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Mater dolorosa

Rafael Reig

Nuestros días son cada uno hijo del anterior, padre del siguiente. Sin embargo, ¿tan difícil será que sientan amor filial unos por otros? ¿Cuesta tanto que los días de nuestra vida formen una familia bien avenida?

Este era el deseo de William Wordsworth en aquel famoso poema que escribió el 26 de marzo de 1802:

My heart leaps up when I behold A rainbow in the sky. So was it when my life began; So is it now I am a man; So be it when I grow old, Or let me die! The Child is father of the Man; And I could wish my days to be Bound each to each by natural piety.

Salta mi corazón cuando contemplo

un arcoíris en el cielo.

Así fue cuando comenzaba mi vida;

Así es ahora que soy un hombre;

Que así sea cuando me haga viejo,

¡o dejadme morir!

El Niño es padre del Hombre;

y podría desear que mis días estuvieran

unidos uno a otro por una piedad natural.

¿Quién podría no desearlo? Que el niño que fuimos se sienta unido al hombre que somos ahora con amor filial, por un sentimiento natural de piedad, de devoción o de respeto.

¿Qué piensa aquel niño del hombre cansado que somos ahora? Es su hijo, pero ¿se siente unido a él o decepcionado por él? Y el hijo, ¿qué piensa del padre, de aquellos días de la infancia, cómo lo recuerda, acaso se avergüenza de él?

Para un romántico como Wordsworth, el hilo que une las perlas sueltas de los días, lo que forma el collar, es la persistencia, no de la memoria, sino de la emoción: el mismo sobresalto al ver el arcoíris. Es ésta la piedad natural que mantiene a la familia unida, lo que le permite reconocerse a Wordsworth en cada una de las sucesivas personas en que se ha ido convirtiendo.

¿Qué queda de aquel niño en el que soy ahora? Esa es una pregunta que todo el mundo se hace, pero un poeta, si es bueno, puede llegar a complicar mucho las cosas y también se pregunta, por ejemplo, qué hay de mí en mi padre, como hace César Vallejo en el inolvidable poema “Los pasos lejanos”, de Los heraldos negros.

Mi padre duerme. Su semblante augusto figura un apacible corazón; está ahora tan dulce... si hay algo en él de amargo, seré yo.

Hay soledad en el hogar; se reza y no hay noticias de los hijos hoy. Mi padre se despierta, ausculta la huida a Egipto, el restañante adiós. Está ahora tan cerca; si hay algo de él de lejos, seré yo.

Y mi madre pasea allá en los huertos saboreando un sabor ya sin sabor. Está ahora tan suave, tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar sin bulla, sin noticias, sin verde, sin niñez. Y si hay algo quebrado en esta tarde, y que baja y que cruje, son dos viejos caminos blancos, curvos. Por ellos va mi corazón a pie.

Con las gafas de cerca vemos que el poema tiene cuatro estrofas: una dedicada al padre y otra a la madre, y ambas unidas por otras dos, con el mismo principio (“Hay soledad en el hogar”) que se refieren al hogar familiar del que los hijos están ausentes. El poeta ve a sus padres solos, a su madre “viuda de su hijo” (como dirá en otro poema); el hogar que ha dejado atrás, la propia infancia, el niño que fue.

El padre está dormido, como una estatua o el cuadro de un antepasado de “semblante augusto”, dentro de casa; pero la madre está en movimiento, fuera de casa y hasta del pueblo, en la “salida”, que no es otra cosa que el “campo contiguo a las puertas de los pueblos, adonde sus habitantes salen a recrearse”, según la novena acepción que da la RAE. Fuera de sí misma, “tan ala, tan salida, tan amor”.

(Confesaré, entre paréntesis, que no estoy seguro de que haya que descartar un sentido sexual. Basta recordar otros versos de Vallejo:

Mi madre me ajusta el cuello del abrigo, no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar.

La mujer de mi padre está enamorada de mí, viniendo y avanzando de espaldas a mi nacimiento y de pecho a mi muerte.

Cierro paréntesis).

El contraste entre padre y madre se reproduce en el juego de contrarios: el rostro dulce en el que, si algo hay amargo, seré yo; lo cerca que está ahora el padre, ya que, si algo hay lejos, seré yo.

El padre se despierta y contempla (o ausculta) un cuadro, La huida a Egipto, sin duda una lámina de las que se pueden encontrar en cualquier comedor. Es una de las escenas bíblicas (Mateo 2, 13-15) más frecuentadas por los pintores (Giotto, Fra Angelico, Rembrandt, Rubens, Durero, Caravaggio, Murillo, El Greco, casi ninguno ha dejado de pintarla). Un ángel le dice en sueños a José que tome al niño y a su madre y huya a Egipto, para evitar que Herodes mate al pequeño. De noche parten los tres hacia Egipto, la Sagrada Familia convertida en fugitivos perseguidos. Como diría Vallejo: “Yo tengo mucho gusto de ver así al Padre, al Hijo y al Espíritusanto, con todos los emblemas e insignias de sus cargos”.

