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Movilizaciones P2P: la revolución de los cualquiera

El 15-M es una expresión de un proceso más amplio y probablemente irreversible: el que ha ido arrebatando a las élites dominantes el control sobre la construcción de la realidad o la capacidad de organizarse. Cuando la crisis económica e institucional se ha manifestado, grotesca y en toda su crudeza, las multitudes conectadas ya tenían las armas y los planos. Y sus revoluciones empezaron a ser visibles.

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 Manifestación a favor de Wikileaks en Zaragoza en diciembre de 2010. Foto: Flickr de sombrerero_loco

Manifestación a favor de Wikileaks en Zaragoza en diciembre de 2010. Foto: Flickr de sombrerero_loco

Dos años después de que el 15-M tomase las plazas de toda España, explotase –unos meses antes- la Primavera Árabe, que las tiendas del movimiento “Occupy” se plantasen frente a las Bolsas de buena parte de los países occidentales y cuando el movimiento mexicano #Yosoy132 cumple su primer aniversario, hemos logrado familiarizarnos con algunos aspectos aparentemente desconcertantes de estas nuevas formas de protesta: la ausencia de jerarquías, su carácter inclusivo y su dinámica caótica.

Esta es la razón, entre otras, del fracaso de estrategias de oposición que buscan el descrédito, acentuando personalismos o afinidades partidistas. Nacen desactivadas porque la mayoría de los ciudadanos han interiorizado la horizontalidad, espontaneidad (tal vez incluso más de la que corresponde) y el carácter plural de estos movimientos. Las encuestas, que con pocas variaciones recogen el amplísimo respaldo social con el que cuentan, son uno de los indicadores de esto.

Sin embargo, más allá de esos grandes rasgos, algunos factores pasan más desapercibidos. ¿Qué diferencia las movilizaciones p2p de las formas convencionales de protesta? ¿En qué elementos se basa el activismo en red y dónde están las claves de su evolución?

El papel de la tecnología

A lo largo de la historia, la tecnología ha estado relacionada con el poder, con el control de los recursos y el desplazamiento de unos grupos por otros, que pasaban a ser los dominantes. Ahora, el individuo dispone de herramientas, cuyo uso se ha democratizado, que permiten la creación y difusión de contenidos a una gran velocidad y en cualquier lugar o momento.

Algunas consecuencias de esta realidad son evidentes y se ha escrito mucho sobre ellas, como la alteración del ecosistema mediático que ha situado al usuario en el centro de un proceso circular, cuando antes era el destinario de un esquema de transmisión de mensajes lineal y asimétrico.

El alcance de esta transformación es enorme, porque más allá de la alteración de la agenda pública que vemos todos los días, se han arrebatado los mecanismos de construcción de la Realidad. La asignación de valores y jerarquías, la construcción de marcos de significación que dan sentido a los hechos, ahora se crean de forma colectiva.

La tecnología ha hecho posible que se traslade esta capacidad de unos pocos (los medios, que antes se la arrebataron a otras instancias, como los intelectuales) a muchos: “los cualquiera”. Pero la explicación también se encuentra en el abandono de la responsabilidad que esto conlleva:

Internet, contaminada por las normas del ámbito científico y universitario en el que surgió, “está diseñado para garantizar que, a largo plazo, sea la verdad la que determine al grupo de evaluadores, y no al revés...Si el grupo evaluador es incapaz de hacerlo, la comunidad se salta su arbitraje y crea nuevos canales”, como explicó Himanen.

La tecnología también ayuda a explicar el modelo organizativo. Un elemento común de las movilizaciones p2p es que todas ellas presentan una organización sin jerarquías basada en una estructura en red distribuida. “un diseño organizativo abierto, “todos con todos” cuya fortaleza se basa en la discusión e intercambio de información libres”, como anticipaban hace más de una década los expertos del centro de estudios de defensa “Rand Corporation”.

Pero, además, la tecnología no tiene valor meramente instrumental, que reduce costes o el tiempo de transmisión. En SinDominio, un espacio alternativo pionero que surgió al calor del CSO el Laboratorio, en estos días okupado de nuevo doce años después de su desalojo, ya lo advertían: “Porque el ciberespacio —digámoslo una vez más—  no es una herramienta, no es una infraestructura: es un determinado modo de utilizar las infraestructuras existentes; en suma, el ciberespacio es un tipo particular de relación entre personas, un verdadero movimiento social que se ha desarrollado al margen de Estados y multinacionales sobre una base de funcionamiento cooperativo”.

En esa cooperación, la alianza con hackers que desarrollan herramientas es uno de los aspectos que marcan, y lo seguirán haciendo, las nuevas formas de protesta. Desde plataformas libres para la movilización, como oiga.me, a herramientas para visualizar la protesta como convoca.cc, garantizar el anonimato como AnonTwi u organizarse como con las aplicaciones de ToqueaBankia.net que combinaban geolocalización, foros y redes sociales.

