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Referéndum, proceso constituyente e independencia

La política catalana gira alrededor, en los últimos tiempos principalmente, de estos tres conceptos: referéndum, proceso constituyente e independencia. En mi opinión siguen siendo demasiado poco visibles la desigualdad, el cambio climático o la violencia machista, pero esto sería parte de otro artículo.

El 'processisme' entiende que estos tres conceptos son un todo en sí mismo. Y en muchas ocasiones los ha utilizado de manera incluso sinónima. Muchas veces se ha equiparado derecho a decidir e independencia y ahora ha sucedido lo mismo con las conclusiones de la Comisión de Estudio del Parlament sobre Procesos Constituyentes. En mi opinión es un error. Un error que está debilitando cada uno de los objetivos estratégicos, sean compartidos o no, y que imposibilita tender puentes dentro de lo que antes se entendía como catalanismo popular. Pero hemos ido más allá, ahora entramos en la fase de la unilateralidad.

Según todas las encuestas, entre un 70 y un 80% de los catalanes defiende el derecho a decidir. Un referéndum que, más allá del resultado, supondría el reconocimiento de Catalunya como sujeto político. No es sólo un instrumento sino un objetivo político de primer nivel. ¿No debería ser este el primer objetivo? Sin duda debe ser un referéndum con consecuencias jurídicas y políticas claras, y con un reconocimiento internacional. La soberanía no sólo la tienes que declarar, te la deben reconocer y más en el mundo interdependiente en el que vivimos. Y aquí es donde el RUI no encaja.

Es evidente que nos encontramos en una situación de bloqueo en Catalunya a medio plazo. La hoja de ruta surgida de una mala lectura del 27-S está en debate y en stand by, y tenemos al president de la Generalitat pendiente de una moción de confianza y unos presupuestos de 2017 que no parece, a día de hoy , que sean sencillos de sacar adelante. Asimismo, en esta legislatura, si el PP acaba formando gobierno, altamente probable, se hace muy difícil pensar en un referéndum a la escocesa.

Pero la vía unilateral, un RUI, nos remite a un 9-N bis. No hay ningún gobierno europeo que dé cobertura a la vía unilateral pero en cambio sí que tienen una clara receptividad a nuestro derecho a hacer un referéndum, como ocurrió en Escocia. Y un RUI con victoria del 'sí' debería llevar a una DUI (tantas siglas ya explican la complejidad del momento).

Y cuando en la multiplicidad de conversaciones que mantenemos preguntamos qué pasaría el día después con el sistema de pensiones, la hacienda y los impuestos, el sistema judicial y policial... la respuesta es un silencio. El problema no es sólo obedecer o no al Estado o pedir permiso, el problema real es que los demás te reconozcan el resultado. El 'tenemos prisa' nos está haciendo más débiles a todos aquellos que queremos el derecho a decidir. Hoy en Catalunya no compartir la unilateralidad por ciertos sectores te equipara al centralismo o el españolismo. No creo que sea bueno repartir carnets de nada pero en todo caso me parece un error de nuevo, cuando al final discutimos no ya de objetivos sino de caminos o instrumentos para llegar.

Proceso Constituyente

En cuanto al Proceso Constituyente nos ha pasado lo mismo. Las conclusiones de la Comisión de Estudio han cerrado el Proceso Constituyente equiparándolo a independencia y uniltateralidad. Lo han hecho más pequeño cuando varias entidades agrupadas en 'Reinicia' planteaban un proceso constituyente (pre-constituyente para ser realistas) que permitía un debate de modelo de país, sobre soberanías que implicaba incluso a colegios profesionales, sindicatos y muchísimas entidades de la sociedad civil sin prefigurar la relación entre Catalunya y España. Esta era la clave, reconocido por los mismos impulsores.

En definitiva, ante esta situación de bloqueo tenemos dos escenarios posibles. El primero, una batalla campal entre los partidarios de que Catalunya pueda decidir su futuro. Ya no discutimos de independencia sí o no, sino de hojas de ruta posibles. Un camino que además dificulta un gobierno de izquierdas en Catalunya y acabar con la hegemonía convergente.

Y el segundo es entender que referéndum, proceso constituyente e independencia no son lo mismo. Dejar atrás el electoralismo, la búsqueda del enemigo interno, el 'cuanto peor mejor', las supuestas seducciones y los reproches y respetar los objetivos políticos de cada uno.

Hay que rearticular la mayoría social por el referéndum. Un acuerdo nacional por el referéndum, que sea capaz de reactualizar el pacto nacional por el derecho a decidir, que trabaje día y noche para sumar acuerdos y apoyos en Catalunya, en el Estado y, especialmente y prioritaria, a nivel internacional. Y que busque, si es necesario, la confrontación y el conflicto para forzar al Estado a negociar. Este debería ser el gran terreno del conflicto con el Estado, que sin duda con la actitud centralizadora e inmovilista del PP es inevitable.

Es mejor hacerlo con una mayoría del 80% que del 48%. Necesitamos una gran mayoría para mover al Estado. Y también una gran mayoría, incluso mayor que la de las movilizaciones del 11 de septiembre, que nos permita tener una gran plataforma de movilización ante el proceso de recentralización del PP. Desde esta gran mayoría se tendrían que establecer cuáles deben ser estos mecanismos de presión.

En segundo lugar, hay que recuperar e impulsar un proceso constituyente o preconstituyente realmente transversal, no vinculado sólo a la mayoría parlamentaria y a su hoja de ruta, con liderazgo ciudadano, que debata sobre todas las soberanías, que sitúe el debate de país, explorando todos los márgenes del autogobierno y que plantee qué aspectos requieren de una nueva relación entre Catalunya y el Estado. Un proceso constituyente que no sustituya al referéndum. Un proceso muy amplio de debate sobre qué Catalunya queremos sería sin duda un buen espacio de movilización y un reto por el PP.

Finalmente, habría que entender que existe un mientras tanto. Han pasado seis años desde la sentencia del Estatut de 2010, seis años con un presidente de derechas en Catalunya, de CDC. El debate nacional no nos puede hacer olvidar quién nos gobierna y qué urgencias sociales tiene Catalunya, que son enormes. El último informe de la Fundació Jaume Bofill explica que el 40% de los jóvenes pertenecen a una clase social inferior a la de sus padres. Ha reventado el ascensor social. Por eso es clave que las izquierdas catalanas a pesar de la competencia electoral dejen de percibirse como meros adversarios y nos miramos también como aliados para cambiar el país. En definitiva no somos un espacio en tránsito, somos un espacio que forma parte de la emancipación social y nacional y la quiere conseguir.

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15 de agosto de 2016 - 17:51 h

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