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El momento Berlusconi

El Partido Popular engorda cuanto más seco está el desierto, cuando más asqueados están nuestros estómagos

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Silvio Berlusconi, center background, is framed by flags as he addresses supporters in Rome, Wednesday, Nov. 27, 2013. Rome, Italia / Andrew Medichini / AP Photo

Silvio Berlusconi se dirige a sus seguidores frente a su domicilio en Roma mientras el Senado votaba su expulsión. / Andrew Medichini / AP Photo

Es obvio que al PP ya no le preocupan sus escándalos, que se conozcan los delitos que han cometido muchos de sus más importantes dirigentes o los que ha cometido el propio partido; no le importa nada que esos dirigentes sean encontrados culpables, no le importa nada que sea evidente su reparto, entre ellos mismos, de todo lo público… Todo eso les da igual, lo dan por amortizado.  

Quizá hubo momentos en Génova de tensión y preocupación, pero eso debió de ser en un primer momento, cuando aún se esforzaban en mantener una cierta apariencia de honradez. Ese momento pasó. Ahora tengo la sensación, la tenemos todos y todas, de que este asunto de la apariencia les da un poco igual. La capacidad de asombro, indignación, hartazgo… tiene un límite más allá del cual o se reacciona o se digiere (y parece que lo hemos digerido, por ahora).

Es el momento Berlusconi, que se sabe cuándo empieza pero no cuándo ni cómo acaba. Si mañana descubrimos que el Gobierno en pleno cobra directamente de la mafia siciliana, nos parecería lo normal. Es un partido lleno de delincuentes, del que se tienen pruebas de que se ha financiado también ilegalmente de múltiples maneras. No importa. El desierto ético les favorece; es más, el Partido Popular engorda cuanto más seco está el desierto, cuando más asqueados están nuestros estómagos.

Pero vamos a reconocer que el comportamiento de la oposición de izquierdas ayuda a que nuestros estómagos lo deglutan todo. La oposición está, como siempre, a sus cosas. Esa escenificación de compadreo político al que asistimos todos los días, ese teatrillo parlamentario que nos hemos acabado por no creer (y que el 15M contribuyó a desenmascarar) ayuda a que nuestra capacidad de hartazgo se haya dado tanto de sí que ya no se le ve el final.

Esta izquierda parece concentrada en sus pupitres, en sus propios apuntes; parece dedicada a hacer sus cálculos pequeños: gano un poco aquí, la gente se me harta por allí, protesto por esto y lo otro... Y a lo mejor gano sin despeinarme. Mientras la izquierda piensa en sus cosas, el PP está perpetrando una especie de golpe de Estado en toda regla, haciéndose con todas las instituciones, legislando en contra de las reglas básicas de una democracia y, desde luego, en contra de los derechos más elementales sin los que esa democracia se convierte en una carcasa vacía.

Son nuestros derechos y son nuestras vidas los que vemos marcharse por el sumidero del Gobierno del Partido Popular al tiempo que vemos cómo la izquierda protesta con una mano y se reparte el pastel con la otra. Si comprendieran de verdad lo que está en juego, si verdaderamente su oposición a la política del PP fuese real, en todos los frentes, si les importasen realmente las consecuencias de estas políticas más allá de cumplir con su papel, lo sabríamos.

Si su crítica a la reforma que hizo Gallardón del CGPJ era real, ¿por qué luego contribuyen a legitimarla con este reparto? No es buena idea protestar por un lado y después pactar el reparto como han hecho siempre y tanto se les ha reprochado; no es buena idea protestar por ese reparto y luego estar a favor cuando te ofrecen una miserable parte de él; es infumable apoyar a la ponente que se opuso a revisar la sentencia del consejo de guerra que condenó a muerte al poeta Miguel Hernández. ¿Todo da igual?

Ellos dirán que es inevitable y que actúan así por que tienen sentido de Estado. Nosotros lo vemos como una muestra más de esa política del compadreo y el pacto, del reparto de cuotas de poder, de influencia, de puestos, que nos tiene hartos y asqueadas. Unos son más corruptos que otros, no me cabe duda, y más dañinos, pero donde se demuestra el sentido de Estado es en la decencia política, en la coherencia, en la voluntad de ponerse del lado de la ciudadanía aunque se pague un precio inmediato.

O la izquierda entiende que el Estado somos la gente, o la gente terminará por entender que estos partidos no tienen nada que ver con nosotros. Y mientras, el PP engordando. Sólo por recordar: el momento Berlusconi ha durado, por ahora, 20 años y el único que ha salido beneficiado ha sido Berlusconi. 

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