Las herramientas, además, como explicaba David de Ugarte “no son neutrales”. En el caso de oiga.me, por ejemplo, no solo se busca multiplicar apoyos en torno a una causa, sino que está pensada para superar y poner en evidencia (hackear) las limitaciones de los canales convencionales de participación, como la recogida de firmas para promover iniciativas legislativas, las peticiones al Defensor del Pueblo o a las quejas a los servicios de atención al cliente.

Se trata de una simbiosis que germinó en los Centros Sociales Okupados (CSO) a finales de los noventa y a la que le queda un amplio recorrido. Por un lado, por la capacidad de réplica del modelo en países con un caldo de cultivo políticamente favorable; por otro, por el creciente desarrollo de herramientas para favorecer la participación política y la vigilancia informativa y, en tercer lugar, por la explotación estratégica de los datos que se recogen de las redes sociales.

Por último, la tecnología también marcará uno de los campos de combate donde parece que se atrincherarán las élites desplazadas. Proyectos como la CISPA (Cyber Intelligence Sharing and Protection Act), en Norteamérica, pero de alcance global, o las iniciativas para restringir la libre circulación de contenidos en la Red en nombre de la propiedad intelectual son manifestaciones del mismo fenómeno. En nuestro país, existen en estos momentos dos Comisiones Legislativas, que tienen en el punto de mira Internet y las redes sociales, tanto en el Congreso como en el Senado, que cuesta pensar no estén diseñadas para allanar el camino a reformas legales como la anunciada del Código Penal, teniendo en cuenta los argumentos esgrimidos en su creación.

Otros rasgos de las revoluciones P2P son:

Los valores, heredados de la ética hacker

Parte de la fortaleza de las nuevas revoluciones reside en los valores que las sustentan. Los mismos de la ética hacker que nos narró Levy:

“Toda la información debe ser libre”

“Desconfía de la autoridad. Promueve la descentralización”

“El hacker debe ser juzgado por su hacking, no por criterios falsos como la titulación, la edad, la raza o la posición”

“Puedes crear arte y belleza en un ordenador”

“Los ordenadores pueden cambiar tu vida para mejor”

Entre ellos, el espíritu colaborativo.

“Internet funciona porque mucha gente coopera para hacer cosas juntos”. La cita, que se atribuye a Jon Postel, uno de los padres de Internet y de los hackers más queridos, editor de las RFC ( Request for Comments) que documentan los estándares y protocolos de Internet y gestor hasta su muerte del sistema de asignación de nombres de dominios (DNS), refleja la realidad de “la cocina” de las nuevas revoluciones.

El conocimiento experto (informático, jurídico, de comunicación…) distribuido al servicio de la movilización, emergiendo finalmente el trabajo de años de los hacklabs, donde se había venido ensayado la interdisciplinariedad y la integración de saberes.

Iniciativas legales innovadoras como #15MpaRato, materiales de contra-información como los del grupo artivista G.I.L.A. o la inteligente gestión de la comunicación de las identidades colectivas, por citar tres ejemplos entre otros muchos, son posibles por este entorno cooperativo, donde, además, los saberes se transmiten y las prácticas se contagian.

Los recursos colaborativos aprovechan el potencial de una estructura reticular y son más eficientes. Una idea que, por ejemplo, da nombre a la plataforma “ N–1” [ene menos uno], red social de código abierto desarrollada por hacktivistas del 15M: “Además, el uso de la red, de la distribución y de la colaboración, permite reducir el trabajo total (…) Cada vez que alguien hace algo, con un esfuerzo N, la próxima persona que hace algo tiene que hacer N-1 en esfuerzo para hacer lo mismo”.

Las nuevas revoluciones comparten la ética hacker del trabajo. (“Ser un hacker es muy  divertido,  pero es un tipo de diversión que comporta mucho esfuerzo”, dejó escrito E. S.Raymond), que se caracteriza por la pasión, la flexibilidad del reparto entre tiempo de trabajo y ocio y la meritocracia. En este modelo meritocrático, el papel de un sujeto en la red viene dado por lo se aporta a ella y por el valor que los demás le conceden, en un proceso de revisión colectiva que explica, por ejemplo, el declive de la influencia de los medios de comunicación.

Las acciones distribuidas

Las redes distribuidas permiten (y crecen con) una gran interacción entre todos sus miembros. La discusión horizontal y el libre intercambio de información es lo que alimenta estos movimientos, lo que les permite ser “auto-organizados”, coordinar operaciones y reunir medios.

