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¿Es necesaria una ley LGTBI?

Esta ley no pretende adoctrinar ni castigar, busca evitar las discriminaciones cotidianas e invisibles que sufren las personas por ser gais, lesbianas, bisexuales, trans o intersexuales

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La manifestación del Orgullo de Madrid levantará su voz por los que no pueden

Manifestación del Orgullo. EFE

La Ley de Igualdad LGTBI no es una ley penal ni tampoco una ley mordaza. Su texto es ambicioso, sin duda, y es cierto que su articulado recoge –como tantas normas administrativas– un régimen sancionador que debe ser afinado. Su finalidad no es castigar ni perseguir al tránsfobo, al homófobo o al bífobo, tampoco es adoctrinar a nadie. Esta Ley lo que busca es evitar las discriminaciones cotidianas e invisibles que sufren las personas por ser gais, lesbianas, bisexuales, trans o intersexuales (LGBTI). 

Tener que proyectar una ley de estas características, en esta ocasión para el colectivo LGBTI pero perfectamente planteable para otros colectivos vulnerables sistemáticamente discriminados en el día a día, debería llevar a pensar en la cantidad de resistencias que cada miembro de la sociedad transporta para que –una década después de haber logrado importantes avances legales en el reconocimiento de los derechos LGBTI– haya que ‘obligar’ a aceptar, integrar y normalizar la orientación sexual, la identidad de género y otras expresiones de género en los libros de texto, en las residencias de tercera edad, en los formularios públicos, en los catálogos de libros de las bibliotecas, en los recursos de servicios sociales, en las inscripciones de nacimiento, en la atención sanitaria, en los reglamentos de convivencia de los centros educativos... Y así, una lista de medidas que puede parecer interminable pero que, sobre todo, deja al descubierto la cantidad de espacios que a día de hoy no están libres de discriminación, de lgbtfobia. 

El texto propuesto, y que entra a trámite para ser enmendado y debatido, debería poder analizarse y discutirse más allá de la polémica que desató hace tres meses su articulado sancionador (capítulo que Unidos Podemos asegura modificará). Ahora, aquellos barros sirven para retroalimentar a la incansable y ultraconservadora Hazte Oír que actualiza y vuelve a la carga con su mensaje a la opinión pública.

Lo cierto, es que el debate de esta Ley debería servir para zarandear no solo las estructuras heteropatriarcales de la sociedad sino también las de quienes se autodefinen ‘gayfriendly’ y que, por ejemplo, en ningún momento pusieron el grito en el cielo ante las terapias de reconversión que se realizan a pesar de ser inútiles y perjudiciales para quienes las sufren. 

También puede ser una oportunidad para que el propio mundo LGBTI, cada vez más blanco, neoliberal y gay, incorpore en el enfoque transversal del texto la voz y el protagonismo de quienes representan la interseccionalidad del colectivo LGBTI, es decir, de aquellas personas que se enfrentan a la múltiple discriminación por su orientación sexual e identidad de género y por tener una característica (su raza, su etnia, su religión, su nacionalidad, su falta de documentación, etc.) que les señalan como doble o triplemente vulnerables en la sociedad. Su vivencia y sus necesidades están sistemáticamente fuera de las agendas políticas de las principales organizaciones LGBTI, que como yo misma, gozan del privilegio de la nacionalidad española y la tez blanca, y en gran medida, también, del articulado de esta ley que ha sido redactada sin su aportación en primera persona. Esta omisión, si no se subsana, nos hará perder la oportunidad de tender puentes con otras realidades culturales y religiosas con las que debe convivir el colectivo LGBTI sin forzarlas a ‘occidentalizarse’ ni ‘neoliberalizarse’ para ser aceptadas y formar parte de nuestra sociedad. Sería un grave error reproducir los prejuicios y discriminaciones sobre quienes, siendo LGBTI, no son como nosotros esperamos que sean en otros aspectos identitarios que nos diferencian.

Un error frecuente en la tramitación de este tipo de leyes que afectan tan directamente a un colectivo específico es que, al final, entre la defensa de unos y la desgana de otros, parezca que su articulado no es universal. Nada más lejos de la realidad, este tipo de leyes nos deben afectar a todos no mediante obligaciones o sanciones sino porque representen una oportunidad para arraigar la diversidad y la libertad de expresión. Una oportunidad de echar por tierra las barreras del yo y lo mío. 

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