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Esperando al CIS

Qué datos nos ofrece una encuesta y por qué algunos son muy importantes.

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A las 12:30 de mañana miércoles se publicará la traída y llevada encuesta del CIS (el barómetro de octubre). Estamos hablando mucho de encuestas estos días, a partir de ll sorprendente sondeo de Metroscopia (lean su  blog) publicado el domingo en El País y, si se confirma el runrún que por ahí corre sobre la del CIS, pues hablaremos otro buen rato más. Entre tanto, para estudiarlas con cuidado, igual conviene que repasemos algunas cosas sobre qué hay que leer en ellas.

Visto como un proceso, y dicho en lenguaje profesoral, la llamada “cocina” de las encuestas consiste en obtener una proyección de voto a partir de las respuestas de los ciudadanos a la encuesta resolviendo al menos a tres problemas típicos: ¿Qué harán quienes no señalan a ningún partido cuando se les pregunta por su intención de voto? ¿Votarán todos aquellos que dicen que van a votar? ¿Es la muestra representativa de la población o existen errores subsanables?

Así, con respecto a la intención de voto, normalmente manejamos, al menos, cinco datos, de importancia distinta. En primer lugar, la llamada “intención directa”, la respuesta de las personas entrevistadas a la pregunta por cuál sería su voto si se celebrasen unas elecciones. Esta pregunta  obtiene, típicamente, un gran número de no respuestas (a veces llamados indecisos), un número normalmente bajo de abstencionistas (a la gente no le gusta admitir que no es probable que vaya a votar), un número algo elevado de votos en blanco y, tal vez, votos ocultos en cualquiera de las anteriores. En segundo lugar, la “simpatía partidista” o “identificación” o “proximidad”.  Sirve para asignar el voto más probable a quienes no responden o se ocultan en el voto en blanco o la abstención. Es una pregunta cuyos resultados se suelen presentar ya sumados a la intención de voto. El CIS llama a esto “voto más simpatía”, pero en otros lugares se llama “intención de voto probable” y, lo peor, en otros, “voto directo”. En tercer lugar, la “participación” o intención de ir a votar, que permite, en algunos casos detectar falsos votantes, cuando se pregunta con esmero. En cuarto lugar, el “recuerdo de voto”, la opción partidista en alguna elección pasada por parte de los entrevistados. Esta pregunta sirve, en condiciones ideales, para detectar sesgos en la muestra que puedan ser corregidos por deberse a errores subsanables. En la práctica, recoge también los cambios de actitud, y  su interpretación es muy controvertida.  Por último, la “intención de voto” o el “voto estimado” o, como prefiero decir, la proyección del voto futuro a partir de la encuesta, que es una elaboración realizada por los analistas a partir de los ingredientes anteriores, y posiblemente otros.

De este modo, por ejemplo, de la encuesta del CIS de julio de 2014 tenemos los datos siguiente.

La primera columna es el dato “bruto”, la respuesta directa. La segunda, nótese, distribuye muchos “indecisos” (NS/NC) en función de su simpatía, resolviendo que algunos serán abstencionistas. Al igual que la tercera, que es su término de comparación pasado, son magnitudes expresadas como porcentajes sobre el censo.  Ninguna es una predicción contrastable, son dos formas de mirar al clima de opinión que tienen valor, sobre todo, observando su evolución en el tiempo.

