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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

El monopolio de las ideas

Esta semana Zaragoza ha podido ver dos películas que no han sido proyectadas en los cines porque el monopolio local de la distribución así lo quiso. Ambas películas han visto ratificada su calidad por numerosos premios de certámenes internacionales.

La coproducción franco-belga-alemana ha hecho posible el nacimiento de El joven Karl Marx, una biografia (biopic para no parecer poco moderno) dirigida por el dominicano Raoul Peck en 2017.

Un principio desgarrador inspira un artículo que enfrenta al joven Marx, de familia burguesa alemana protestante (que había renunciado al judaísmo), con una sociedad, la alemana (o la europea en general) que es capaz de matar a pobres por recoger leña en el bosque. Esa sensibilidad hacia el desfavorecido le induce a escribir artículos muy críticos con la sociedad de entonces y por los que es perseguido y desterrado de Alemania, Francia y Bélgica. Eran tiempos donde el periodismo era una profesión de honor y riesgo.

Una película, en la que Peck huye del posicionamiento político para centrarse en contar la historia europea de mediados del siglo XIX, una historia que, si eliminamos la imagen y nos quedamos con el audio, creeríamos actual. Es su gran fuerza, la intemporalidad de su relato.

Jenny es una joven de la familia aristocrática prusiana von Westphalen que no duda en abandonar su vida de lujo para defender junto a su marido Karl, una sociedad más justa, sin precariedad, sin hambre. Se convertirán en el centro de la historia mundial de su tiempo junto a personajes como Jean-Joseph Proudhon, Mijail Bakunin, Arnold Ruge, el que llegaría a ser el mejor amigo de Marx, el empresario textil Friedrich Engels, un joven atormentado por la explotación que observa en las fábricas de su padre en Manchester y la que fue su compañera Mary Burne, una mujer irlandesa de familia humilde que vivía la pseudoesclavitud de las fábricas inglesas. Nunca quisieron casarse por no usar una institución burguesa.

Karl y Jenny vivirían todas las miserias de la sociedad: la persecución, la pobreza, la necesidad y la muerte de varios hijos. Marx y Engels vivirían una juventud de sueño revolucionario que erradicara la pobreza y explotación de la mayoría de la sociedad, de esos trabajadores cuyo jornal no era capaz de cubrir las necesidades esenciales de su familia, que trabajaban todos los días de la semana en situación de precariedad extrema, tanto económica como física. Quizás entendamos ahora las trabas de algunas distribuidoras para su proyección en salas de cine.

Esa fuerza juvenil les llevó a liderar la Liga de los Justos, convertirla en la Liga Comunista y escribir el Manifiesto Comunista, primer compendio de las demandas sociales anticapitalistas. Corría el año 1848.

La otra película, aún más premiada, es El silencio de otros producida por Pedro Almodóvar y Esther García, entre otros. Y cuyos directores, Almudena Carracedo y Robert Bahar, desaparecen para dar el protagonismo a unos personajes que cuentan sus experiencias en primera persona. No hay modo más descarnado y directo de contar las historias de la Historia, sin ficciones ni florituras que hagan al espectador relajarse por sentirse a salvo de la acción.

La cinta narra el empeño de muchas personas por encontrar a aquellos familiares desaparecidos durante la época de Franco. Cómo durante el franquismo se prohibió y persiguió cualquier intento de investigación para encontrar a familiares represaliados y a los responsables de sus asesinatos y cómo la Transición tuvo exactamente el mismo efecto gracias al silencio de gobiernos, Administración e Iglesia con la inestimable ayuda de los juzgados españoles, que llega hasta la fecha. Son 83 años de silencio y olvido impuesto. No podía estar mejor elegido el título de este largometraje en formato documental.

Este olvido impuesto se hace aún más inexplicable cuando empiezan a aparecer en los medios los casos de robos de bebés en los años 80. Fue un crimen que comenzó con el mismo alzamiento militar franquista con el objetivo de quitarle los hijos a las madres “rojas” para dárselos a familias afectas al régimen donde recibirían una educación nacional-católica que los separaría del comunismo opresor. Con los años, el mecanismo se fue sofisticando y el objetivo económico pasó a ser el único, robando hijos de mujeres solteras o familias pobres y dándoselos a familias pudientes españolas o extranjeras a cambio de una buena cantidad de dinero. Un negocio aberrante. Hay casos documentados hasta 1996, bien entrada la “democracia”. Esta historia era más conocida entre las élites franquistas que entre las familias afectadas (por su aislamiento), a las que siempre se les decía que el hijo había muerto y, si insistían, se les enseñaba un cadáver infantil congelado para estos momentos. La profusión de casos ha hecho que explotara la curiosidad de todas aquellas familias que sufrieron esos momentos terribles y que ahora esperan encontrar a sus hijos o hermanos en alguna parte del planeta.

Pero tanta traba lleva a muchas familias a la desesperación (muchos hijos de asesinados son muy mayores y alguno fallece durante el rodaje) hasta que deciden acudir a la justicia de otro país, como hicieron los chilenos con Pinochet, ya que los delitos de lesa humanidad no prescriben aunque la ley española de Amnistía así lo pretenda. La jueza argentina Servini admite el caso, que no ha parado de crecer desde los dos denunciantes primeros hasta los más de 300 actuales.

Pero esto no es un camino de rosas. El Gobierno español ha puesto todas las trabas posibles a la investigación, como evitar la extradición de posibles responsables de torturas y asesinatos y el interrogatorio de testigos, tanto en Argentina como en España, llegando a pararse el proceso por las amenazas del embajador español de romper relaciones diplomáticas.

El momento más emotivo se produce cuando Ascensión Mendieta ve los restos de su padre después de que un juez autorizara su exhumación, 80 años después de su asesinato y por la solicitud inapelable de la jueza argentina. El amor hacia una persona que casi no conoció pero que alguien decidió que debía arrebatarle con la muerte para saciar sus ansias políticas. Todos los entrevistados dicen lo mismo: no buscamos venganza sino encontrar a nuestros familiares y juzgar los delitos conforme a la legislación española e internacional. Es la lucha de un país que quiere reconciliarse con su pasado, un pasado que algunos quieren confundir en el olvido, incluso evitando su proyección en las salas de cine. Pretenden conservar el monopolio de las ideas, por muy inhumanas que sean, no conocer a Marx o las consecuencias del franquismo, para perpetuar el olvido de los derechos más elementales del ser humano.

P.D.: El joven Karl Marx ha sido proyectada en la sede de IU en Zaragoza el día 19 de enero de 2019 y El silencio de otros en la Filmoteca de Zaragoza los días 9, 12 y 18 en el ámbito del Certamen La Imagen de La Memoria.

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