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Cuando la calle es el hogar

La calle acoge sin reservas a los sin techo pero al mismo tiempo los expulsa y aleja de la comunidad. El final de esta etapa es la exclusión social pero no es un estadio irreversible. El primer paso para lograr el amarre perdido es un hogar. Así lo atestiguan María y Juan, dos ejemplos de supervivencia

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Un joven sin hogar

Un joven sin hogar descansa al paso de los transeúntes.

María ha dormido al raso más días de su vida que bajo techo. A los 17 años escapó de una realidad familiar que la ahogada en su pueblo natal, Ondarroa, en Bizkaia y desde entonces no ha parado de deambular. Recorrió durante trece años Andalucía, a donde llegó atraída por un clima más amable con los que pernoctan en la calle. Ha trabajado sobre todo en la recogida de aceituna, fresa, tomate, naranja y “lo que tocaba”. Es una ocupación que venía con cama incluida, la de los albergues de los temporeros. Por eso encadenaba campañas. Cuando se acababan, se empleaba a días de camarera y también ha vendido libros por las casas, “palique no me falta”, confiesa orgullosa. Pero esos trabajos duraban poco. Aquellas épocas eran las más duras. La lista de alojamientos improvisados en pleno espacio público que repasa mentalmente es larga, así que, cuando se le pregunta por dónde colocaba el colchón cada noche, prefiere abreviar. Cita coches abandonados - “antes había muchos más”-, casas y pabellones vacíos, soportales y el socorrido cartón. Y conciliar el sueño es difícil en esas condiciones.

Bien lo sabe Juan, otro sin techo que ha conversado con eldiarionorte.es. Cualquier somnífero es bueno y el alcohol el más común, confiesa este hombre de mirada lánguida y cuerpo enjuto. Arrastra dignamente sus 67 primaveras, la mitad de ellas marcadas por la mala vida y conserva, pese a ello, un carácter agradable en la conversación y en el trato.

"Nadie está libre. Tres pasos mal dados y ..."

¿Cuántas veces te ha tocado dormir a la intemperie? Arquea las cejas, mira hacia el cielo y sonríe antes de contestar. ¡Ay, maja!, se limita a decir. No lleva la cuenta o quizás, la haya olvidado, pero admite que demasiadas. ¿Y cómo se combate el frío, o el miedo? “En compañía de una botella”, reconoce. Su existencia, según su relato, no está tan alejada de la del resto de la población normalizada. Ha trabajado, se ha enamorado, ha criado una hija...pero la vida le golpeó varias veces y acabó, tras excesivas penalidades, sin un techo. Y al igual que María, la calle le acogió sin reservas pero al mismo tiempo te expulsa y aleja de la comunidad. Ya no hay anclaje y en esas circunstancias el abandono y la desorientación se hacen fuertes. El final de esta etapa es la exclusión social, pero no es un estadio irreversible, aunque para regresar se hace indispensable recuperar un arraigo y el primer paso para lograr el amarre perdido es un techo.

Para Juan el principio del retorno llegó cuando pisó por primera vez  Bultzain, una casa de acogida en Vitoria de las denominadas de baja exigencia. “Cualquiera puede acabar como nosotros. Nadie está libre. Tres pasos mal dados y aquí nos encontraremos”, declara. La vida la arrebatado mucho pero no se ha llevado la ilusión que le mueve cada mañana, la de ver, de cuando en cuando, a sus dos nietas. “Ahora iré en Navidad a Bilbao si todo sale bien”, relata mientras contiene la emoción.

Al rescate personas necesitadas de un refugio

En Bultzain convive con otros treinta inquilinos de biografías convulsas. Ahora es el encargado de gestionar este espacio. Tiene un contrato a media jornada. De la cuadrilla de Bultzain solo él se ha animado a contar su historia. Lo hace en la cocina, arremolinado al calor de los fogones que calientan la comida al tiempo que caldean el viejo inmueble. Parte del resto de los ocupantes se ha limitado a ocupar un segundo plano y a guardar silencio mientras escuchan la conversación a cierta distancia. La otra parte, ahuyentada por la visita de eldiarionorte.es, se ha ausentado sin mediar explicación. “A estas horas suelen estar todos aquí, haciendo fila para comer. Pero hasta que no nos quedemos los de siempre, los de casa, no van a aparecer”, relata la trabajadora social. “Te vuelves muy desconfiado. La calle es muy dura. Cuando alguien se acerca sabes que, casi siempre, tiene segundas intenciones”, se excusan.

Contra ese recelo luchan los que van de ronda cada noche al rescate personas necesitadas de un refugio. Ahora Juan encabeza estas brigadas y siempre encuentra gente nueva en las calles. “Hay mucha más gente en durmiendo en la calle que la que contemplan las estadísticas de los Ayuntamientos. Sus gentes salen de recuento pero se olvidan de mirar en ciertos sitios, en aquellos en los que sus superiores les prohíben el paso, ya se sabe, por si acaso. Y mientras, esa gente sigue ahí o muere ahí” lamenta.

En Bultzain se ofrece cama, ducha y un plato caliente a cualquiera que lo necesite durante el tiempo que lo necesite. No hay plazos como en otros servicios sociales. Tampoco se mira el padrón, ni los papeles para abrir la puerta al errante. Eso sí, antes de traspasarla han de comprometerse a cumplir unas normas básicas de respeto. “Solo entonces será bienvenidos”. Viven de algunas ayudas institucionales y de muchas aportaciones anónimas. El Banco de Alimentos es su nevera.

Puente de vuelta a la vida normalizada

Ese techo de la casa de Bultzain les devuelve al mundo, les devuelve su dignidad y a muchos las ganas de emprender un vuelco cargado de dificultades, eso sí. “De aquí uno se fue para Miranda de electricista, otro lo tenemos recogiendo mesas en un restaurante chino, van saliendo. Hay que empujarles, pero algunos van saliendo. Otros salen para no volver a entrar. Están unos días, se van y no sabemos más de ellos. Irán a otras ciudades. Y los hay que prefieren su esquina en la calle, su banco. Se niegan a venir y no se les puede obligar”.

Otro hogar, el de los pisos de acogida de Zubietxe, fue también el puente de vuelta a la vida normalizada para María, la ondarrutarra. Aquí entienden que la estancia en la propia vivienda y el apoyo para permanecer en ella son elementos posibilitadores del resto de cambios y de la consiguiente reinserción social de los usuarios. “He vivido con cuatro chicas y hemos tenido nuestras peleas. La convivencia es difícil pero ahora, que he conseguido pagarme un alquiler y vivir sola, estoy muy contenta”, revela María que ha conseguido estabilizar rumbo. “Soy una persona con tendencia a sufrir depresiones y eso y la soledad, te mata. Me di cuenta de que necesitaba un apoyo, no vivir con alguien, pero sí un seguimiento y me lo han dado en Zubietxe”. María se presta ahora a contar su experiencia en los colegios, para hacer llegar estas realidades sin intermediarios a los escolares y que aprendan de ellas.

 

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