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No es país de cobardes

No puede haber más tramas de corrupción; no puede haber más felicidad ante malos, malísimos, resultados electorales; no puede haber más desapego de la ciudadanía hacia el PP.

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Mariano Rajoy e Ignacio Diego en un acto de campaña en Santander. | PP CANTABRIA

Mariano Rajoy e Ignacio Diego en un acto de campaña en Santander. | PP CANTABRIA

"Nunca he sido un cobarde. Dejar el cargo antes de que finalice mi mandato es detestable para cada instinto de mi ser. Pero como Presidente, tengo que anteponer el interés de Estados Unidos".

Esta semana recordaba con un compañero del Partido Popular el discurso de dimisión de Richard Nixon. Este amigo es una de esas personas que siempre ponen la palabra exacta en el momento adecuado; hablábamos mientras él hacía un receso de sus obligaciones poco después de que saltara la noticia de las detenciones y registros en Valencia. Nos había reunido el bien de nuestro partido, el PP, convencidos de que su bien y futuro es el bien y futuro de nuestro país, España.

Hay muchas cosas terribles en los escándalos de Valencia. Sin conseguir reponerme aún de imaginar asqueado el destino de millones del dinero de todos, la corrupción tiene un daño colateral: desune, mina y destroza al partido que la sufre: en esta (y otras ocasiones) mi partido. Y eso, sencillamente, no puede ser.

Desde Valencia nos llega un nuevo toque de atención. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que puede ser el último, sin vuelta atrás? Debemos cambiar; tenemos que evolucionar. Sé de modo incontestable que el Partido Popular está cimentado en gente buena, comprometida y trabajadora. Lo he visto decenas, centenares de veces. Pero tenemos que renovar los muebles, redecorar y pintar. Los inmejorables cimientos lo merecen.

No tener una respuesta buena a los escándalos que se multiplican; que nuestras siglas (que tanto han hecho por España) se asocien ahora a la corrupción más descarada y asquerosa; o (más cerca) que nuestros altos representantes se libren de la Justicia por la simple prescripción de sus posibles delitos; todo eso tiene que llegar a su fin.

Sin conseguir reponerme aún de imaginar asqueado el destino de millones del dinero de todos, la corrupción tiene un daño colateral: desune, mina y destroza al partido que la sufre: en esta (y otras ocasiones) mi partido, el PP. Y eso, sencillamente, no puede ser.

Como afiliado, como miembro de la Junta Directiva del PP de Cantabria, como cántabro y español, sigo defendiendo la necesidad de congresos regionales que renueven los órganos de Gobierno de nuestro partido. Sé muy bien que no estoy solo en ello, porque así lo veo en la prensa (de otros sitios de España) y así lo compruebo cada día en la cantidad de compañeros que me llaman o hablan conmigo y me animan.

Para contrarrestar la mala y distorsionada imagen que se ha ganado el PP, debe hacerse de la manera más democrática posible, con el sistema de un afiliado=un voto. Solo así podremos hacer ver a la sociedad que seguimos aquí para hacerla progresar. Solo así haremos ver que estamos limpios. Dispuestos, fuertes, preparados y unidos.

Al PP le ha tocado gobernar en una de las épocas más duras que ha tenido España en su historia. Reconocer eso y la labor realizada (e incluso estar orgulloso de ella, bajo nuestras siglas) no se pega con intentar hacer ver a las cabezas y sus colaboradores que deben dejar a la militancia elegir el futuro del partido y por ende, el futuro de Cantabria. En la mayoría de los casos han tenido mucho tiempo para demostrar lo que valen; muchos años.

Tengo que confesar públicamente que me duele profundamente ver vilipendiadas y arrastradas por el barro unas siglas, las mías, que deben seguir siendo la referencia de la libertad en España. Hay quien aún no se ha dado cuenta de que estamos perdiendo la batalla por ser el principal referente liberal frente a los nuevos desafíos que afrontamos como sociedad, con un neocomunismo populista enfrente que sí que tiene razones para estar contento con sus resultados autonómicos y nacionales. Ellos sí. Nosotros no. Y a eso hay que darle la vuelta.

Nadie va a llamar "cobardes" a los presidentes y cargos asociados desde hace lustros que escuchen a esa voz coral. Una voz conjunta que harían bien en atender antes de que suba (lo hace cada segundo) y les deje sordos para siempre, rompiéndoles los tímpanos. Es el momento de una vez por todas de volver a mirar por el bien de España y de nuestra Comunidad. Ambas necesitan un PP fuerte y unido.

Es posible que arriesgarse a perder el poder dentro del partido vaya contra los "instintos de su ser", pero lo necesitamos. Los paralelismos son mucho mayores y terribles que la coincidencia de que algunos nombres tengan siete letras como Richard y algunos apellidos cinco, como Nixon. No puede haber más tramas de corrupción; no puede haber más felicidad ante malos, malísimos, resultados electorales; no puede haber más desapego de la ciudadanía hacia el PP. Evolución.

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