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Los hombres que tienen miedo

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Lenín Moreno, presidente de Ecuador, decía este viernes que 'los hombres estamos sometidos permanentemente al peligro de que nos acusen de acoso'.

Hablamos de Ecuador, un país donde una mujer denuncia una violación cada 30 minutos. Y hablamos sólo de las denunciadas, como en cualquier otro tipo de violencia contra la mujer, los casos denunciados son sólo la punta del iceberg. Las cifras reales son incalculables.

Este pensamiento no es exclusivo de Lenín Moreno, es una cantinela que a todas nos suena porque hemos leído o escuchado ya muchas veces reflexiones similares. 

Este tipo de discursos cala mucho en sociedades como la ecuatoriana o como la nuestra, sociedades machistas deseosas de recordatorios contantes que les cuenten que los hombres están perseguidos, acosados, atemorizados por el nuevo poder que se otorgan las mujeres.

Hablamos de hombres que no sólo temen que se les acuse de acoso (sus motivos tendrán para temer esto) sino la certeza de que sus denunciantes serán creídas por este movimiento de liberación de las mujeres que arrasa por donde pasa. En mi opinión, tener miedo a que te acusen de acoso es problemático en sí mismo, porque o bien sabes que alguien tiene motivos para denunciarte o bien no te queda muy claro cuándo y cómo estás acosando. Los que están en el segundo grupo y siguen a día de hoy temiendo que los denuncien no parecen tener interés en conocer la respuesta, más bien quieren que las mujeres vuelvan a no ser creídas, y seguir haciendo y deshaciendo como les venga en gana, como siempre han hecho. 

Estos hombres siguen estando protegidos por un sistema patriarcal, con una justicia machista y un descrédito constante de las instituciones hacia las mujeres, pero empieza a saberles a poco, porque antes era mucho mejor. Antes, las mujeres se iban a casa con su humillación y su trauma, se guardaban su dolor y lo gestionaban en lo privado. Y ahora no. Ahora parece que cualquier mujer puede crearte un problema. Como si tratarlas como si fueran un objeto de usar y tirar significara irte a casa pensando "oye, que están muy venidas arriba, a ver si esta me da la sorpresa y me denuncia". Este dolor de cabeza que antes no tenían, esta vulnerabilidad desagradable a que pueda hacerse justicia (¡justicia para ellas! ¡habrase visto!) supone una pérdida de privilegios insoportable. 

Quienes han crecido a la sombra del patriarcado, recogiendo todos sus frutos y saboreándolos con devoción, sienten ahora que cualquier cosa que amenace el sistema que los mimó es una injusticia y un peligro tanto para él como para su hermandad (no tienen ni idea de lo que nos cuesta a nosotras desaprender para poder tejer una red sorora y tendernos la mano: mientras a nosotras nos enseñaban a ser enemigas, ellos mamaban del sentimiento de hermandad). Es decir, sienten como un peligro que la balanza empiece a equilibrarse. No odian tanto vernos subir como el hecho de que para que subamos, ellos necesitan bajar.

Ahora, con esta lucha que no deja de crecer, con esta Justicia que ya no sienten como tal porque a veces hay sentencias colosales que les meten el pito para adentro del susto... ahora, sienten algo que es verdad: están sometidos al peligro constante de ser denunciados por acoso. Lo único que parecen no ver es que lo están porque acosan. La diferencia entre ellos y nosotras es que ellos viven sometidos al peligro constante de ser denunciados por mujeres y nosotras, al peligro constante de ser acosadas, maltratadas, violadas y asesinadas por hombres.

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