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Hay que impedir que Reino Unido se convierta en marioneta de Trump

Theresa May cree que hizo una jugada maestra con su visita a la Casa Blanca, pero debemos dejarle claro que Reino Unido no puede ser utilizado como apoyo a un protofascista

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Cuando Trump llegue en su visita de Estado, podemos esperar una de las mayores manifestaciones en la historia de Reino Unido. EFE

Otro día más, otro aviso de que Donald Trump supone una amenaza al orden constitucional estadounidense. El cese de la fiscal general en funciones, Sally Yates, tiene toques del estilo de Richard Nixon: excepto, por supuesto, que la presidencia de Trump hará que Nixon parezca un ejemplo de integridad cuando esta acabe. El ya infame decreto de Trump –comienzo de la aplicación de su promesa explícita de vetar la entrada a los musulmanes– ha sido ampliamente condenado por razones constitucionales y legales. Yates ordenó al Departamento de Justicia que no cumpliese la orden porque no estaba convencida de que el decreto fuese “legal”. Y por eso fue purgada.

Muchos presidentes de EEUU han sido responsables de diversas injusticias cometidas en su país, e injusticias todavía más graves en el extranjero. No obstante, es necesario repetir hasta la saciedad que este no es un presidente normal. El manual de estrategia de la oposición no se aplica a un demagogo autoritario e intolerante que no cumple las normas democráticas. Un protofascista no será derrotado con conmovedoras interpretaciones del Kumbaya.

Habrá aquellos en Reino Unido que digan: esto no es asunto nuestro, son los estadounidenses los que tienen que ocuparse de Trump. Dejando a un lado su  clara derrota en el voto popular, ha ganado las elecciones. Los estadounidenses no son conocidos precisamente por apreciar a los extranjeros que se entrometen en sus asuntos internos, mucho menos si son británicos, dado el pequeño detalle de la Guerra de Independencia y el hecho de que las tropas británicas incendiaron la Casa Blanca en 1814.

Por supuesto que los estadounidenses deben dirigir las movilizaciones contra su presidente. Ya hemos visto protestando a un número sin precedentes: en la Marcha de las Mujeres y en manifestaciones espontáneas contra la orden ejecutiva. Esto es esperanzador, y lo menos que podemos hacer es expresar nuestra solidaridad.

Pero también debemos movilizarnos. Porque por la decisión de Theresa May de salir del mercado único, nuestra primera ministra ha decidido aliarse con la Administración de Trump. Se presentó rápidamente en la Casa Blanca casi tan pronto como él se hubo instalado, le aduló, le dio la mano, le alabó por ofrecer renovación en su país y posteriormente se negó a manifestarse en contra de la orden ejecutiva, incluso a pesar de que sus ciudadanos también habían sido atacados.

“¡Nos ofrecerá un acuerdo comercial favorable!”, afirma el Gobierno británico sobre un presidente estadounidense cuyo eslogan característico es “América primero”. “Le contendremos”, dice el Ejecutivo, igual que se decía ingenuamente sobre Tony Blair y George W. Bush. El hecho es que Reino Unido está siendo utilizado para legitimar y normalizar al presidente. Nuestro Gobierno débil y cobarde está convirtiendo nuestro país en una útil muleta para Trump.

Qué humillante para nuestro país convertirse en presa de un racista demagogo. Por eso tenemos la responsabilidad de impedir el intento de convertir a Reino Unido en la marioneta de Trump. Las recientes y multitudinarias protestas improvisadas en decenas de pueblos y ciudades de Reino Unido son solo el comienzo. Se está formando la coalición Stand Up To Trump: podrás seguirlo todo aquí. Miles de personas salieron a protestar con apenas 36 horas de antelación. Cuando Trump llegue en su visita de Estado, podemos esperar una de las mayores manifestaciones en la historia de Reino Unido.

May, que curiosamente no logra acordarse de cómo la alianza de Blair con Bush hundió su Gobierno, cree que llevó a cabo una jugada maestra la semana pasada con la visita a la Casa Blanca. Está en nuestras manos asegurarnos de que la historia juzgue que fue un error fatal.

Traducido por Javier Biosca Azcoiti

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