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Tsunami en Valdelagrana

Pantallazo de un vídeo durante la subida repentina de la marea

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Estaba la playa igual que una feria, ¡válgame San Cleto, lo que es la canícula! En el verano más fresquito de los años próximos, cuando se incendian hasta las macetas de geranios y los cubitos de hielo se despachan a precio de diesel, lo que nos faltaba era un ensayo general de tsunami. Ocurrió este fin de semana en la playa de Valdelagrana, que es de El Puerto de Santa María, aunque la ciudadanía de Jerez suela cariñosamente anexionársela.

El mar, la mar, ¿por qué me trajiste, madre, el mar, invadiendo las sombrillas, las neveras de playa, mientras los bañistas parecían figurantes de 'Lo imposible', de Juan Antonio Bayona? Mientras la orilla toda cantaba 'Como una ola', en homenaje a Rocío Jurado, los veraneantes, por unos minutos, se convirtieron en versos de 'Marinero en tierra', arramblando la bahía de Cádiz con bombones helados, flotadores, bañadores de pato, torretas de vigilancia, casetas y castillos de arena, casi como cuando en 2003 se tragó a una patera con 37 vecinos de Hansala, en Marruecos, frente a la cercana base de Rota.

No llegó, esta vez, el agua al fondo, no se asusten. Era un simple tráiler de lo que puede venírsenos encima, al parecer provocado en esta ocasión por un sismo submarino en el Golfo de Cádiz. La tierra, como diría Gloria Fuertes, es una señora mayor que de vez en cuando tose. La última vez que tuvo pulmonía por estos pagos fue en 1755, como un spin-off del terremoto de Lisboa: el maremoto provocó miles de muertos en Huelva y que Conil de la Frontera cambiara de sitio. En la capital gaditana, la gran ola llegó hasta mitad de la calle de La Palma: desconfíen de la señal que indica hasta dónde subió repentinamente la marea, porque alguien la cambió de sitio y en la patria chica de la procrastinación nadie la ha repuesto en su lugar.

Hasta allí llegó la inundación porque, cuentan la leyenda y los legajos antiguos, el párroco y los fieles sacaron a María Santísima y al Detente Satanás hasta que pasó el chaparrón marino: “Sobrevino la alteración del mar, cuyas olas con mucha ferocidad inundaron el barrio de la Viña y hasta la calle de Capuchinos, y que habiendo sacado el guion de nuestra capilla a la calle y portada de ella, sin embargo, de lo muy enfurecido que venía el mar se detuvo y retrocedió desde las primeras cuatro esquinas inmediatas a dicha nuestra capilla”, según recogió el cofrade José Luis Ruiz, en un acta que informa sobre lo que aconteció el 1 de noviembre de aquel año.

Grande Marlaska recomendó que, en el albur de que la ciudad-isla se viera de nuevo asolada por similares circunstancias, la población contaría con noventa minutos para su tocata y fuga

En un Estado supuestamente laico como el nuestro, tendemos a confiar más en los decretos leyes que en los milagros: ¿qué otra cosa sino prodigios de la hechicería democrática han sido la reforma laboral, el ingreso mínimo vital y la eutanasia? Así que, a falta de vírgenes y cristos de la misericordia, siempre nos quedará Fernando Grande-Marlaska. El ministro del Interior presentó hace meses en Cádiz el protocolo anti-tsunami: no requiere indumentaria de etiqueta pero el Estado, que siempre piensa en salvarnos en la paz para matarnos en la guerra, ha calculado que tendremos alrededor de noventa minutos para quitarnos de en medio en cuantito el océano diga ya estoy aquí.

Su Ilustrísima, que fue diputado cunero por Cádiz, recomendó que, en el albur de que la ciudad-isla se viera de nuevo asolada por similares circunstancias, la población contaría con ese lapso de tiempo para su tocata y fuga. Misión imposible, como sabe cualquiera, que ni un alma entre o salga de la Tácita de Plata, en tan sólo hora y media salga, en carnavales, Semana Santa o conciertos de Alejandro Sanz en el estadio Nuevo Mirandilla. Y, menos, en una catástrofe de agua tapá. Así que, con la tranquilidad del deber cumplido, nuestras autoridades sugieren que la huida de los gaditanos no se produzca en horizontal sino en vertical: ya nos veo escalando el monumento a Las Cortes o la azotea de la Torre Tavira, que, como diría La Canalla, puede verse más solicitada que un abanico en Lebrija.

Lo mismo, cuando el destino nos alcance, nos quedaremos tendidos en la tumbona, como hacemos ahora ante el cambio climático; a ver si el agua, por lo menos, nos refresca de los 47 grados a la sombra

Medio Cádiz se ha agenciado, en las rebajas de El Millonario, piolets y trajes de neopreno, por si la pleamar 2.0. Solo rogamos a quien pueda interesar que todo ello no ocurra en verano: las jugadoras del bingo playero en La Caleta no se moverían de sus sillas portátiles hasta que, al menos, alguna cantara línea; por lo que la mortandad podría ser así muy superior a la de la lluvia torrencial de gases y mamporros poco naturales en la valla de Melilla.  

No nos viene mal el susto de Valdelagrana, como un spoiler de lo que puede esperarnos en el futuro. Ríanse de las antiguas serpientes de verano: esto empieza a ser irreal como la vida misma. El monstruo del lago Ness, hoy por hoy, son los polos derritiéndose como un frigodedo pasado de fecha, otoños que arden y primaveras de sequía. ¿A dónde huiremos en vertical entonces cuando Venecia sea La Atlántida y Jaén tenga playas? Adiós, pues, incluso a la memoria del posado de la Obregón, de las películas de Alfredo Landa, López Vázquez y Gracita Morales, de los hidropedales de Brassens frente al cementerio marino de Sête, del Azor y el Bribón regateando en la línea de horizonte, de las viejas avionetas repartiendo balones de Nivea sobre la transición democrática española. Lo mismo, cuando el destino nos alcance, nos quedaremos tendidos en la tumbona, como hacemos ahora ante el cambio climático; a ver si el agua, por lo menos, nos refresca de los 47 grados a la sombra. O, lo mismo, nos veo venir, volveremos a sacar a nuestros dioses a la calle, a ver si ellos sienten más piedad por su creación que la que sentimos sus criaturas por nosotros mismos.

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