Con la evolución del 15-M “se han creado redes de activistas que están mucho más conectadas. Se han formalizado esas redes de enjambre que se ahora se activan e hiperactivan a unas velocidades de emergencia espectaculares”, como hace unos meses me explicaba un amigo hacker, anticipando la explosión de las “mareas” que vinieron después.

Protestas como “ ToqueaBankia”, apoyadas en la tecnología y con la premisa “de las redes a la calle” se han basado en microprotestas distribuidas, en un modelo que se replicará con toda probabilidad en acciones futuras.

En las estrategias distribuidas, el desgaste del oponente no se logra con eventos (como las manifestaciones en la protesta convencional), sino con acciones dispersas y constantes que atacan desde múltiples flancos para después replegarse y que se reactivan cuando es necesario. Por eso, en estas dinámicas, la cuantificación de, por ejemplo el número de asistentes, ha dejado de ser una métrica por sí mismo valiosa. Y sí lo son más los datos sobre la topografía (cómo es de descentralizada y densa) y la actividad de la red.

El hecho de que las nuevas movilizaciones en red sean un proceso, es fundamental para entender los periodos de agotamiento que aparentemente puedan presentar. Los colectivos o las acciones se expanden y descentralizan, presentan picos de actividad y pueden terminar disolviéndose en otro movimiento que surja después. Como las nuevas revoluciones son fenómenos caóticos, no se puede anticipar cuál será el movimiento definitivo, porque probablemente no lo haya. “V de vivienda”, por ejemplo, dejó de actuar después de unos años muy intensos en los que logró dar visibilidad al problema del acceso a la vivienda y a la especulación inmobiliaria y llevar sus demandas a los programas electoras de los partidos. Pero sus repertorios (incluso sus pancartas) los hemos vistos replicados en movimientos posteriores, como el 15-M o el “Occupy”. Y ahora revive con fuerza en uno de los nodos más potentes de la movilización social como es la PAH.

Las emociones y los afectos

Hace un tiempo Carlos Almeida me explicaba así los vínculos en las nuevas movilizaciones en red: “Se crean corrientes de empatía que es lo que fortalece realmente todos los movimientos sociales. Se estimula un fenómeno que es fundamental y luego se visualiza en las movilizaciones en la calle, que es la empatía. Lo lazos de solidaridad. Así, los movimientos en red son como unas neuronas cuya sinapsis se basa, sencillamente, en la solidaridad”.

Los afectos y las emociones activan protestas relámpago o “swarming”, (ya lo vimos la noche del 14-M de 2004) y mantienen cohesionada a la red.

Son los sentimientos los que inician los procesos en una dinámica en la que lo que cuenta no es la identidad ideológica sino la sincronización.

La investigación del grupo “DatAnalysis15M”, a partir del análisis de datos, pone en evidencia el papel de las emociones como desencadenante de procesos de acción colectiva.

La comunicación de guerrilla

En uno de los informes pioneros sobre los conflictos en red, el ya mencionado de Rand,  se apuntaba que “las redes, como otras formas de organización, se mantienen cohesionadas por las narrativas, las historias, lo que la que gente dice. Por eso, de quién sea la historia que gana es un aspecto vital de todos los tipos ‘netwars’”.

El nuevo activismo parte de la idea, siguiendo las tesis del semiólogo francés Roland Barthes, de que “alterar el código es más subversivo que destruirlo”.

Por eso, emplean técnicas de comunicación de guerrillas muy eficaces para erosionar, y en última instancia deslegitimar, al contrario. Los “fakes” (o suplantación de identidades), las exageraciones hasta el absurdo, o la tergiversación (cambiar el contexto previsible de un mensaje cultural), son métodos con los que ir ganando terreno en la batalla de las narrativas.

Las narrativas de las nuevas revoluciones, que  emplean tanto los viejos como los nuevos medios y aprovechan la capacidad viral de los “memes” (unidades culturales que se transmiten de unas personas a otras), actúan “como dispositivos de acentuación que o bien subrayan y adornan la gravedad y la injusticia de una situación social o redefinen como injusto o inmoral lo que previamente era considerado desafortunado, aunque tal vez tolerable”.

En esta construcción, los símbolos y las metáforas (“mareas”, “somos el 99%”, “R€gimen del 1%”…) desempeñan un papel clave. Sirven para identificarse y cohesionar al movimiento (crear identidades colectivas), autoafirmarse frente a observadores y antagonistas y fijar los valores y conceptos que conformarán el “campo de batalla” en el que se “enfrentan” los discursos.

Los códigos, como dijo Snow, son “poderosos recursos simbólicos que enmarcan la información” y refuerzan el sistema. Por eso es tan relevante la batalla que se desarrolla en torno a ellos.

Este terreno, el de las narrativas, junto con el tecnológico (la libertad de la Red y los intentos para restringirla), serán determinantes para que las revoluciones de las multitudes conectadas, “los cualquiera”, terminen por imponerse.

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