Las tres columnas de la derecha se refieren a porcentajes de votos válidos; se omite en ellas, por tanto, cuántas personas se estima que votarán, dato del que el CIS no suele informar de forma explícita. Es muy importante recordar esto: si se estimara que solo el 50% van a votar (cosa por ahora imposible) entonces el 10,6% de respuesta directa para el PSOE se convertiría en el 21,2% estimado por el CIS. Esto es simplemente un cambio del denominador, guiado solo por una estimación de participación. Distintas estimaciones de participación suponen distintas estimaciones finales, algo que se olvida a veces. La primera de esas tres columnas es el recuerdo sobre el pasado, lo que puede contrastarse con la última de ellas, que indica cómo se distribuyeron en verdad los votos pasados. Ahí vemos que el voto a todos los partidos, salvo al PSOE, y especialmente el del PP, está muy “olvidado”. Esto puede deberse a que algunos votantes del PP no responden a la encuesta, o a que ocultan su voto, o a que la muestra ha incluido demasiados pocos (un error estadístico difícil de justificar en este caso, por su magnitud). Esto puede legitimar una corrección al alza del voto futuro al PP. Como el recuerdo de voto tiene toda la apariencia de un dato contrastable, y como suele desviarse de la realidad, los institutos son muy reacios a enseñarlo: es el típico trapo que se prefiere lavar en casa. En realidad es un dato que mezcla recuerdo con opinión y con deseo; y no hace falta ser psicólogo para entender que eso es muy delicado.  A decir verdad, la estimación tampoco es un dato contrastable, salvo cuando las elecciones están muy cerca. Es una hipótesis del analista sobre lo que los ciudadanos dicen que harían, a su vez, en unas hipotéticas elecciones. Lo curioso es que muchas veces funciona.

De todos esto datos a menudo solo se publica la “estimación” (nombre incorrecto porque todos los datos lo son) o proyección del resultado. Ese es el dato que vende papel o visitas. Pero las encuestas serias publican al menos la “intención directa”. Cualquier persona que trabaja con datos de opinión pública sabe que un dato suelto sirve de muy poco, lo útil es una serie de datos comparables, en el tiempo o entre grupos sociales. La intención directa tiene la virtud de ser una pregunta que se hace de forma idéntica en distintos momentos del tiempo. No sabemos muy bien si la intención de voto al PP será de tanto o de cuánto, pero si durante el verano baja cuatro puntos en este indicador, podemos decir que es significativamente más baja que antes del verano (también ha de tenerse en cuenta el margen de error estadístico clásico, que en muchas encuestas, no las del CIS, supera los tres puntos). Por eso el voto directo es crucial, fundamental, rematadamente importante.

La gran novedad de la encuesta de Metroscopia publicada por El País este domingo es que el partido Podemos ha subido, en el último mes, casi diez puntos en intención de voto directa (del 12,3 a finales de septiembre al 22,2 a finales de octubre). Que se sepa, esto no había sucedido jamás. Un cambio así en la intención directa de voto solo se había verificado después de que el PP ganara por mayoría absoluta en el año 2000 (+8,3 puntos en el CIS) y, aún mayor, después de que Zapatero ganara sus primeras elecciones en 2004 (+23 puntos en el CIS). En ambos casos, fue un efecto de “carro ganador”, que suele volver inservible la primera encuesta después de unas elecciones, especialmente si son tan notables como aquellas.

 

Nota. IDV: Intención directa de voto. V+S: voto más simpatía. VE: Estimación o proyección del resultado hecha por Metroscopia

En este caso nos encontramos ante lo que tiene todo el aspecto de ser un cambio real en el electorado, no hay explicación posible y razonable en términos de carro ganador. Una parte de ese cambio se deberá, sin duda, a que las entrevistas se hicieron coincidiendo con la Operación Púnica, que ya es mala pata, pero eso no invalida nada. Si hubiera elecciones a una semana de dstancia de la Operación Púnica, que es lo que se pregunta, posiblemente pasaría lo que la encuesta predice. Lo que necesitamos saber es si la tendencia de Podemos, y del resto de partidos, se mantendrá en esa línea o será fluctuante. Lo que sabemos del pasado es que si un partido gana o pierde cinco puntos a lo largo de un trimestre estamos ante un movimiento inusual. Aquí estamos ante un movimiento extraordinario que otras encuestas, como la del CIS, posiblemente vengan a confirmar. Vuelvo con ustedes en cuanto conozcamos esos datos.

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Nota final. Al terminar esto he encontrado un artículo estupendo que acaba de publicar Jot Down de Kiko Llaneras y Pablo simón que, aunque nos han robado un título a este blog, no puedo dejar de recomendarles como lectura sobre este mismo tema.

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