es el personaje que va a alterar la trama entera de la serie. ¿Cómo? Haciendo como los salvajes. Ha vivido entre ellos, ha marchado con ellos, se ha enamorado de una de ellas, Ygritte. Está afectado, la experiencia le ha transformado. Así, contagiado, podrá contagiar a otros: primero a los reyes del Norte, luego a la propia Khaleesi. Les convence de cooperar.

Algunos filósofos contemporáneos hablan de “la potencia del afuera”. El afuera contiene la fuerza capaz de transformar las cosas si nos atrevemos a hacer alianza con ella. Pero esto no es nada fácil, tiene costes. En primer lugar hay que arriesgarse a alterar el mapa de coordenadas que nos daba sentido. Jon Nieve hace alianza con la potencia del afuera y deja a los salvajes atravesar el Muro. Esa alianza monstruosa desdibuja la frontera que organiza el mundo desde hace mil años: lo humano y lo bárbaro. Nieve propone una nueva alternativa entre los que respiran y los que no. Hacerlo le costará la vida (¡al menos una de ellas!).

Habría que llevar el cuestionamiento hasta el final y dejar vacío para siempre el Trono de Hierro. Que nadie lo quiera ni lo desee, verlo justamente como el mal y empezar a jugar a otro juego: el juego de evitar que cristalice cualquier poder soberano y central. El juego de la destitución. De otro modo, siempre volverá a resurgir la vieja amenaza de los Caminantes Blancos, como espejo y negativo del poder soberano que es, con su Rey de la Noche, sus súbditos-zombi, ¡incluso sus dragones de destrucción masiva!

El  libro que coordinó Pablo Iglesias sobre la serie en 2014 se llamaba “ganar o morir”. Esa alternativa es un error. Se puede ganar y morir. Tener el poder y ser completamente impotente. Reinar y sólo poder gestionar la muerte. Y también se puede morir y ganar. Es el caso de Mance Rayder: muere, sí, pero no es derrotado. Siembra la semilla de un nuevo paradigma, de una nueva visión del mundo que permanece y sigue actuando, transformándolo todo poco a poco. ¡Honor pues a ti, Mance Rayder!

* Gracias por las conversaciones a Franco Ingrassia (“Varys”), Elvira Liceaga (“Una Chica”) y José Miguel Fernández Layos (“Meñique”).

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