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¿Permiso? ¿Qué permiso? Tú ve talando

Me pregunto cuándo dejaremos de ofrecer nuestro patrimonio natural al primero que ponga sobre el mapa un puñado de dólares, esas empresas de países modélicos, donde la naturaleza es intocable

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Zona de explotación en Retortillo (Salamanca) con la balsa recién excavada.

Zona de explotación en Retortillo (Salamanca) con la balsa recién excavada.

Este lunes acudí a Salamanca junto a mi compañera Esther Eiros, directora y presentadora del programa 'Gente Viajera' de Onda Cero, para inaugurar la Semana Verde de su Universidad. Al llegar nos recibió un grupo de manifestantes de la Plataforma Stop Uranio para protestar contra la mina de uranio que la empresa australiana Berkeley pretende explotar en las dehesas de Retortillo.

Situado al oeste de la provincia, se trata de un paraje natural de alto valor ecológico, incluido en la Red Natura 2000. Un paisaje característico del bosque mediterráneo, poblado de encinas centenarias y donde crían varias especies amenazadas. O mejor dicho, criaban, porque las obras están en marcha.

El tránsito de vehículos pesados, el trajín de las excavadoras pegándole zarpazos a la dehesa, el ruido de las motosierras y, sobre todo, el solemne manotazo que pegan los árboles al ser derribados contra el suelo han espantado a la fauna del lugar.

Al final de la charla un pequeño grupo de manifestantes pidió respetuosamente la vez para exponer el motivo de su queja. Su sinceridad, su pudor, el consternado tono con el que intentaban trasladarnos la magnitud de la tragedia, contagiaban emoción.

El artista gráfico Victorino García Calderón, miembro de la plataforma, no sabía cómo taparse para que no se le vieran los sentimientos. Con el suyo, nos trasladó el llanto de las gentes del lugar por las encinas abatidas, por el paisaje profanado, un paisaje que es la memoria viva de sus gentes.   

Bajo el impresionante portalón de la fachada plateresca, la conversación con los miembros de Stop Uranio se torno aún más triste. Me contaron que las motosierras han abierto otro corte, entre vecinos y familias, con el dinero prometido por la empresa. "Nos han partido el alma –se lamentaban– el pueblo está roto para siempre".

La tensión entre partidarios y detractores de la mina había entrado en las casas, en los bares, en los paseos. Ha enfrentado a los que ven en Berkeley a un nuevo Míster Marshall y los que les advierten que la concesión, de poco más de una década, es pan para hoy y hambre para siempre.

Al contrastar los datos, mientras escribo estas líneas en el tren de vuelta, descubro que la empresa tiene los permisos en suspenso desde el pasado mes de enero por parte del Ministerio de Energía, a la espera de un informe del Consejo de Seguridad Nuclear que puede tardar dos años.  

Averiguo que la Fiscalía de Medio Ambiente, alertada por las denuncias de los principales grupos ecologistas, ha abierto diligencias ante un posible delito ecológico. No entiendo nada.

Pero mi perplejidad se torna estupor cuando escucho al máximo responsable de la empresa australiana en La Sexta expeliendo soberbia, dejando muy claro que "las operaciones van a continuar" porque la orden del Ministerio no les afecta.  

Me pregunto cuándo dejaremos de ofrecer nuestro patrimonio natural al primero que ponga sobre el mapa un puñado de dólares. Esas empresas de países modélicos, donde la naturaleza es intocable, que sin embargo y como nos canta Serrat "van a cagar a casa de otra gente".

Cuándo recuperaremos la dignidad, la honestidad y la decencia, esas de las que los amigos de Stop Uranio nos sirvieron una buena ración la otra tarde en la Universidad de Salamanca.

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