En la segunda parte del poema salimos al campo, con la madre que pasea “allá en los huertos”. Este nuevo contraste añade tensión al poema, separación, no sólo de los hijos y los padres, sino entre el padre impotente e inmóvil, en el interior; y la madre al aire libre, lejos, fuera (salida) y casi alada.

(La decisión de cuál es el “sabor ya sin sabor” que saborea la madre hay que dejarla a la imaginación de quien lea).

El hogar sigue vacío, sin la bulla de los niños, y ahora, si algo hay que contrasta, son “dos viejos caminos blancos, curvos”: a su padre y a su madre los ve ahora como dos caminos por los que su corazón va a pie.

¿Hacia dónde?

Exacto: a la muerte.

A diferencia de Wordsworth, el hilo con el que Vallejo anuda los días es el dolor. El sacrificio futuro del hijo enhebra en el mismo dolor a toda la familia y al niño con el hombre que sufre.

Vallejo, en sus poemas, era propenso a verse, por así decir, como un Nazareno crucificado, como alguien que será sacrificado (en París, un jueves, con aguacero: un día del que él ya tiene el recuerdo).

Esos caminos curvos son su padre, claro está, por los cuales transita el dolor del hijo, pero también son, creo yo, los mismos “maderos curvos” de otro espectacular poema, uno de los primeros que escribió Vallejo, y los maderos de la cruz y del ataúd.

Al releerlo ahora junto a este otro, “El poeta a su amada” se tiñe (aún más) de un tono incestuoso que multiplica su efecto:

Amada, en esta noche tú te has crucificado sobre los dos maderos curvados de mi beso; y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado, y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

En esta noche clara que tanto me has mirado, la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso. En esta noche de setiembre se ha oficiado mi segunda caída y el más humano beso.

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos; se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura; y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos; ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

¿El poeta a su amada o será más bien a su amada madre? Se dice que este poema procede de la muerte de su madre y del beso que Vallejo le dio a su cuerpo una vez metido en el ataúd. Puede ser, pero, como fuere, desde luego aquí hay tomate.

En 1917 Vallejo envió desde Trujillo este poema a Clemente Palma, el crítico literario de más prestigio en el Perú de entonces, y recibió una respuesta estimulante:

Nos envía usted un soneto titulado “El poeta a su amada” que en verdad lo acredita a usted para el acordeón o para la ocarina antes que para la poesía. Sus versos son burradas más o menos infectas y que hasta el momento de largar al canasto su mamarracho no tenemos de usted otra idea sino la de deshonra de la colectividad trujillana, y que si descubrieran su nombre el vecindario haría lazo y lo amarraría en calidad de durmiente en la línea del ferrocarril de Malabrigo.

Y aún hay quien pretende que las críticas de Ignacio Echevarría son duras.

Aunque en el poema que nos ocupa, “Los pasos lejanos”, se habla de varios hijos, lo cierto es que sólo trata de uno: el hijo que morirá en la cruz (o en París).

Lo que tenemos, entonces, en el poema es una imagen de la Sagrada Familia, vista por o desde el hijo que morirá. En términos pictóricos o escultóricos, Vallejo está haciendo aquí un “stabat mater”, una “mater dolorosa” que sufre por la muerte de su hijo.

El padre, que se pasa medio poema dormido y luego está atontado mirando un cuadro, se parece bastante a un José que nunca se entera de casi nada, pero sufre igual. A la madre nos la presenta con ojos de amante, distraída, todavía no avisada de lo que se le viene encima: el sacrificio del hijo, ese inocente al que crucifican sin que él les haga nada:

Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París —y no me corro— tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso estos versos, los húmeros me he puesto a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban todos sin que él les haga nada; le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos…

Este célebre poema se titula “Piedra negra sobre una piedra blanca”. El título tiene que ver con sepulturas y lápidas, con fosas y señales, pero también con la antigua costumbre de los romanos de meter en una vasija una piedra blanca los días felices y una negra los días tristes; así, a final de año, hacían recuento y sabían si había sido un año bueno o malo.

¿Y por qué habla de su muerte en tercera persona?

Porque ya no es él, porque “Los pasos lejanos” del poema no son los de los padres, sino los suyos: los de su corazón que avanza a pie hacia la muerte.

Lo que a mí me parece que hace el ateo y comunista Vallejo es disolver la Sagrada Familia en una representación del sufrimiento humano y al mismo tiempo elevar a su familia y su dolor para convertirlo en una representación impersonal del dolor como destino humano.

El mismo lo explica mucho mejor en el poema en prosa “Voy a hablar de la esperanza”:

Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista, también lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. Si no fuese católico, ateo ni mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente.

Y así va diciendo, hasta el final del poema, donde nos aclara cómo se va de la familia al dolor, al dolor solamente, al lugar donde sucede el dolor por sí mismo, sin que le suceda a nadie, sino a todos:

Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran, inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de hoy no es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como le sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia oscura, no dejaría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no echaría sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro solamente.

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