Carta abierta a ti, que fuiste a Torre Pacheco a “defender la seguridad”
Te escribo a ti. A ti, que quizás estuviste hace poco en Torre Pacheco. A ti, que sientes que tu barrio o tu pueblo ya no es tan seguro como antes y que tienes miedo. A ti, que has compartido en tus redes sociales mensajes de indignación y que, movido por esa rabia, te has manifestado o incluso has ido un paso más allá. Te escribo a ti, que defiendes tu derecho a vivir en paz y que, para ello, crees que la solución es salir a la calle a señalar a otros. Y, sobre todo, te escribo a ti, que si alguien te llamara fascista o ultraderechista, te ofenderías profundamente, porque tú “no eres eso”.
Quiero que, por un momento, dejes de lado la rabia y pienses conmigo. Dices que buscas seguridad, pero te has desplazado a un municipio para participar en actos que generan precisamente lo contrario: violencia, caos e inseguridad. ¿Es seguro lanzar objetos contra las casas? ¿Es seguro acorralar a personas en sus propios hogares? ¿Es seguro gritar consignas de odio que convierten una comunidad en un campo de batalla? No nos engañemos: lo que has hecho no es defender la seguridad de nadie. Es agredir.
Y aquí reside la gran contradicción en la que vives. Dices no ser racista, pero no has ido a protestar frente a un juzgado para pedir más agilidad judicial, ni frente a una delegación del gobierno para exigir más recursos policiales. No. Has ido a un barrio donde viven personas inmigrantes. Has señalado a todo un colectivo por los actos deleznables de unos pocos individuos. Has decidido que la nacionalidad o el color de piel de una persona la convierte automáticamente en sospechosa, en parte del problema.
Quizás no te das cuenta, pero esa idea, ese impulso de culpar a un grupo entero por las acciones de algunos, es la semilla del fascismo. El fascismo no empieza con un carnet de partido o un saludo marcial. Empieza mucho antes, de una forma más sutil, casi imperceptible. Empieza cuando el miedo nos lleva a buscar un chivo expiatorio fácil y visible. Empieza cuando decidimos que “ellos” son el problema, y que “nosotros” tenemos derecho a actuar por nuestra cuenta. Aunque no te sientas parte de esa ideología, tus acciones hablan por ti. Perseguir a personas por su origen no es patriotismo ni defensa propia; es xenofobia.
Ahora, hablemos de esa gente a la que señalas. ¿Te has parado a pensar quiénes son? Son las personas que, cada día, se levantan al alba para trabajar en el campo murciano, recogiendo las frutas y hortalizas que llegan a tu mesa. Son quienes cuidan de nuestros mayores con una dedicación que a menudo no encontramos en casa. Son quienes trabajan en la construcción, en la hostelería, quienes abren pequeños negocios y pagan sus impuestos como tú y como yo. Tal vez hasta las tengas entre tus amistades o en tu vecindario.
La inmigración no es un cuento de hadas, tiene sus complejidades, pero su aportación a España es innegable y medible. Contribuyen con su trabajo a sostener nuestro sistema de pensiones y nuestra sanidad pública. Pagan el IVA de cada compra que hacen y enriquecen nuestra cultura con su música, su gastronomía y sus tradiciones. Reducir a millones de personas a una caricatura de delincuente no es solo injusto, es ignorar una realidad que nos beneficia y que nos hace mejores
Un delincuente es un delincuente, se llame Mohamed, John o Javier. Y debe ser la ley, y solo la ley, quien se ocupe de él. La seguridad es un derecho fundamental, y tu preocupación, si solo fuera eso, es legítima. Sin embargo, cuando esa 'preocupación' se traduce en odio al diferente, pierde toda su legitimidad. Pero es crucial poner las cosas en perspectiva: vives en uno de los países más seguros del mundo, con una de las tasas de criminalidad más bajas de Europa, aunque algunos se esfuercen cada día en convencerte de lo contrario. Alimentan artificialmente un mensaje de inseguridad y caos porque el miedo es una herramienta muy poderosa para manipular. Y ante ese miedo, real o infundido, la respuesta nunca puede ser la barbarie, sino exigir más y mejores políticas de integración, más educación en los barrios vulnerables, más presencia policial que proteja a todos los vecinos, sin importar su origen, y una justicia que actúe con contundencia.
La próxima vez que sientas esa rabia, pregúntate quién se beneficia de tu odio. No son tus vecinos. Mucho menos tú. Quienes ganan son aquellos que agitan el miedo para sacar rédito político, los que prefieren que te pelees con tu vecino de abajo en lugar de exigirles a ellos responsabilidades.
Tienes que elegir. Puedes seguir viviendo en esa contradicción, diciendo que no eres fascista mientras actúas como tal, o puedes empezar a construir la seguridad de verdad. Y la seguridad real no se levanta con piedras y gritos de odio, sino con justicia, empatía y convivencia.
0