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La sombra del estrés es alargada... pero no siempre mala

El estrés inducido por contextos de adversidad durante la primera infancia protege, en ratones, ante situaciones de estrés en la edad adulta

Estos resultados tienen implicaciones para la investigación sobre la resiliencia en niños y sobre las posibles consecuencias de distintos estilos de crianza

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En los últimos tiempos están proliferando los estudios que analizan las condiciones en las que se vive durante la infancia y sus posibles efectos en aspectos tan variados como la salud, los resultados escolares o el éxito laboral. En términos generales en ciencias sociales predomina la visión de que estar sometido a adversidades en los primeros años impone a los individuos una suerte de senda que favorece la concatenación de desventajas a lo largo de la vida. La escasez material de los hogares puede condicionar la salud (por ejemplo, aquí) y el rendimiento académico ( aquí) de los niños. Puede hacerlo de manera directa al dar lugar, por ejemplo, a una inadecuada nutrición o la proliferación de enfermedades crónicas.

Pero puede también empeorar sus condiciones de vida al aumentar la sensación de estrés, bien sea directamente en los niños o indirectamente a través de los padres. De hecho, la investigación sobre los efectos del estrés se ha disparado en los últimos años, puede que en parte por el aumento de la prevalencia (o del diagnóstico) de trastornos como la ansiedad o la depresión, relacionados con el estrés, en los países desarrollados.

Aunque existe, entonces, cierto consenso sobre los efectos perversos de la adversidad durante la infancia, en gran parte mediados por el estrés, existe una  nueva evidencia que matiza los debates sobre los efectos acumulativos de la pobreza. En un experimento con ratones se manipularon las condiciones de vida de una muestra de ejemplares macho en dos momentos, uno inmediatamente después del nacimiento y otro algo más de dos meses después, en su vida adulta. En la primera fase del estudio se separó a los ratones a los dos días de nacer en dos grupos. A las crías del primer grupo se les facilitó material adicional y más cómodo para el nido. A los ratones del segundo grupo se les asignaron materiales y espacios para el nido considerablemente menos confortables.

En el noveno día de vida se devolvió a todas las crías y madres a las condiciones normales, las que habitualmente tienen los ratones de esa edad en el laboratorio. Cuando cumplieron los 23 días de vida se destetó a las crías y se les dio alojamiento en jaulas de cuatro individuos, también de acuerdo con la práctica habitual en laboratorio para estos ejemplares en ese momento de su vida.

Cuando cumplieron los 67 días de vida comenzó la segunda fase del estudio, la manipulación de las condiciones de vida como adultos. En esta segunda etapa se separó a los ratones en dos grupos, uno de ellos sometido a condiciones de vida supuestamente estresantes y el otro no. En este caso la situación de estrés procedía de la exposición controlada a sucesivos machos dominantes y la situación que en principio no causaba estrés tenía que ver con la exposición, también controlada, a una hembra.

Con la asignación de los ratones a estos dos grupos se obtienen, por lo tanto, todas las posibles combinaciones de condiciones en la infancia y en la edad adulta: crías estresadas con y sin estrés cuando son adultos y crías no estresadas con y sin estrés en la edad adulta.

En el experimento se midieron, para las cuatro posibles combinaciones y en distintos momentos del tiempo, varios indicadores relacionados con la respuesta al estrés. Los resultados apoyan la idea de que la exposición temprana a ciertas situaciones estresantes parece proteger de los efectos perjudiciales del estrés en los ejemplares adultos. Las crías que pasaron su primera infancia sin estrés, en un entorno "enriquecido", empeoraron en indicadores relevantes cuando se les sometió a situaciones adversas en la edad adulta. Por el contrario, los ratones que habían experimentado estrés desde prácticamente el nacimiento, lejos de acumular más estrés, reaccionaron mejor a la inducción de situaciones adversas como ejemplares adultos.

Por supuesto extrapolar la validez de estos hallazgos basados en ratones a niños y adultos humanos sería demasiado atrevido. Deberíamos determinar qué dosis de estrés y qué tipos de situaciones estresantes en la primera infancia pueden tener efectos beneficiosos. Es evidente que hay situaciones de adversidad que se deben evitar en todos los casos, como la negligencia parental o la malnutrición, independientemente de sus potenciales efectos positivos no intencionados. Y es de esperar que el estrés crónico tenga muchos menos beneficios, si los tiene, que el estrés puntual o de poca intensidad.

También podríamos pensar que el apoyo que ofrezca el entorno a la situación que genera estrés será un importante factor mediador. A pesar de todas estas cuestiones que obviamente el estudio no aborda, la evidencia es coherente con algunas investigaciones que se centran en la importancia de fomentar la resiliencia en los niños y que alertan sobre los posibles efectos perversos de la crianza basada en la sobreprotección, el halago constante y la gratificación inmediata (habrá oído hablar de los padres helicóptero), una crianza que es mucho más frecuente en entornos socioeconómicos favorecidos.

A falta de más y mejores datos que nos permitan evaluar de modo riguroso estas cuestiones, es en cualquier caso una muy buena noticia que aumente la preocupación por los efectos que, a medio y largo plazo, tiene crecer en entornos desfavorecidos.

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