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Unas elecciones constitutivamente pacificadoras

Imagen de archivo del encuentro entre el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, y el presidente de Vox, Santiago Abascal, en septiembre del 2023. EFE/Zipi Aragón

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Desde que, tras las elecciones del 23 de julio, se constituyó el Congreso de los Diputados y fueron elegidos la presidenta y los demás miembros de la Mesa, quedó claro que se aprobaría una ley de amnistía. Por muchos que fueran los obstáculos de los grupos parlamentarios de PP y Vox, por muy torticeras que fueran las maniobras del Senado, y por mucha que fuera la injerencia por parte del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) “en funciones” o de jueces y magistrados integrantes del Poder Judicial o de miembros del Ministerio Fiscal, cabían pocas dudas de que la mayoría absoluta de la elección de Francina Armengol se iba a mantener incólume durante la tramitación de la proposición de ley hasta la votación de totalidad en el Pleno exigida por la Constitución para las leyes orgánicas. El ruido durante la tramitación iba a ser enorme. Habría varios momentos en que parecería que la proposición de ley descarrilaría. Pero la ley sería aprobada. 

El ruido de estos pasados meses no va a reducirse hasta que no pase el 9 de junio. Más bien cabría pensar que va a intensificarse hasta ese momento, ya que después no se prevé la celebración de elecciones durante varios años. Aunque nada tienen que ver unas elecciones al Parlamento europeo con la legitimidad de los Gobiernos nacionales de los distintos países que integran la Unión Europea, no es ningún secreto que tanto PP como Vox han planteado las elecciones del 9J como un plebiscito sobre Pedro Sánchez y que consideran que, en caso de una derrota estrepitosa del actual presidente del Gobierno, se podría apretar el acelerador para forzar la disolución de las Cortes Generales y la convocatoria de nuevas elecciones. 

La derecha española está demostrando de manera ininterrumpida que no soporta la permanencia del Gobierno de coalición en la dirección del país. No está preparada para aceptar que durante varios años va a estar en la oposición y que será el Gobierno de la Nación el que fija la agenda legislativa y presupuestaria y el que dirige la acción exterior del Estado, incluida la relativa a la política europea, aunque esta, en realidad, no puede considerarse ya acción exterior. Por eso, desde hoy hasta el 9 de junio tenemos que estar preparados para casi cualquier cosa. 

El problema para el PP y Vox es que las elecciones europeas son constitutivamente unas elecciones “pacificadoras”. Y digo que lo son constitutivamente, porque en unas elecciones con una circunscripción única, en las que la proporcionalidad en el valor de los votos emitidos es absoluta, es muy difícil que se produzcan resultados estrepitosos. El sistema electoral europeo está diseñado para que estén presentes en el Parlamento el mayor número de opciones políticas posibles. Para que, en la medida de lo posible, nadie se quede fuera del Parlamento. No es un sistema pensado para favorecer la formación de una mayoría de Gobierno, sino para posibilitar una negociación razonable que facilite la toma de decisiones que puedan ser aceptadas de la manera más amplia posible. 

Se trata de un sistema en el que desaparece la prima que han tenido tanto el PP como el PSOE alternativamente en las elecciones al Congreso de los Diputados por no decir nada de las elecciones al Senado. En las elecciones europeas se pone de manifiesto que la mayoría parlamentaria es siempre minoría social, que siempre son muchos más los ciudadanos y ciudadanas que han votado a los demás partidos que los que han votado al partido que gana las elecciones. 

En las elecciones nacionales también es así. En España, en las elecciones en que un partido ha llegado a tener la más abultada mayoría absoluta, el PSOE en 1982, que obtuvo 202 escaños, solamente alcanzó el 48 % de los sufragios. El 52 % de los votantes que acudieron a las urnas no votaron al PSOE. Si contamos la abstención, la minoría social resulta todavía más abultada. Con un sistema electoral como el de la Unión Europea, no se habría producido nunca una mayoría absoluta de Gobierno en España. 

Las elecciones europeas son unas elecciones constitutivamente pacificadoras. Son elecciones en las que prevalece la “legitimidad” a la “gobernabilidad”. O, dicho de otra manera, la “gobernabilidad” únicamente se puede alcanzar mediante la combinación de “legitimidades” diversas. Ha sido siempre así, pero lo es cada vez más. Son, en consecuencia, unas elecciones muy poco apropiadas para la finalidad que PP y Vox persiguen con ellas.  

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