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Llamadme 14

Este año hemos empezado a llamar al año "el 14".  A lo mejor hemos también empezado a hacernos mayores. Una pequeña historia personal y colectiva del siglo reciente.

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Curros en un desgüace de las afueras de Sevilla. Foto cedida por Julio Albarrán (http://soulseekers.tumblr.com/)

Curros en un desgüace de las afueras de Sevilla. Foto cedida por Julio Albarrán (http://soulseekers.tumblr.com/)

Como Jonás, cumplí veinticinco años en el año 2000.


Reuní a todos los amigos de la vida con los que guardaba contacto (colegio, instituto, facultad, barrio, pandilla). Nos disfrazamos y bailamos hasta el amanecer. Vivíamos en una casa llena de ventanales y con un pasillo eterno, en la calle Santa Isabel, cerca de la estación de Atocha. Desde el salón se veían caer todas las cuestas hacia Lavapiés. Era enero y estrenábamos día, mes, año, siglo y yo, además, edad. Porque cuando naces en enero, tu edad y los años van a compás.


Ese año, además, acabábamos de superar el efecto 2000. El efecto 2000. Yo en esa época trabajaba dando clases de teatro mientras terminaba la escuela con una beca. Una habitación en un piso compartido como el nuestro costaba 25.000 pesetas (150 €). Poníamos 10.000 pelas (60€) en una lata de galletas de esas de jengibre de IKEA (IKEA había llegado a redecorar nuestra vida cuatro años antes) que teníamos encima del frigorífico para el bote común de comida. En esos años no teníamos internet. Lo repito. Hace catorce años. No teníamos internet. Es decir, sí teníamos. Pero había un solo ordenador en toda la casa, un módem que chillaba acusadoramente cada vez que te “conectabas” por cable, había cuentas de hotmail donde adjuntar un archivo era una súper tarea laboral o académica, había buscadores que no eran Google, había artículos eternos sin maquetar y en html puro. Eso sí que eran Nuevas Tecnologías (por cierto, ¿para cuándo dejar lo de llamarlas así?). No existía Wikipedia. Ni Youtube. Nadie decía ni escribía "Estoy llegando". Casi siempre hablábamos por el fijo de la cocina o el salón para quedar. Es decir, no éramos internet. Internet era una cosa. Algo claramente diferenciado en nuestra cotidianidad, algo en lo que entrábamos. En el segundo año capicúa (algunas somos de las pocas generaciones que habremos de vivir dos años capicúas: 1991 y 2002) llegó el euro y, como en un truco de magia barato, nos hizo de golpe más pobres. Ahora me cuesta calcular el valor de esas diferencias: el cambio de moneda y del líquido amniótico de los tics de nuestra comunicación. Estos catorce años conllevan diferencias tan poderosas, que imaginarse la vida de aquellos días requiere un trabajo.


Cuando entré en la facultad, en 1993, Solbes estaba aprobando la reforma laboral que permitiría desregular la selva a la que nos incorporaríamos más tarde, inventando para nosotros la linda figura del becario, entre otras.

Cuando dejé la uni, en 1998, Aznar firmaba su reforma de la Ley del Suelo que sembraría definitivamente el campo de minas, haciéndonos la inception colectiva del "todos propietarios" como único modelo burbujeante de realización unipersonal.

Y cuando en 2001 vimos desde el mismo salón de Santa Isabel caer casi sin pestañear las Torres Gemelas, sonaba aún el fijo del salón: "Pon la tele", "¿Lo estáis viendo?". La mejor escena soñada por cualquier guionista. ¿Os imágináis eso HOY con twitter? Hubiéramos implosionado. Pero ese verano ya empezamos a depender de la red para saber qué pasaba, por ejemplo, en la contracumbre del G8 en Génova más allá de lo que contaba Ana Blanco o para encontrar algo de toda esa gente increíble que citaban los de Mondo Brutto . Y tres años después, nos despertó a cada uno en su cuarto el restalido de la explosión de Atocha. Temblaron los cristales y el teléfono fijo seguía ahí: "¿Estáis todos bien?". Pero a los dos días ya teníamos casi todos un móvil para recibir un "Pásalo". En 2005 nos echaron a base de subir el alquiler. La casa se quedó vacía, nosotros nos dispersamos.

Y llegó el verano de 2008. A la hora de la siesta, se cayó un avión en una pista de Barajas durante el despegue y al despertar ya estábamos malheridos y fuera de la Champions económica. El aire ya empezaba a oler a Fin de Ciclo y a paquetes de medidas indigeribles.

En 2011 nos vino la regla. Han pasado ya casi tres años y la alegría de las primeras veces ya no es la misma. Hemos entrado en una zona más oscura, con más rabia. A ver cómo la gestionamos. Que la adolescencia es una etapa difícil. 

Con el acelere propio del tiempo, de la edad y de la post-historia, se nos ha ido quitando la sensación rara al nombrar la década de los ¿dos mil?, ¿dosmiles? (todavía no sé cómo se dice). Aún así, hemos seguido diciendo la cifra completa: 2010, 2013..., hasta este año, en el que, por fin y como respondiendo a un zeitgeist oculto, hemos empezado a decir de golpe "el 14". "Feliz 14". Supongo que tiene que ver con la familiaridad que nos produce el otro 14, que también fue el primer año del siglo XX que se empezó a llamar por su nombre. Supongo también que la analogía entre aquella y esta época se ha hecho ya hasta la saciedad. Así que me callo.

Bueno. Sólo una cosa. Que decía Walter Benjamin, para expresar el shock de esos soldados que sobrevivieron a la Primera Guerra Mundial eso de: "Volvieron mudos del frente". Nosotros mudos, no. Ni en vanguardia. Pero puede que el parloteo incensante en la redes y la comunicación compulsiva que nos traemos sea a veces otra forma de silencio. Y que nuestras trincheras ya no tengan que ver más con el fuego abierto.

Y para cerrar. En 2012 nació otro Jonás (nos enteramos por un grupo de wasap compartido con mucha otra gente). Un Jonás que cumplirá veinticinco años en el año 37. 2037.

Espero que sepamos pensar ahora qué mundo queremos de aquí a entonces, qué nuevas tecnologías y redes necesitamos para ello. Digitales, analógicas o las que tengamos que inventar. Y que vayamos encontrando las palabras para imaginar, construir y seguir contándonos, aun habitando dentro del vientre del shock. 


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