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El catalanismo realmente existente

Que su comentario esté “oculto por votos negativos de la comunidad”, don VHS, me espeluzna y me sigue pareciendo orwelliano, como ya he dicho, o propio de la filantropía de los bomberos que queman libros en la sociedad perfecta de Fahrenheit 451. Esto dicho, estimo su pregunta muy pertinente y mi deber responderla, aunque temo defraudarle (pero intentaré no arredrarme por temor a que La Comunidad me oculte).

En primer lugar, es insólito, rarísimo, casi milagroso que piense en el soberanismo catalán. Se trata de un asunto al que puede que en mi vida le haya dedicado tantos minutos de reflexión como al piragüismo. La prensa, los políticos y el narcisismo catalán pretenden que en Madrid se vive dramática y obsesivamente lo que sucede en Barcelona. Nada más lejos de la realidad que conozco: con todo respeto, por aquí a la gente le importa un pito, salvo a cuatro intoxicados por las alarmantes “noticias” de El Inmundo sobre niños martirizados por hablar en castellano en el recreo y otras ocurrencias tremendistas. Como respondió una vez Antonio Muñoz Molina, cuando le preguntaron qué le parecía Madrid, a mí también me encanta “vivir en un sitio que tiene la culpa de todo”. Según el estafermo que agitan los periódicos, aquí somos españolistas a ultranza y el día que no defendemos durante al menos media hora la indisolubilidad de la patria nos entra ardor de estómago.

Por mí, que la patria se disuelva como un terrón de azúcar, y lo mismo da que se disuelva en la Unión Europea o que lo haga por segregación. Creo que era Eugenio de Andrade el que decía que su verdadera patria estaba entre junio y septiembre. Resumiendo: la independencia de Cataluña me parece que es una decisión que pertenece a los catalanes, diga lo que diga la Constitución. Y por mi parte, allá ellos. El derecho a la independencia (unilateral, faltaba más) por desgracia lleva aparejado el derecho a la invención de una nación, qué le vamos a hacer: como han hecho todos los países, se inventan su historia, sus héroes, su literatura y esos símbolos o tótems que les unen. No es tan grave, llegará el día en que los catalanes también puedan burlarse de su sagrada tradición y desmontar las falacias de su historia oficial, como ha llegado en todos lados. Mientras tanto resulta entre penoso y divertido de ver.

En cuanto al problema de los castellanohablantes en Cataluña, lo que están haciendo me parece una barbaridad. Durante los años que viví en Estados Unidos, nadie me obligó a hablar inglés; desde la atención médica hasta el examen del carnet de conducir, todo te ofrecían hacerlo en español. Es otra actitud, desde luego. La de los catalanes en cambio es totalitaria y comprendo bien que los castellanohablantes se sientan allí acosados, y simpatizo con ellos. Mal remedio tiene, cuando se parte de la premisa de que la independencia política necesita el cimiento de la exaltación nacionalista. En mi opinión, Cataluña podría ser independiente y bilingüe, por ejemplo, pero al parecer la independencia, para los catalanes, es un asunto religioso, no político.

¿Se puede plantear la independencia de Cataluña en términos políticos y racionales, sin necesidad de fundamentos místicos, patrióticos y atávicos? Ojalá. Me gustaría ver un independentismo catalán que defendiera también el castellano como lengua propia. Por poner un ejemplo: a los irlandeses jamás se les ocurriría que su independencia necesite renunciar a James Joyce, no son tan mentecatos, como no lo son para pensar que Seamus Heaney es menos irlandés que, pongamos, Micheal Mac Liammoir, que al parecer escribió unas trescientas obras teatrales en gaélico. Aquí sí lo somos, al parecer, tontos tan de capirote como para excluir de la literatura catalana a Juan Marsé. Hace un tiempo oí en Valencia a algunos compañeros justificar la escasa presencia del PCE en el centenario de Miguel Hernández aduciendo que “no usaba la lengua del territorio”. Ante tamaña sandez, sólo cabe un incrédulo y sobrecogido silencio.

¿Por qué el catalanismo del que disponemos es tan eclesial, cazurro y hasta imperial, con la lengua como compañera? Es una buena pregunta y creo que algo que ver tendrá el hecho de que el catalanismo que hay es una creación de la derecha empresarial, con sujetos como Jordi Pujol a la cabeza.

Resumiendo de nuevo: creo que la independencia de Cataluña la deben decidir los catalanes, pero lamento que sólo cuenten para ello con este catalanismo místico, metafísico y trapacero, paleto y grandilocuente.

Claro que, por otra parte, hay que reconocer que muchas ganas tendrán los catalanes de la independencia, si se resignan a llegar a ella incluso a lomos de burros tan averiados como CiU y ERC.

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Publicado el
1 de octubre de 2013 - 19:04 h

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