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Carta con respuesta es un blog del escritor Rafael Reig. Dejad vuestros comentarios en este blog sobre vuestras preocupaciones políticas, sociales, económicas, teológicas o de cualquier índole, y él os responderá cada martes.

Hay quien habla de una segunda Transición. Para decidir si se está de acuerdo o no con esta etiqueta, lo primero que habrá que aclarar es en qué consistió la primera Transición. A mi modo de ver, la recuperación de la democracia, tras la muerte del último dictador europeo, no era optativa: sucedería de todas formas. El verdadero argumento de la Transición por tanto fue el de elegir la forma de las instituciones democráticas o dicho más claramente: en impedir ciertas formas.

En concreto, creo que la Transición tuvo tres pilares: impedir una República, impedir el federalismo e impedir el protagonismo de la izquierda, es decir, del PCE y otros partidos comunistas, que eran quienes habían protagonizado la lucha antifranquista. Todo ello obedecía a la voluntad de Franco, por supuesto, que ya había nombrado rey a Juan Carlos, consideraba indisoluble la patria y había hecho del anticomunismo su misión en la vida. Así se hizo y para apartar al PCE se creó un partido socialdemócrata a cargo de Felipe González. Felipe González y los demás cumplieron con su deber: OTAN, mercado laboral flexible, protección a la Iglesia, etc. En este sentido se puede afirmar que la Transición fue un éxito rotundo.

Sin embargo, con el paso del tiempo y la crisis económica se hizo evidente que la izquierda se resistía a desaparecer. En abril de 2013 el barómetro electoral que Metroscopia realizó para El País daba un resultado alarmante: en intención directa de voto, IU (con el 10,7%) ya superaba al PSOE (con el 8,8%).

Pocos meses después, en enero de 2014, aparece Podemos.

El resultado a la vista está, la segunda Transición tiene el mismo objetivo que la primera: la desaparición de la izquierda.

Es muy interesante recordar ahora aquel estudio de Metroscopia, puesto que deja claro que el bipartidismo estaba ya mandado recoger. Frente al clásico esquema de la democracia del 75/25 (el 75% de los votos repartidos entre PSOE y PP, y el 25% para el resto), la tendencia manifiesta ya era un reparto 50/50. “O para ser más precisos, hacia una distribución en tres grupos 50/30/20: el 50 % correspondería a la suma de votos logrados por PP y PSOE; el 30% a la suma de votos de IU y UPyD; y el 20 % restante a los que corresponderían, en conjunto, a los partidos nacionalistas y regionalistas”.

Interesante, ¿verdad? Parece claro que el bipartidismo ya estaba desmoronándose, pero (de nuevo) no valía cualquier forma de romper el bipartidismo. En concreto, no valía romperlo desde la izquierda. En estimación del resultado electoral (que es diferente que la intención directa de voto), Metroscopia le daba entonces a IU un 15,6%.

Hubo que crear (de nuevo) otro partido socialdemócrata. O mejor dicho: otro partido que terminara instalándose en la socialdemocracia.

Pablo Iglesias ya ha advertido a IU que no va a ser su “balsa de salvamento”, algo bastante innecesario (quizá muy cínico), porque más bien parece haber sido su vía de agua bajo la línea de flotación. No la única, por supuesto: la propia IU también es responsable de que su buque haga agua.

Así están las cosas y, a mi modo de ver, los mimbres desplegados para un nuevo cesto de bipartidismo reformulado y por fin libre de la izquierda.

Mi pregunta para usted, señor Alberto Garzón, es muy sencilla: ¿usted ha pensado bien lo que hace? ¿Ya no se acuerda de Izquierda Anticapitalista, a cuyos hombros se subió Podemos? Pues pregúnteles cómo valoran aquella experiencia ahora.

¿Cuál es el horizonte que ve usted? Porque, tal y como yo lo veo sí es una segunda Transición, es decir: con más trono, más unidad nacional y sin izquierda.

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